XX Domingo TO – Ciclo A
“sus palabras no se decían sin motivo, ni para adular a la mujer, sino para indicarnos la fuerza de la fe. Y la prueba y la demostración de esa fuerza dejóla el Señor al resultado mismo de las cosas. Desde aquel momento, dice el evangelista, su hija quedó sana… Mas considerad también, os ruego, cómo, vencidos los apóstoles y fracasados en su intento, la mujer consiguió su pretensión. Tanto puede la perseverancia en la oración. De verdad Dios prefiere que seamos nosotros quienes le pidamos en nuestros asuntos, que no los demás por nosotros. Cierto que los apóstoles tenían más confianza con el Señor; pero la mujer demostró más constancia. Y por el resultado de su oración, el Señor se justificó también ante sus discípulos de todas sus dilaciones y les hizo ver que con razón no hizo caso de sus pretensiones” (San Juan Crisóstomo)
1. Celebración de la Palabra
• Is 56, 1. 6-7. A los extranjeros los traeré a mi monte santo.
• Sal 66. Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
• Rm 11, 13-15. 29-32. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.
• Mt 15, 21-28. Mujer, qué grande es tu fe.
La primera lectura nos habla de la misericordia de Dios hacia los extranjeros que han sido fieles admitiéndoles incluso al culto del Templo. El salmo nos narra la universalidad de la alabanza a Dios. La segunda lectura nos recuerda el don de elección divina sobre Israel y el salmo la oración de una mujer pagana que va detrás de Jesús.
¿Cómo vivo yo la oración de súplica?
2. Catequesis
El episodio de la mujer siro-fenicia en los evangelio sinópticos busca destacar el cumplimiento de las promesas del antiguo testamente hechas en favor de aquellos hombres y mujeres que no provenían del linaje israelita, tal y como lo vemos en la primera lectura, el Señor se vuelca en compasión y misericordia para atender la oración incluso del extranjero.
Parece ser que Jesús se había retirado a la región de Tiro y Sidón para poder finalmente descansar con sus apóstoles aprovechando la ocasión para enseñarles diferentes cosas acerca del Reino, alguno dirá incluso le permitía evitar la persecución de la autoridades que estaba ya detrás de Él, sin embargo la fama de Jesús ya se había extendido, después de este milagro de curación vendrá la narración de muchos otros, el Señor siempre va buscando hacer el bien en donde quiera que se encuentre, aún en aquellas naciones paganas.
Si bien es cierto Israel era el pueblo elegido, su elección también comportaba una vocación universal, congregar en sí a todas las naciones en torno al mesías. El profeta Isaías anunciaba ya como el extranjero sería admitido a la casa de oración, a la vida íntima con Dios, en razón de su fidelidad, su oración sería escuchada y su amor hecho obras sería la muestra de su adhesión al Señor.
“Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; Mt 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:
«La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega» (LG 5).
El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres» (Lc 4, 18; cf. Lc 7, 22). Los declara bienaventurados porque de «ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3); a los «pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21, 18), la sed (cf. Jn 4, 6-7; Jn 19, 28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).” (Catecismo n. 543-544)
La cananea, era una mujer fenicia, descendientes de los griegos que llegaron a la zona a través del mar mediterráneo, al acercarse a Jesús se muestra un movimiento de salida, se pone en camino, se acerca, busca, llama, pide, reconoce la identidad de Cristo como el Hijo de David, y a la vez presenta su suplica. Podríamos decir que las características de la oración de la cananea son: fe, confianza, perseverancia y humildad. Jesús no dice que no le ayudará, sino que primero debe atender a aquellos que descarriados en Israel por los fariseos necesitan quien les socorra, sin embargo, la mujer sabe insistir sin contradecirle, no le dice “no les ayudes a ellos” sino que siguiendo el ejemplo de Jesús pide “las sobras” es decir piensa que, aunque sea un poco será suficiente, cree en el Señor. Si en Nazaret no pudo obrar muchos milagros por la incredulidad, en la región de Tiro y Sidón obraría tantos por la fe de aquellos hombres y mujeres.
“Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar (cf. Mt 5, 23 – 24), el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores (cf. Mt 5, 44 – 45), orar al Padre «en lo secreto» (Mt 6, 6), no gastar muchas palabras (cf. Mt 6, 7), perdonar desde el fondo del corazón al orar (cf., Mt 6, 14 – 15), la pureza del corazón y la búsqueda del Reino (cf. Mt 6, 21.25. 33). Esta conversión está toda ella polarizada hacia el Padre, es filial.
Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que «busquemos» y que «llamemos» porque él es la puerta y el camino (cf. Mt 7, 7 – 11. 13 – 14).
“Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, «todo es posible para quien cree» (Mc 9, 23), con una fe «que no duda» (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la «falta de fe» de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la «poca fe» de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la «gran fe» del centurión romano (cf. Mt 8, 10) y de la cananea (cf. Mt 15, 28).” (Catecismo n. 2608-2610)
La oración de la cananea es ocasión para volver la mirada hacia Jesús, y descubrir como bastó una palabra para que quedara sana la niña, en medio de la dificultad el amor de madre de aquella mujer supo perseverar y confiar en que el Señor no la dejaría sin ser atendida.
“Este episodio evangélico nos ayuda a entender que todos tenemos necesidad de crecer en la fe y fortalecer nuestra confianza en Jesús. Él puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Es importante alimentar cada día nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él –«Señor, ayúdame»–, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo.” (Papa Francisco)
Todo el diálogo prolongado con aquella mujer no fue ocasión de tortura, sino que sirvió para que ella fuese elogiada por el Señor, su oración fue coronada como meritoria por Él, una fe que fue puesta a prueba y sirvió no solo para estimular el deseo de aquella mujer sino incluso para la edificación de los apóstoles y de los demás discípulos de Jesús.
«Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos» (S. Juan B. María Vianney, Sermón sobre la oración).
3. Edificación espiritual
- ¿Qué aprendí de esta catequesis?
- ¿Cómo trato yo a los que no son de mi religión?
- ¿Auxilio a quien me pide ayuda?
- ¿Considero mi oración hecha con fe, confiada, perseverante y humilde?
- ¿En qué necesidad quisiera que Jesús me socorriera hoy?