“El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.” Papa Francisco
Celebración de la Palabra (Ver)
“Y, al cabo de unos días, entró de nuevo en Cafarnaún. Se supo que estaba en casa y se juntaron tantos, que ni siquiera ante la puerta había ya sitio. Y les predicaba la palabra. Entonces vinieron trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro. Y como no podían acercarlo hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por el sitio en donde se encontraba y, después de abrir un hueco, descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, y pensaban en sus corazones: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros de este modo, les dijo: —¿Por qué piensan estas cosas en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», o decirle: «Levántate, toma tu camilla y anda»? Pues para que sepan que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió al paralítico—, 11a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y se levantó, y al instante tomó la camilla y salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y glorificaron a Dios diciendo: —Nunca hemos visto nada parecido.” (Mc 2, 1-12)
“Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengan, les son retenidos.” (Jn 20, 22-23)
¿Nuestra sociedad como vislumbra el perdón? ¿Aún nos sentimos necesitados de perdón? ¿Qué se piensa en el mundo hoy acerca del pecado?
Catequesis (Juzgar)
Luego de haber visto los sacramentos de iniciación cristiana ahora pasamos a los llamados sacramentos de curación, a saber, la Reconciliación y la Unción de los enfermos. En esta ocasión nos detendremos en el primero.
Este sacramento tiene diferentes nombres, se le llama de conversión, porque a nivel sacramental se realiza la llamada de Jesús de volvernos a Dios; se le llama penitencia porque implica no sólo un cambio sino también dolor por los pecados o arrepentimiento y la reparación oportuna consagrando así un proceso personal y eclesial de vuelta a Dios; se le llama también confesión ya que se hace una manifestación de los propios pecados ante el sacerdote, además tiene también el sentido de reconocimiento de la santidad y misericordia divinas; se le llama también sacramento del perdón debido a la absolución sacramental; y recibe el nombre reconciliación porque nos devuelve a la amistad con Dios y su Iglesia.
«Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (Lumen Gentium n.11)
El porqué de un sacramento de reconciliación después del Bautismo que ya perdonó nuestros pecados se explica en la fragilidad y debilidad humana, esa inclinación al pecado (que no es pecado en sí misma) a la que llamamos concupiscencia, y que “permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida Cristiana por la gracia de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1426). De este modo todo bautizado está en un continuo proceso de conversión, de hecho, se distingue entre primera conversión, aquella por la cual venimos a la fe en Cristo por el Bautismo, y segunda conversión que es una tarea ininterrumpida como un anhelo de nuestro corazón que se siente atraído y movido por la gracia a corresponder al amor de Dios con cada vez mayor generosidad.
Al meditar en este sacramento también recordamos que la penitencia en la vida Cristiana no es solo un sacramento, sino que supone un actitud interior, es más, incluso se trata una verdadera virtud, en la cual se busca reorientar radicalmente toda la vida a Dios de modo que no solo pida perdón por un pecado sino que haya un verdadera ruptura y aversión hacia él. La penitencia en cuanto virtud puede practicarse de diferentes maneras, las clásicas de la Sagrada Escritura son el ayuno, la oración y la limosna. Asimismo, la observancia de los tiempos y días de penitencia, es decir la Cuaresma y cada Viernes del año que es memoria de la Muerte del Señor. Para el mundo el Viernes es “sábado chiquito” sinónimo incluso para algunos de permisividad y relajamiento de costumbres, pero para el Cristiano es tiempo penitencia.
El fundamento del sacramento de la reconciliación es la misericordia de Dios que en Cristo nos ha perdonado, es Él quien confiere este poder a sus apóstoles en el día de la Pascua.
“Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados» (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Co 5,20).” (Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1441-1442)
“Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengan, les son retenidos.” (Jn 20, 22-23)
El sacramento de la reconciliación no sólo implica un volvernos a Dios sino también una reintegración a la comunidad cristiana, ya que el pecado nos aleja de ella, el pecado hiere el cuerpo místico de Cristo, por ello el sacramento también tiene una dimensión eclesial.
A lo largo de la historia la disciplina y celebración del sacramento ha tenido diferentes manifestaciones, pero en su estructura fundamental tiene dos elementos que podríamos denominar esenciales: los actos del hombre, que son la contrición, la confesión y la satisfacción; y la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia (a través del Obispo y de sus presbiterio)
“La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia:
«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Ritual de la Penitencia, 46. 55 ).” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1449)
Hemos de tener presente siempre que la celebración del sacramento de la penitencia es una acción litúrgica, por ello también puede celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en ella se tienen una liturgia de la Palabra, con lecturas y homilía y examen de conciencia que apuntan a preparar una petición de perdón, luego las confesiones individuales, y al final el Padre Nuestro y una acción de gracias. Esto significa no que se confiesan frente a todos o que a todos se les de la absolución comunitariamente, sino que la preparación y la acción de gracias es comunitaria, mientras que la confesión y absolución se realizan de modo individual.
“En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido tiempo (CIC can 962, §1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general (CIC can 961, §2). Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave. (cf CIC can 962, §1, 2)” Catecismo de la Iglesia Católica n.1483
Para concluir recordemos cuáles son los efectos espirituales de este sacramento:
- Nos reconcilia con Dios por lo que se recupera la gracia
- Somos reconciliados con la Iglesia
- Se nos remite la pena eterna contraída por los pecados mortales, recordemos que el pecado mortal nos hace merecedores de las penas del infierno a eso se refiere la pena eterna.
- Se nos remite, al menos en parte, las penas temporales, esta se refiere a las heridas y debilidades que el pecado deja en nosotros, son las consecuencias de éste ya sea venial o mortal. Por ejemplo, una persona que usualmente habla mal de los demás, aunque se confiese y se perdone su pecado, si no hace penitencias que le ayuden a mortificar el deseo de hablar de los defectos de los demás, volverá a caer porque ya “agarró maña” como decimos en buen salvadoreño. El pecado fue perdonado pero la tendencia ha quedado. Una penitencia para desarraigar esta debilidad podría ser comenzar a hablar bien de aquella persona que ha tenido deseos de hablar mal.
- Nos da paz y serenidad de conciencia e incluso consolaciones espirituales
- Se acrecientan las fuerzas spiritual para combatir el buen combate de la fe
¿Cada cuánto hemos de confesarnos? Siempre que se haya cometido pecado mortal o al menos una vez al año. Sin embargo la Iglesia invita a la confesión frecuente, aunque sean sólo pecados veniales, el Papa Pío XII daba algunas razones del porqué:
“Cierto que, como bien sabéis, venerables hermanos, estos pecados veniales se pueden expiar de muchas y muy loables maneras; mas para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: 1) con él se aumenta el justo conocimiento propio, 2) crece la humildad cristiana, 3) se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, 4) se purifica la conciencia, 5) se robustece la voluntad, 6) se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y 7) aumenta la gracia en virtud del sacramento mismo. Adviertan, pues, los que disminuyen y rebajan el aprecio de la confesión frecuente…que acometen empresa extraña al Espíritu de Cristo y funestísima para el Cuerpo místico de nuestro Salvador.” Pio XII, Mystici Corporis n.39
Cuando hablamos de confesión frecuente he de recordar que los sabios padres espirituales hablan de la confesión semanal, san Pío de Pietrelcina decía “La confesión es la limpieza del alma- Tienes que hacerla al menos una vez a la semana. No quiero que las almas estén lejos de la confesión por más de una semana. Una sala limpia y no ocupada recoge polvo, regresa cada semana y verás que el polvo tiene que ser removido de nuevo”.
Edificación espiritual (Actuar)
¿Qué aprendí de estas catequesis?
¿Cuál ha sido mi experiencia con el sacramento de la reconciliación?
¿Cuánta importancia tiene en mi vida? (Se evidencia en cómo lo preparo o qué tanto lo frecuento)
¿Qué puedo hacer para mejorar mis confesiones?