“Queridos amigos, sólo celebramos y vivimos bien la liturgia si permanecemos en actitud orante, no si queremos «hacer algo», hacernos ver o actuar, sino si orientamos nuestro corazón a Dios y estamos en actitud de oración uniéndonos al misterio de Cristo y a su coloquio de Hijo con el Padre. Dios mismo nos enseña a rezar, afirma san Pablo (cf. Rm 8, 26). Él mismo nos ha dado las palabras adecuadas para dirigirnos a él, palabras que encontramos en el Salterio, en las grandes oraciones de las sagrada liturgia y en la misma celebración eucarística.” Benedicto XVI
Celebración de la Palabra (Ver)
“Después tuve una visión: una puerta abierta en el cielo, y la voz que había oído antes, como una trompeta que hablaba conmigo, diciéndome: —Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder después. Al instante, caí en éxtasis: vi un trono en el cielo y a alguien sentado en el trono. El que está sentado parece de jaspe y cornalina, y rodea el trono un arco iris de aspecto semejante a la esmeralda. Y alrededor del trono vi veinticuatro tronos, y sentados en los tronos veinticuatro ancianos vestidos con túnicas blancas, y sobre sus cabezas, coronas de oro. Del trono salen relámpagos, voces y truenos. Siete lámparas de fuego arden ante el trono: son los siete espíritus de Dios. Delante del trono, una especie de mar transparente como el cristal. En medio del trono y alrededor de él hay cuatro seres vivos llenos de ojos delante y detrás. El primer ser vivo se parece a un león, el segundo ser vivo se parece a un toro, el tercer ser vivo tiene el rostro como el de un hombre y el cuarto ser vivo se parece a un águila en vuelo. Cada uno de los cuatro seres vivos tiene seis alas y están llenas de ojos por fuera y por dentro, y, sin descanso, día y noche dicen: «Santo, santo, santo es el Señor, el Dios Todopoderoso, el que era, el que es, el que va a venir». Cada vez que aquellos seres vivos tributan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas ante el trono, diciendo: «Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad” Ap 4, 1-11
“Y cuando abrió el séptimo sello se hizo un silencio en el cielo de una media hora. Entonces vi a los siete ángeles que están de pie delante de Dios. Les entregaron siete trompetas. Vino otro ángel y se quedó en pie junto al altar con un incensario de oro. Le entregaron muchos perfumes para que los ofreciera, con las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que está ante el trono. Y ascendió el humo de los perfumes, con las oraciones de los santos, desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios.” Ap 8, 1-4
Pueden leerse también: 2 Cro 7, 1-10; Nehemías 8, 1ss
¿Cómo vivimos habitualmente las celebraciones litúrgica? ¿cómo me parece las ve el mundo? ¿qué hemos escuchado decir?
Catequesis (Juzgar)
Concluídas las catequesis iniciales del Credo, la Iglesia nos invita en un segundo momento a contemplar la Celebración de la fe, esto lo realizamos de un modo particular a través de la Sagrada Liturgia, “es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. A través de la liturgia, Cristo continúa en su Iglesia, con ella y por medio de ella, la obra de nuestra redención” (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica n.219).
La palabra Liturgia en su original griego designa el culto público que se tributa a Dios, a través de oraciones, gestos y ritos celebramos la fe en Dios, Uno y Trino, y por medio de ellos se nos comunica la gracia de Dios a través de los santos sacramentos. En la celebración de los misterios de la fe en la Sagrada Liturgia, la Iglesia cuerpo místico y Esposa de Cristo unidos a su cabeza y Esposo, ejerce su oficio sacerdotal para gloria del Padre. Recordemos lo propio del sacerdocio es el culto divino particularmente el ofrecimiento del sacrificio supremo y eterno de Cristo Jesús, por este sacrificio nuestros pecados fueron perdonados y se nos ha hecho participes de la vida de Dios, Él mismo ha venido a habitar en nosotros (a esto le llamamos la gracia santificante) así pues cuando la Iglesia celebra la fe en la Sagrada Liturgia y administra los santos sacramentos continúa la obra de la redención de Cristo Jesús a lo largo de la historia. Por eso decía el Papa san León Magno «Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus sacramentos»
La Iglesia nos enseña que “Para los creyentes en Cristo, los sacramentos, aunque no todos se den a cada uno de los fieles, son necesarios para la salvación, porque otorgan la gracia sacramental, el perdón de los pecados, la adopción como hijos de Dios, la configuración con Cristo Señor y la pertenencia a la Iglesia. El Espíritu Santo cura y transforma a quienes los reciben.” (Compendio n.230) Es voluntad de Dios que los recibamos, por ejemplo, dice Jesús en la Última Cena “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19), luego de la resurrección: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengan, les son retenidos.” (Jn 20, 22 ) y antes de subir al cielo “Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19); y, es más, fue la práctica de los apóstoles nos dice la carta de Santiago “¿Está enfermo alguno de ustedes? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor lo hará levantarse, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.” (Sant 5, 14-15)
Los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia de Dios instituidos por Cristo y administrados por la Iglesia, estos actúan por la fuerza misma del Señor indepentiemente de la santidad personal del ministro, esto significa que, por ejemplo, aunque un sacerdote se encuentre en pecado al momento de consagrar el pan y el vino, mientras lo haga como dice la Iglesia estos se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ahora bien, los frutos de los sacramentos dependen también de la disposición de quien los recibe.
“Los sacramentos de la Iglesia se distinguen en sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía); sacramentos de la curación (Penitencia y Unción de los enfermos); y sacramentos al servicio de la comunión y de la misión (Orden y Matrimonio). Todos corresponden a momentos importantes de la vida cristiana, y están ordenados a la Eucaristía «como a su fin específico» (Santo Tomás de Aquino)”. (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica n.250)
Cuando nos preguntamos ¿quién celebra la Sagrada Liturgia? Respondemos “el Cristo total” cabeza y miembros, es decir Jesucristo unido a su Iglesia en el cielo y la tierra, de hecho la liturgia terrena es imagen de la liturgia celeste que celebran los ángeles y los santos en adoración y alabanza al Señor en el cielo. Si quisieramos contemplar aunque sea un atisbo a la liturgia celeste podríamos leer el libro del Apocalipsis, que con diversas imágenes nos la presenta.
“…la primera exigencia para una buena celebración litúrgica es que sea oración, coloquio con Dios, ante todo escucha y, por tanto, respuesta. San Benito, en su «Regla», hablando de la oración de los Salmos, indica a los monjes: mens concordet voci, «que la mente concuerde con la voz». El santo enseña que en la oración de los Salmos las palabras deben preceder a nuestra mente. Habitualmente no sucede así, antes debemos pensar, y, luego, aquello que hemos pensado se convierte en palabra. Aquí, en cambio, en la liturgia, es al revés, la palabra precede. Dios nos dio la palabra, y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; nosotros debemos entrar dentro de las palabras, en su significado, acogerlas en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; así nos convertimos en hijos de Dios, semejantes a Dios. Como recuerda la Sacrosanctum Concilium, para asegurar la plena eficacia de la celebración «es necesario que los fieles accedan a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma de acuerdo con su voz y cooperen con la gracia divina para no recibirla en vano» (n. 11). Elemento fundamental, primario, del diálogo con Dios en la liturgia, es la concordancia entre lo que decimos con los labios y lo que llevamos en el corazón. Entrando en las palabras de la gran historia de la oración, nosotros mismos somos conformados al espíritu de estas palabras y llegamos a ser capaces de hablar con Dios” (Benedicto XVI, 26 de septiembre de 2012)
“La celebración litúrgica está tejida de signos y símbolos, cuyo significado, enraizado en la creación y en las culturas humanas, se precisa en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la Persona y la obra de Cristo.” (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica n.236). Además hemos de considerar que “Algunos signos sacramentales provienen del mundo creado (luz, agua, fuego, pan, vino, aceite); otros, de la vida social (lavar, ungir, partir el pan); otros de la historia de la salvación en la Antigua Alianza (los ritos pascuales, los sacrificios, la imposición de manos, las consagraciones). Estos signos, algunos de los cuales son normativos e inmutables, asumidos por Cristo, se convierten en portadores de la acción salvífica y de santificación” (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica n.237)
Recordemos que es el mismo Señor quien santifica los elementos para poder darle gloria en el culto divino, por ejemplo, santifica las aguas al entrar en el Jordán en su Bautismo o también el pan y el vino en la Última Cena, incluso en el culto ofrecido en el Antiguo Testamento encontramos muchas referencias al modo en que nosotros ofrecemos el culto a Dios aún hoy en día, de ahí la importancia de conocer las Sagradas Escrituras. En todo esto observamos la gran condescendencia divina que viendo como nosotros conocemos la realidad a través de los sentidos ha querido comunicarsenos de modos que pudieramos aprovechar su gracia divina.
El mismo canto y las imágenes sagradas han de reflejar la actitud de reverencia y santidad de los misterios celebrados.
“Puesto que la música y el canto están estrechamente vinculados a la acción litúrgica, deben respetar los siguientes criterios: la conformidad de los textos a la doctrina católica, y con origen preferiblemente en la Sagrada Escritura y en las fuentes litúrgicas; la belleza expresiva de la oración; la calidad de la música; la participación de la asamblea; la riqueza cultural del Pueblo de Dios y el carácter sagrado y solemne de la celebración.” (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica n.239)
Aunque encontramos ya el uso de imágenes en el Antiguo Testamento como por ejemplo los querubines que se encontraban sobre el arca de la alianza, con la Encarnación del Hijo de Dios esto cobra un nuevo sentido, porque Dios invisible se ha hecho visible. «En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios. […] Nosotros sin embargo, revelado su rostro, contemplamos la gloria del Señor» (San Juan Damasceno, De sacris imaginibus oratio 1,16).
Frente a aquellos que en la antigüedad cuestionaban el uso de imágenes para las celebraciones sagradas, la Iglesia respondió oficialmente en el año 787 «Para expresarnos brevemente: conservamos intactas todas las tradiciones de la Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de ellas es la representación pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con la predicación de la historia evangélica, creyendo que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo cual es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una significación recíproca» (Concilio de Nicea II)
La Iglesia celebra los misterios de la fe en momentos concretos que se articulan en lo que llamamos el calendario litúrgico que entorno al misterio de la encarnación (navidad) y el misterio pascual ordenan el ritmo de las celebraciones, de un modo particular se subraya la importancia del Domingo día del Señor en cual los cristianos celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte en la Santa Eucaristía. Pasamos del sábado al domingo porque con la Resurrección de Cristo ha comenzado la nueva creación.
Asimismo los cristianos construyeron espacios sagrados donde celebrar los misterios como un signo de la morada de Dios en medio de los hombres
“El culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo, porque Cristo es el verdadero templo de Dios, por medio del cual también los cristianos y la Iglesia entera se convierten, por la acción del Espíritu Santo, en templos del Dios vivo. Sin embargo, el Pueblo de Dios, en su condición terrenal, tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse para celebrar la liturgia.” (Compendio Catecismo de la Iglesia Católica n.244)
En las próximas catequesis iremos profundizando uno a uno los siete sacramentos de la Iglesia.
Edificación espiritual (Actuar)
- ¿Qué aprendí de esta catequesis?
- ¿Cómo he vivido hasta hoy la celebración de la fe?
- ¿He visto el nexo que hay entre la fe creída y la fe celebrada?
- ¿Aún mantengo el sentido de “lo sagrado” en mi vida? ¿Sé descubrir ahí también el agua viva que tanto anhelaba la samaritana?
- ¿Cómo la celebración de la Sagrada Liturgia impacta mi vida? ¿me pesa? ¿me aburre? ¿me conforta? ¿me renueva?
- ¿Cómo me preparo para las celebraciones sagradas?