“Sabiduría, Ley y Conciencia”

Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base

XVII Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A

“Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano «al agua de rosas». Cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes pero tú eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte.” Papa Francisco

1.    Celebración de la Palabra

• 1R 3, 5. 7-12. Pediste para ti inteligencia.

• Sal 118. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

• Rm 8, 28-30. Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo.

• Mt 13, 44-52. Vende todo lo que tiene y compra el campo.

En la primera lectura vemos un diálogo entre Dios y Salomón, en la que el joven rey pide sabiduría a Dios. El salmo 118 canta la bondad de la Ley del Señor. La carta a los Romanos nos recuerda como el modelo de todo cristiano es Jesucristo. El Evangelio de san Mateo nos cuenta la parábola de la perla preciosa, el tesoro escondido y la pesca.

Para el diálogo: ¿Suelo pedir sabiduría a Dios? ¿Cuáles son mis tesoros?

2.    Catequesis

El Catecismo desde su primer numeral nos recuerda que el hombre ha sido creado para la gloria de Dios, esa es su bienaventuranza eterna, es decir su dicha eterna, a su Señor le glorifica cuando le ama, le conoce y le sirve, es decir cuando entrando en su voluntad vive el Señorío o Reinado de Dios en su vida. El hombre sólo encuentra su auténtica felicidad cuando es capaz de realizar todo su potencial, pero ¿Quién mejor que su creador conocerá cual es todo su potencial? Se dice filosóficamente que la naturaleza de una cosa, aquello que le hace ser lo que es constituye el principio de sus operaciones, ¿quién conocerá mejor la naturaleza humana sino Aquel que la creo? De ahí que lo más valioso para el hombre no son las riquezas o bienes terrenos como lo vemos en la petición de Salomón, sino que lo más preciado es la sabiduría divina, el conocer la voluntad de Dios.

Ahora bien, la voluntad del Señor en todas las criaturas se manifiesta en el ordenación que todo cuanto existe tiene a la glorificación de Dios, a eso se conoce como la “Ley eterna”. El hombre al ser una creatura racional también en su obrar se ordena a la voluntad de Dios desde su libertad, puesto que conoce en lo que Dios ha dispuesto su verdadero bien elige realizarlo, Por eso el Catecismo nos enseña “La ley moral supone el orden racional establecido entre las criaturas, para su bien y con miras a su fin, por el poder, la sabiduría y la bondad del Creador” (n. 1950)

Ahora bien, saber discernir el bien por hacer y el mal por evitar (Primer principio moral del hombre) que es lo que Salomón pide al pedir sabiduría para gobernar al Pueblo, de algún modo es posible para el hombre por su sola razón, que es una luz natural podríamos decir que Dios le ha dado al ser humano, sin embargo no podemos evitar recordar que por el pecado original el hombre ha sido herido, y aunque lavado por las aguas del Bautismo, los efectos de la herida se manifiestan en la tendencia a pecar. Para ello Dios le dio en un primer momento el auxilio de la Ley de Moisés, la llamada por el Catecismo “Ley Antigua” que manifestaba ya la voluntad de Dios. De ahí que podemos entender porque el salmista se alegra tanto por la Ley, porque es una palabra de Dios a su Pueblo que le permite caminar en libertad, que ilumina su vida para que pueda perseguir el verdadero bien, le ayuda al discernimiento, no está abandonado a su sola razón, ya Dios le está conduciendo.

“La Ley antigua es el primer estado de la Ley revelada. Sus prescripciones morales están resumidas en los Diez mandamientos. Los preceptos del Decálogo establecen los fundamentos de la vocación del hombre, formado a imagen de Dios. Prohíben lo que es contrario al amor de Dios y del prójimo, y prescriben lo que le es esencial. El Decálogo es una luz ofrecida a la conciencia de todo hombre para manifestarle la llamada y los caminos de Dios, y para protegerle contra el mal: «Dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones» (San Agustín, Enarratio in Psalmum 57, 1)” Catecismo n. 1962

Sin embargo, está Ley Antigua era todavía imperfecta, porque su función era preparar el camino a la Ley Nueva o Ley Evangélica que es la promulgada por Cristo, no sólo por su enseñanzas sino sobre todo por su ejemplo, Jesús es el modelo de humanidad. La Ley Nueva nos comunica la caridad, es decir nos hace partícipes en el mismo amor de Dios por la gracia que se nos comunica en los sacramentos, nos volvemos dóciles a la acción del Espíritu Santo y nuestros corazones laten al unísono con el de Dios, podríamos decir que es como Jesús en el huerto de los Olivos con confianza de hijos decimos “Padre no se haga mi voluntad sino la Tuya” porque la voluntad de Dios no supone una camisa de fuerza para la voluntad del hombre, al contrario ella es su verdadera libertad porque siguiéndola obra conforme a su fin último.

Incluso nos maravillamos porque ya no somos movidos sólo por la luz natural de nuestra razón, que aunque debilitada no ha sido anulada, sino que ahora nos movemos por la luz de nuestra razón iluminada por la luz sobrenatural de la fe, que le hace ver un horizonte más amplio mientras que por la caridad le impulsa a llevarlo a cabo.

“La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad (cf St 1, 25; 2, 12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo “que ignora lo que hace su señor”, a la de amigo de Cristo, “porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15), o también a la condición de hijo heredero (cf Ga4, 1-7. 21-31; Rm 8, 15).” (Catecismo de la Iglesia 1972)

Para discernir en todo momento el bien al cual tendemos como el padre de familia que sabe sacar tesoros de lo antiguo y lo nuevo tenemos de un modo especial a nuestra conciencia que se define como “un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto (es decir si es bueno o malo)” sea que lo piense hacer, esta haciendo o vaya a hacer. No debemos olvidar que la conciencia también es formada rectamente a través de la educación en la familia que no sólo es transmisión de conocimiento de la escuela sino formación en la virtud, el contacto con la Sagrada Escritura, la enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y la Sagrada Tradición, el autoexamen etc. Hay tres reglas que siempre hemos de custodiar por ejemplo: a) Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien (El fin no justifica los medios, una acción mala corrompe un fin bueno, así como un fin malo corrompe una acción buena); b) la “regla de oro”: “Todo […] cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros” (Mt 7,12; cf  Lc 6, 31; Tb 4, 15)-no olvidemos que Jesús nos manda amarnos como Él nos amó; c) y la caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia: “Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia…, pecáis contra Cristo” (1 Co8,12). “Lo bueno es […] no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad” (Rm 14, 21), esto no significa llamar al bien mal, ni al mal bien, respetar no significa condonar o menos promover.

“Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral (cf Rm 2, 14-16) le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando las que son buenas y denunciando las que son malas (cf Rm 1, 32). Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla.” (Catecismo de la Iglesia n. 1777)

No es indiferente nuestro obrar, al fin y al cabo, sabemos hemos de ser juzgados, eso nos lo recuerda la parábola de la red que pesca todo tipo de pesces, el hombre que aprende a descubrir el bien y perseguirlo a toda costa porque descubre que aquello que le lleva a plenitud de vida, es como aquel que deja todo por tal de hacerse con el campo que tiene el tesoro, y en la eternidad gozará de aquella bondad que no le podrá ser quitada.

“Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que «Dios no se callará» (Sal 50, 3) […] Se volverá hacia los malos: «Yo había colocado sobre la tierra —dirá Él—, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí»» (San Agustín, Sermo 18, 4, 4).” (Catecismo n. 1039)

Amar la voluntad de Dios es en última instancia la mayor alegría para el cristiano, alejándose sólo encuentra tristeza, viviendo conforme a ella su felicidad sólo puede crecer, ya que hemos sido llamados a ser conforme a Jesús como dice san Pablo el Padre nos ha predestinado “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm. 8, 29). Y en comunión con el Hijo entramos en la comunión con los hermanos, comunión que será perfecta en el cielo en donde como decía Benedicto XVI “no existe ningún aislamiento, ninguna competición o separación”.

 

3.    Edificación espiritual

¿Qué aprendí de esta catequesis?

¿Cómo busco yo la sabiduría de Dios?

¿Reflexiono antes de actuar? ¿Reflexiono a la luz de la fe antes de actuar?

¿Cómo formo mi consciencia o la de mis hijos?

¿Me doy cuenta que en la formación de la consciencia no sólo insiden las palabras sino los ejemplos?

IMG: «Salomón pidiendo sabiduría» de Maerten van Heemskerck