Discernimiento

Catequesis Pequeñas comunidades y Comunidades Eclesiales de Base

Domingo 14 de enero de 2024

“En cuanto al hombre mismo, viene al mundo, nace del seno materno, crece y muere; descubre su vocación y desarrolla su personalidad a lo largo de los años de su actividad; después se aproxima cada vez más al momento en que debe abandonar este mundo. Cuanto más larga es su vida, más se resiente el hombre de su propio carácter precario, mas se pone la cuestión de la inmortalidad; ¿qué hay más allá de las fronteras de la muerte? Entonces, en lo profundo de ser, surge la pregunta planteada a Aquel que ha vencido la muerte: «Maestro, ¿dónde moras?» Maestro, tú que amas y respetas la persona humana, tú que has compartido el sufrimiento de los hombres, tu que esclareces el misterio de la existencia humana, ¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de nuestra vocación! «Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro» (Sal. 27/26, 8-9).” (San Juan Pablo II)

1.    Celebración de la Palabra (Ver)

1 S 3, 3-10.19 Habla, Señor, que tu siervo escucha
Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
1 Co 6, 13-15.17-20. ¡Sus cuerpos son miembros de Cristo!
Jn 1, 35-42. Vieron donde vivía y se quedaron con Él

¿Puedo decir que de ordinario busco escuchar la voz de Dios? ¿Qué dificultades encontramos?

2.    Catequesis (Juzgar)

La primera lectura nos presenta al niño Samuel que aprende a discernir la voz de Dios. El Salmo 39 nos invita a la escucha de la Palabra. La primera carta a los corintios nos invita a apartarnos de la inmoralidad sexual. Y el Evangelio nos presenta la vocación de los primeros discípulos.

Todo hombre desde niño debe aprender diferentes habilidades que le permitan desarrollar sus potencialidades y poder vivir bien. Este proceso natural de aprendizaje también se vive en el plano sobrenatural. La primera lectura y el Evangelio nos muestran cómo tanto el joven Samuel como Andrés y el otro discípulo se encuentra bajo el cuidado de un maestro, tanto Elí como Juan Bautista les enseñan a discernir la voz de Dios que les habla, el paso del Señor por su historia. La fe es ciertamente así, es un don que nadie se da a sí mismo, sino que se recibe. Todos de una manera u otra hemos recibido la Buena Nueva del Evangelio y hemos vivido un encuentro con Cristo gracias a la experiencia de fe de otro que nos lo ha transmitido, por regla general nuestros padres en primer lugar, los sacerdotes, los catequistas, los propios amigos, etc.

Hay alguien que nos ha transmitido la fe y que nos enseña a discernir el paso de Dios por nuestra historia, sin embargo hay otro elemento, no basta creer, el discernimiento no tiene como miras un conocimiento meramente especulativo, sino que nos debe llevar a la acción, a obrar conforme a lo que se cree, de ahí la gran enseñanza que nos refleja el salmo, estamos ante la respuesta a la llamada de Dios, al paso de Dios, cuando dice “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”, lo vemos también reflejado en los discípulos que a la invitación de Jesús “Vengan y lo verán” fueron y se quedaron con Él.

“Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino (cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera» (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 546)

Dios continúa a hablar hoy, nos llama junto a Sí, nos invita abrir nuestro corazón a su voluntad, y ¿qué es lo que Dios quiere de nosotros? ¿a qué nos llama? Ante estos relatos que venimos meditando, y que habitualmente reciben el calificativo de “vocacionales”, hemos de recordar cuál es nuestra vocación primera, sabemos que todos y cada uno de los bautizados está llamado a la vida, a la santidad, a configurar su corazón con el de Cristo Jesús, a vivir nuestra dignidad altísima de hijo de Dios. Muchas veces hoy en día parece que nos olvidamos de esto, que la llamada del hombre a la vida eterna no es simplemente evitar el pecado, que ciertamente hay que hacerlo, sino que hemos de hacer el bien, vivir en el amor, buscar ser mejores personas para mayor gloria de Dios, en palabras sencillas podríamos decir no se trata simplemente de no ser malcriado y grosero, sino de ser atento y bondadoso, no es sólo no decir malas palabras sino de ser profetas de esperanza, no se trata simplemente de evitar decir mentiras sino de vivir en la verdad, podríamos poner más ejemplos, cada uno sabe de que pierna cojea, miremos el ejemplo de los corintios, san Pablo sabe de los pecados que abundaban en aquella ciudad portuaria, pero él no sólo se limita a decir “no forniquen” sino que les enseña el valor del cuerpo y la altura de su dignidad de cristianos cuando les dice que son “Templos del Espíritu Santo”, es conforme a eso que se ha de vivir.

“El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la «imagen de Dios»: es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20; 15,44-45):

«Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día» (GS 14,1).” (Catecismo de la Iglesia Católica n.364)

Asimismo dentro de la vocación a la santidad cada uno ha de vivir los aspectos particulares de esta según su estado de vida, según sean casados, solteros, religiosos o sacerdotes, cada uno debe dejarse iluminar la luz de la Iglesia que nos ha transmitido la fe y nos enseña el modo en que hemos de atender la voz del Señor que nos llama. Incluso las misiones particulares que cada uno desempeña al interno de la Iglesia según sus obras de apostolado se ven animadas por este mismo espíritu de discernimiento de la voz del Señor. La obra es de Él, he ahí nuestra confianza. De igual modo en virtud de la dimensión apostólica de la vida de fe y de un modo particular los que tienen una responsabilidad en la formación de niños y jóvenes han de ayudarles a descubrir la voz de Dios y enseñar el arte del discernimiento espiritual, esta labor es en primer lugar de los padres de familia.

“La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida cristiana de acuerdo con el Evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres.” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2226)

Aunque el mundo presenta hoy en día estas realidades no sólo como arduas sino hasta imposibles, sin embargo, Dios es justo y fiel, y no nos pedirá algo para lo cual Él no nos dé la gracia para cumplir, son un gran testimonio de vida los misioneros, que se embarcan a tierras distantes para anunciar a Cristo Jesús confiando en la asistencia del Espíritu Santo que ha llegado antes que ellos a esos lugares a donde se dirigen. Cuando en este peregrinaje rumbo a la patria eterna nos sintamos cansados o desconsolados por las tribulaciones que hemos de padecer en el seguimiento de Cristo, cuando quizás tengamos ganas de tirar la toalla, recuerda, la Iglesia que comenzó con una joven virgen y un carpintero que acogieron la llamada de Dios colaborar con la salvación de la humanidad, la Iglesia que tuvo por primeros misioneros a unos pocos pescadores, la Iglesia, que se manifiesta en la vida de cada uno de los bautizados alrededor del planeta, tiene su fuerza motor en grande habilidades o discursos sino en la obediencia la Palabra del Señor, por lo que si hoy escuchas la voz del Señor responde con confianza “Habla, Señor, que tu siervo escucha” .

3.    Edificación espiritual

Dios se manifiesta en la vida de cada uno de diferentes maneras ¿alguna vez me he puesto a pensar en las constantes que descubro?

Recuerdo algún momento particular de discernimiento en mi vida. Si hay esposos en la comunidad ¿cómo discernieron dar el paso hacia la vida matrimonial? Si hay jóvenes ¿alguna vez me he planteado el matrimonio como vocación? ¿qué hay de la vida sacerdotal o religiosa?

¿Dónde busco escuchar habitualmente la voz de Dios?

Al momento de discernir ¿me dejo acompañar por alguien más experimentado?

¿Hay algo en particular en este momento sobre lo que quisiera discernir?