Comenzamos el último bloque de las catequesis que hemos venido desarrollando sobre nuestra fe, en nuestro recorrido hemos reflexionado sobre la fe en que creemos y celebramos con el Credo y la Sagrada Liturgia, y concluimos recientemente las catequesis sobre el modo en que el cristiano vive la fe, ahora tenemos presente que esa misma fe supone “una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero” (Catecismo n. 2558) esa relación se vive en la oración.
¿Qué es la oración? La Iglesia siguiendo a los santos nos recuerda que es: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús) o “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno)
El primer requisito que tiene toda oración es la humildad, el sabernos necesitados de Dios, porque es ahí donde Él se revela, pero esa revelación nos manifiesta el deseo que Dios tiene de nosotros, por eso se trata de un encuentro entre “la sed de Dios y la sed del hombre” (Catecismo n. 2560). Como Jesús que en el pozo pide a la samaritana de beber y es el quien da de beber a ella. Es desde lo más profundo de su ser, desde el corazón que el hombre ora, ahí desde donde se descifra la vida, por eso se dice que el corazón es el lugar de la alianza. “Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.” (Catecismo n. 2564) De ahí que se dice también que la oración apunta a la comunión de vida entre Dios y el hombre por medio de Cristo en el amor del Espíritu Santo “la unión de la Santísima Trinidad toda entera con el espíritu todo entero” (San Gregorio Nacianceno, Oratio 16, 9).
Todo hombre descubre en sí este deseo de Dios, es signo de ese llamado que todos llevamos a estar con Él, “Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su Creador o se esconda lejos de su faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración.” (Catecismo n.2567)
Los primeros capítulos del Génesis nos revelan en el Antiguo Testamento la relación entre Adán y Eva, e incluso en la misma ofrenda de Abel, Dios llama a todos los hombres a orar, entre ellos tiene un carácter especial Abraham, quien se nos presente como el hombre silencioso que va respondiendo al Señor a cada paso del camino, entrando en la Palabra de Dios, incluso con sinceridad rompe su silencio para manifestar su inquietud “De este modo surge desde los comienzos uno de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en Dios que es fiel.” (Catecismo n. 2570) A lo largo de la historia de la salvación el mismo Moisés se nos manifiesta también como modelo del hombre que intercede en la oración, clamando la misericordia de Dios ante un Pueblo idólatra, incluso se llega afirmar que “Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33, 11) por esto mismo también es modelo de la oración contemplativa, de esa oración íntima y fiel que se abandona en el Señor.
El niño Samuel se nos presenta como el hombre que aprende a orar por medio del ejemplo de su madre y las palabras del sacerdote del Elí que le enseña a responder “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 S 3, 9-10). Más tarde el rey David se nos presentará como aquel que alaba, intercede, pide perdón y súplica, “En los Salmos, David, inspirado por el Espíritu Santo, es el primer profeta de la oración judía y cristiana. La oración de Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y llevará a su plenitud el sentido de esta oración.” (Catecismo n. 2580). Su hijo Salomón llevará a cumplimiento sus planes de un templo pensado como “casa de oración” y dedicará aquel edificio santo en una oración maravillosa (1 R 8, 10-61). Los profetas se convertirán en lo centinelas que velarán porque la oración y los sacrificios del Templo no caigan en la superficialidad, sino que se viva como parte de la conversión continua del corazón del hombre a Dios. Elías nos recordará la importancia del sacrificio, pero también del silencio ante Dios.
De un modo especial en la Tradición viva de la Iglesia, los salmos han pasado a ser aquel libro que se convierte en verdadera escuela de oración, de hecho, la oración oficial de la Iglesia en la Liturgia de las Horas se busca santificar la jornada prolonga la Liturgia de la Misa a través del salterio.
«¿Qué cosa hay más agradable que un Salmo? Como dice bellamente el mismo David: “Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa”. Y con razón: los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión armoniosa de nuestra fe (San Ambrosio,Enarrationes in Psalmos, 1, 9).
Será Jesús quien enseñe de verdad como auténtico modelo y maestro a orar al hombre, lo vemos orar y también Él nos mostrará como hacerlo a través del Padre Nuestro. Aunque habría aprendido como buen israelita a elevar suplicas a Dios a partir de su presentación en el Templo lo vemos dirigirse a Él de un modo distinto, nos enseñará la oración filial llamándolo Padre, de hecho, de la contemplación de Jesús orante brota en el discípulo el deseo de soledad y secreto que caracterizaba la oración del Señor sobre todo en momentos difíciles. Los evangelistas nos han transmitido de modo especial las palabras de Jesús en oración en su día a día (Mt 11, 25-27, Lc 10, 21-23, Jn 11, 41-42 y Jn 17) a esto habría que agregar las palabras que el Señor dirige desde el madero de la Cruz al Padre Eterno. Jesús no sólo nos enseña las palabras del Padre Nuestro, sino que también como la oración supone la conversión del corazón, audacia filial, humildad, paciencia y vigilancia, asimismo vemos que también Jesús escucha la oración de aquellos que se acercan a Él a suplicarle.
Los evangelistas también nos presentan a María como modelo de virgen orante, dispuesta a acoger la palabra, entrar en su obediencia, pedir a su Hijo con confianza en medio de la necesidad, y meditar continuamente los misterios que viva con Él, siendo incluso ejemplo de mujer que alaba a Dios en el Magníficat.
“El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1), que lo esperaban “perseverando en la oración con un mismo espíritu” (Hch 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf Jn 14, 26), será también quien la instruya en la vida de oración.” (Catecismo 2623)
El libro de los Hechos nos narra a la Iglesia en oración, en momento de persecución, a la hora de tomar decisiones, en lo cotidiano de la vida de la primera comunidad cristiana, en la escucha de la Palabra, incluso en las mismas cartas de san Pablo encontramos himnos que los primeros cristianos entonaban como alabanza al Señor como el de la carta a los Filipenses (cap.2) o Efesios (cap. 1). El mismo libro del Apocalipsis nos narra en su lenguaje simbólico y misterioso un Liturgia solemne.
En toda la Sagrada Escritura podemos ver que la oración puede ser pública (en el Templo) o privada (El profeta Daniel en su habitación), de alabanza (Magníficat), de súplica (como Ester que ruega por su Pueblo), de intercesión (El pueblo que pide que Jesús conceda un favor al centurión), de petición de perdón (Salmo 50 en el que David manifiesta su contrición por el adulterio), de expiación (los Macabeos que piden perdón por los pecados de los difuntos), de acción de gracias (como en la Última Cena), silenciosa (María que meditaba todo en su corazón) o a viva voz (como cuando Jesús alaba al Padre), la oración pues reviste tantas formas como situaciones de encuentro se dan entre Dios y los hombres.
Para la reflexión
- ¿Qué aprendí de esta catequesis?
- (Piensa en tu día a día) ¿Cómo sueles orar? ¿Cómo has aprendido en tu vida?
- ¿Qué oraciones de la Biblia te llaman más la atención?
- Como último punto a nivel individual te invito a que, en un momento de silencio, de preferencia en la capilla del Santísimo, reflexiones en silencio algunos versículos que nos muestran a Jesús en silencio orante.
Lc 6, 12. Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios.
Mt 14, 13. Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras él viniendo a pie de las ciudades.
Mc 6, 46. Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.
Mt 14, 23. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.
Jn 6, 15. Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.
Mc 7, 24. Después Jesús partió de allí y fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quiso que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto.
Lc 9, 10. Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida.
Mc 1, 35. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.
Mt 6, 6. 6 Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Mc 14, 32. Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Quédense aquí, mientras yo voy a orar».
Mt 17, 1. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto.
Lc 22, 39. Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron.
Lc 3, 21. Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo.
Lc 9, 18. Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Lc 21, 37. Por el día enseñaba en el Templo y salía a pasar la noche en el monte llamado de los Olivos.
Lc 4, 42. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde él, trataban de retenerle para que no les dejara.
Lc 11, 1. Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.»