«No darás testimonio falso contra tu prójimo» (Ex 20, 16).
«Se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos» (Mt 5, 33).
“El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Este precepto moral deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere la verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza.” (Catecismo n. 2464)
El punto de partida es recordar que Dios es la fuente primera de la verdad, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos lo afirman, por ejemplo, dice el salmo: “Tu verdad, de edad en edad” (Sal 119, 90) y en el Evangelio Jesús mismo se define como la Verdad (Jn 14, 6) y en el sermón de la Montaña nos ha enseñado a amarla traduciendo nuestra palabra en palabras sinceras «Sea vuestro lenguaje: “sí, sí”; “no, no”» (Mt 5, 37). Por lo que todo cristiano ha de buscar siempre vivir en la verdad, esto obedece a su más auténtica naturaleza humana, por lo que todos estamos llamados a vivir la virtud de la veracidad
«“Los hombres […] no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 109, a. 3 ad 1). La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, “un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 109, a. 3). El discípulo de Cristo acepta “vivir en la verdad”, es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. “Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad” (1 Jn 1, 6).» (Catecismo 2469-2470)
«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir en Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 6, 1-2).
Hay diferentes modos de ofender la verdad:
“Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf Pr 19, 9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18, 5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.
El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC can. 220). Se hace culpable:
— de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo;
— de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran (cf Si 21, 28);
— de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.” (Catecismo n. 2476-2477)
San Ignacio de Loyola nos da un principio muy importante a seguir moralmente hablando para evitar caer en el juicio temerario: «Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve» (San Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia, 22).
La maledicencia (revelar a otros los defectos o errores del prójimo) y la calumnia (que es inventar cosas malas sobre el otro) atentan contra la reputación y el honor del prójimo y así son contrarias a la justicia y caridad. También hemos de todo halago, adulación o complacencia a otro en la malicia de sus obras esto supone una colaboración al mal. De igual modo todo cristiano ha de evitar la vanagloria o jactancia (que supone relación desordenada con la opinión que tienen los otros sobre mí) y la ironía (que ridiculiza al hermano caricaturizándolo maliciosamente).
“La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.” (Catecismo n. 2480)
La mentira se define como un falsedad que se dice con la intención de engañar, es la ofensa más directa contra la verdad, “La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, y los daños padecidos por los que resultan perjudicados. Si la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, sin embargo, llega a ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.” (Catecismo n. 2484). Toda falta cometida contra la justicia y la verdad obligan en conciencia ser reparadas, si no puede hacer en público habrá de hacerlo en secreto.
No hay un derecho absoluto de comunicar la verdad, nadie está obligado a comunicar una verdad a quien no tiene derecho a saberla (cf Si 27, 16; Pr 25, 9-10)., en esto debemos considerar siempre el contexto del amor fraterno y el evangelio, el bienestar del prójimo, la vida privada y el bien común son razones suficientes para mantener en secreto lo que no debe ser revelado. Este mandamiento tutela el secreto del sigilo sacramental el cual no puede ser roto por ningún motivo, y el secreto del sigilo profesional, que puede romperse cuando “el no revelarlos podría causar al que los ha confiado, al que los ha recibido o a un tercero daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación de la verdad” (Catecismo n. 2391). “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo” (CIC can. 983, § 1)
Los responsables de los medios de comunicación social han de tener en cuenta el bien común y el derecho a la privacidad de las personas, “La injerencia de la información en la vida privada de personas comprometidas en una actividad política o pública, es condenable en la medida en que atenta contra su intimidad y libertad” (Catecismo n.2492). Siempre ha de ser tutelado el servicio a la caridad y evitar ofender la verdad, es responsabilidad de la autoridad civil el legislar para evitar la manipulación de la opinión pública y defender los derechos de las personas.
Existe un vínculo entre la práctica de bien, la verdad y la belleza, ya que “La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual gratuito y de belleza moral. De igual modo, la verdad entraña el gozo y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella por sí misma. La verdad de la palabra, expresión racional del conocimiento de la realidad creada e increada, es necesaria al hombre dotado de inteligencia, pero la verdad puede también encontrar otras formas de expresión humana, complementarias, sobre todo cuando se trata de evocar lo que ella entraña de indecible, las profundidades del corazón humano, las elevaciones del alma, el Misterio de Dios.” Entre esas maneras se encuentra la belleza del arte el cual refleja una dimensión en él que está por encima de las necesidades vitales, el catecismo afirma que es “una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano” (n. 2501). Entre las expresiones artísticas reviste particular importancia el llamado arte sacro, porque nos eleva a la dimensión trascendente del misterio
“El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza supereminente e invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, “Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia” (Hb 1, 3), en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, en los Ángeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador. Por eso los obispos deben personalmente o por delegación vigilar y promover el arte sacro antiguo y nuevo en todas sus formas, y apartar con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro (cf SC 122-127).” (Catecismo n.2502-2503)
Cuando acudimos al sacramento de la reconciliación si tenemos duda sobre la gravedad de las mentiras que hemos dicho puede consultar con el confesor con sencillez diciendo sobre qué has mentido pero de ordinario recuerda que si se trata de calumnias y acusaciones injustas hechas en juicio o si de esa mentira dicha con malicia se siguen consecuencias funestas estamos ante materia grave.
Para reflexionar:
¿Qué aprendí de esta catequesis?
¿Cómo puedo cultivar la virtud de la veracidad?
¿Alguna vez me he detenido a considerar el deber de reparar por las veces en que puedo haber atentado contra la justicia en el hablar?
¿Descubro la importancia del arte en la vida del hombre? ¿Cómo vivo esta dimensión de mi vida?