XXVIII- Noveno mandamiento

«No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo» (Ex20, 17).

«El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28).

Habitualmente el noveno mandamiento es enunciado “no desearás la mujer de tu prójimo” ahora bien, la Iglesia dentro de este precepto busca profundizar las causas de este deseo utilizando para ello el término codicia, y de hecho siguiendo la primera carta de san Juan (1 Jn 2, 16) ha distinguido en el nombre tres especies de codicia a las que ha venido a llamar: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.

Siguiendo la explicación de Jesús en el sermón de la montaña (cf. Mt 5, 28) la Iglesia ha visto como el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne, puesto que no va sólo a la acción exterior, sino que también descubre la importancia de la custodia de los movimientos del corazón.

En sí mismo la palabra concupiscencia designa “toda forma vehemente de deseo humano” sin embargo “La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón.  El apóstol san Pablo la identifica con la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu” (cf Ga 5, 16.17.24; Ef 2, 3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3, 11). Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados” (Catecismo n. 2515)

El hecho de descubrir una tendencia desordenada no significa que el cuerpo sea malo, san Juan Pablo II nos lo recuerda muy claramente, explicándonos en qué sentido san Pablo hablaba de obras de la carne contrapuestas a las del Espíritu.

«Para el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal, sino que trata de las obras —mejor dicho, de las disposiciones estables—, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Ga 5, 25) (Juan Pablo II, Carta enc. Dominum et vivificantem, 55).

Por lo tanto, el noveno mandamiento nos mueve a vigilar los movimientos del corazón, de tal manera que custodiemos la virtud de la pureza, se trata de la purificación del corazón de cara a una vida según las bienaventuranzas pues Jesús dijo: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8), es una vida que ve la realidad según Dios y descubre en el otro un “prójimo” y en el cuerpo un Templo del Espíritu Santo.

Recordemos que el corazón limpio o puro “designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf 1 Tm 4, 3-9; 2 Tm 2 ,22), la castidad o rectitud sexual (cf 1 Ts 4, 7; Col 3, 5; Ef 4, 19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf Tt 1, 15; 1 Tm 3-4; 2 Tm 2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe: Los fieles deben creer los artículos del Símbolo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (San Agustín, De fide et Symbolo, 10, 25).” (Catecismo de la Iglesia n. 2518)

¿Cómo trabajar por adquirir la virtud de la pureza? Pues se realiza en cuatro áreas:

  1. Cultivando “la virtud y don de la castidad pues la castidad permite amar con un corazón recto e indiviso;” (Catecismo n. 2520). El amor casto es aquel que no se mueve en la lógica de la posesión sino de la donación, implica vivir una sexualidad integrada, de tal modo que el cristiano no busca el desahogo de sus pasiones desordenadas.
  2. Trabajando “la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre: con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios (cf Rm 12, 2; Col 1, 10)” (Catecismo n. 2520). La intención se rectifica elevando todo a la dimensión sobrenatural y recordando que el fin de la vida cristiana es la gloria de Dios. Podríamos preguntarnos: ¿Dios será glorificado con esto que haré? ¿De qué aprovecha esto para la vida eterna?
  3. “Mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los mandamientos divinos: “la vista despierta la pasión de los insensatos” (Sb 15, 5)” (Catecismo de la Iglesia n. 2520)

Este apartado daría para ser tratado con mayor detenimiento, pero podemos decir que hemos de abstenernos de someter nuestros sentidos a aquello que les provoque un deleite de modo desordenado evitando a toda costa miradas, palabras o caricias que le inclinen hacia el pecado, y fomentando el cultivo de la lectura espiritual, conversaciones edificantes y el pudor en el trato con los demás. La disciplina de la imaginación y la memoria nos recuerda que, aunque no puedo controlar del todo los pensamientos que vienen a la mente, sí soy libre para rechazar su consentimiento, por lo tanto, ante la tentación de la impureza he de presentar un objeto diferente a la imaginación que aparte la atención de aquel impulso y luego he de rectificar la intención

  • La oración: suplicar al Señor la gracia de un corazón puro, ya lo descubría san Agustín «Creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito: […] que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado» (Confessiones, 6, 11, 20).

El pudor es un tema que entra dentro del noveno mandamiento, y poco comprendido y predicado hoy, muchas veces se tiende a calificar de puritanismo a quien lo quiere conservar, descubramos qué es para valorarlo como es debido. El pudor es una virtud hija de la templanza que “preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo de mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas” (Catecismo n. 2521)

Por tanto, esta virtud busca custodiar el misterio de la persona y del amor que hay entre ellas, es modestia en el vestir y en el hablar, es moderación en la relación amorosa entre hombre y mujer, es silencio en una conversación en que descubre una curiosidad mal sana, todo en atención a la dignidad del persona, descubre en el cuerpo humano el gran valor que tiene como obra de Dios y Templo del Espíritu. El pudor recuerda cómo aquello que es valioso y preciado es custodiado con cuidado, no se expone al desprecio y tampoco se deja presa de que pueda ser menospreciado. El pudor en el vestir es como la cortina que protege un sagrario o la mampara de una Iglesia, custodia que ahí donde está el Cristo realmente presente en la Eucaristía sea expuesto a la miradas de curiosos y más aún, custodia el misterio, educa a que se trate con reverencia.

La pureza del cristiano lleva a que se purifique el clima social, la fe ciertamente respeta todo lo que de bueno y verdadero encuentra en las culturas en las cuales se encarna el Evangelio, pero también les purifica de aquello que puede ser contrario a la ley moral por ello la Iglesia recuerda que “lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una concepción errónea de la libertad humana” (Catecismo n. 2526). Más aún el cristiano ha de buscar que los medios de comunicación transmitan la información pertinente basados en el respeto y la discreción, y nos lleva evitar el exhibicionismo y la imágenes indecorosas, apunta a la recta educación de la juventud que sea “respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre” (Catecismo n. 2526)

De cara a la confesión recuerda que todo pecado de impureza a de ser confesado con prontitud

Para reflexionar:

¿Qué aprendí de esta catequesis?

¿Alguna vez había escuchado de la virtud de la pureza? ¿Me habían enseñado a desarrollarla?

¿Busco cuidar el pudor?

¿Cómo podemos transformar nuestro ambiente de cara a conservar la pureza del corazón?

IMG: «Francesca de Rimini» de William Dyce en base a los versos de la Divina Comedia de Dante