San José en 5 puntos

Existe un principio en la vida de fe que dice que “oramos conforme a lo que creemos” tradicionalmente se ha dicho “Lex orandi lex credendi” la Ley de la oración es la ley de la fe. Por lo que meditar en las oraciones que la Iglesia realiza de modo oficial en la Sagrada Liturgia nos lleva a comprender mejor los misterios que celebramos.

En la solemnidad de san José en el prefacio de la Santa Misa se nos dan algunos atributos que podríamos considerar para nuestra reflexión:

Hombre justo: para la Sagrada Escritura vivir según justicia es vivir según la voluntad de Dios que para el judío piadoso siempre se encontraba prevista en la Ley, de hecho cuando vemos la infancia de Jesús en los evangelios siempre vemos que la Sagrada Familia de Nazaret era muy cumplidora de la ley, los contemplamos ofreciendo los prescrito por la purificación de la Virgen y el rescate del Niño, así como en peregrinación a Jerusalén como cuando Jesús tenía doce años. De José aprendería Jesús a vivir la observancia atenta de la Ley yendo más allá de la mera prescripción, nos revela como en la voluntad de Dios el hombre encuentra su bien, no es una camisa de fuerza, es la plenitud de la libertad, es necesario para que el hombre viva plenamente entrar en la obediencia a la palabra, el Señor incluso llego a decir “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados” y Él mismo se sacia en la justicia de Dios pues dice “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

“El Salmo (Sal 1, 1) ofrece la imagen clásica del «justo». Así pues, podemos considerarlo casi como un retrato de la figura espiritual de san José. Justo, según este Salmo, es un hombre que vive en intenso contacto con la Palabra de Dios; «que su gozo está en la ley del Señor» (Sal 1, 2). Es como un árbol que, plantado junto a los cauces de agua, da siempre fruto. La imagen de los cauces de agua de las que se nutre ha de entenderse naturalmente como la Palabra viva de Dios, en la que el justo hunde las raíces de su existencia.

La voluntad de Dios no es para él una ley impuesta desde fuera, sino «gozo». La ley se convierte espontáneamente para él en «evangelio», buena nueva, porque la interpreta con actitud de apertura personal y llena de amor a Dios, y así aprende a comprenderla y a vivirla desde dentro.” (Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret – Infancia)

El niño judío aprendía de su padre la fidelidad al Señor en el cumplimiento de la Ley, José será la escuela de Jesús. ¿Busco hacer la voluntad del Señor en mi vida? ¿me pregunto por ella? ¿reconozco la voz de Dios en su palabra? ¿soy de los que viven en automático el día a día o vivo la cotidianeidad como un encuentro con Dios?

Esposo: en un mundo en el que habitualmente se tiende a sembrar oposición entre el hombre y la mujer, la figura de san José como esposo de María santísima nos recuerda que el plan de Dios en la altísima vocación del matrimonio no es que la distinción entre ambos fuese causa de separación y distancia sino de complementariedad y comunión.

“El cuerpo humano, orientado interiormente por el «don sincero» de la persona, revela no sólo su masculinidad o feminidad en el plano físico, sino que revela también este valor y esta belleza de sobrepasar la dimensión simplemente física de la «sexualidad»[2]. De este modo se completa, en cierto sentido, la conciencia del significado esponsalicio del cuerpo, vinculado a la masculinidad-feminidad del hombre. Por un lado, este significado indica una capacidad particular de expresar el amor en el que el hombre se convierte en don; por otro, le corresponde la capacidad y la profunda disponibilidad a la «afirmación de la persona», esto es, literalmente la capacidad de vivir el hecho de que el otro —la mujer para el varón y el varón para la mujer— es, por medio del cuerpo, alguien a quien ha querido el Creador «por sí mismo», es decir, único e irrepetible: alguien elegido por el Amor eterno. La «afirmación de la persona» no es otra cosa que la acogida del don, la cual, mediante la reciprocidad, crea la comunión de las personas” (San Juan Pablo II, 16 de enero 1980)

La dimensión esponsal de la vida del hombre adquiere en José esa dimensión del hombre que se entrega por amor a su esposa, en quien reconoce con estupor la ayuda idónea que Dios pensó para él. Recordemos el termino ayuda traduce el hebrero hebreo עֵ֖זֶר “ezel” que Moisés usa en el Éxodo para describir como Dios ha sido su auxilio, el Salmo 33, 20 lo utiliza para describir a Dios “nuestro auxilio y escudo” en el mismo sentido se encuentra en el 70, 89, 115, 121, 124. La dimensión esponsal de la vida lleva a plena integración de la vida afectiva del hombre, no se trata de una privación de libertad como piensa el mundo de hoy “ya se echó la soga al cuello” se dice de aquel que se casa, en el caso de José la decisión voluntaria y firme de aquel que sabe establecer una alianza de amor para toda la vida, es el hombre auténticamente libre que dona por amor.

¿Soy una persona conflictiva? ¿tiendo a aislarme? ¿soy pronto a generar rivalidades? ¿busco ser vinculo de comunión? ¿cómo trato a las mujeres y a los hombres de mi entorno? ¿somos competencia el uno para el otro o buscamos generar relaciones que permitan aprovechar la riqueza de las diferencias para sacar adelante grandes proyectos?

Fiel y prudente servidor: es aquel que se encuentra cumpliendo la misión que se le ha asignado según la enseñanza de Jesús en sus parábolas, fidelidad implica constancia y lealtad ante aquel que le llama a asumir una tarea, y la prudencia es la virtud del gobierno que lleva a hacer la cosa justo en el momento justo, se dice es la norma de la recta razón en el obrar, es aquel que hace el bien en el mejor modo posible según el caso. José atendió a lo que se le encomienda, basta ver con que prontitud ante las indicaciones de los ángeles se pone en camino para cumplir con lo que se le pide, a pesar de las incomprensiones y dificultades siempre está listo para entrar en la voluntad del Señor.  

“Prudente no es, por tanto —como frecuentemente se cree— el que sabe arreglárselas en la vida y sacar de ella el mayor provecho; sino quien acierta a edificar la vida toda según la voz de la conciencia recta y según las exigencias de la moral justa. De este modo la prudencia viene a ser la clave para que cada uno realice la tarea fundamental que ha recibido de Dios. Esta tarea es la perfección del hombre mismo. Dios ha dado a cada uno su humanidad. Es necesario que nosotros respondamos a esta tarea programándola como se debe.

Pero el cristiano tiene el derecho y el deber de contemplar la virtud de la prudencia también con otra visual… El hombre puede tomar parte en este gran caminar de todas las criaturas hacia el objetivo, que es el bien de la creación. Y, expresándonos aún más con el lenguaje de la fe, el hombre debe tomar parte en este designio divino de salvación; debe caminar hacia la salvación y ayudar a los otros a que se salven. Ayudando a los demás, se salva a sí mismo. Ruego que quien me escucha piense ahora bajo esta luz en su propia vida. ¿Soy prudente? ¿Vivo consecuentemente y responsablemente? El programa que estoy cumpliendo, ¿sirve para el bien auténtico? ¿Sirve para la salvación que quieren para nosotros Cristo y la Iglesia?” (san Juan Pablo II, 25 de octubre de 1978)

En estas palabras de san Juan Pablo II redescubrimos también como san José al ser fiel a la palabra que se le encomendó no actuó con mera resignación sino que fue el hombre del discernimiento que atento al Señor descubre en su voluntad el bien que se ha de procurar, busca vivir su vida como un hombre que anhela ser agradable a Dios y morar en su presencia, es aquel que encuentra la dicha en cumplir su palabra y meditarla día y noche.

¿Busco cumplir con prontitud las tareas que se me encomienda? ¿soy pronto a atender las necesidades materiales y espirituales de mi familia? ¿me esfuerzo en ser servicial en toda ocasión? ¿de qué maneras sirvo a Dios?

Jefe y padre de familia: la autoridad estaba depositada en José, el guiaba a su familia y le conducía por las sendas que se le iban presentado, esto supone no un afán de dominio sino que nos recuerda la dimensión servicial de la autoridad, el mismo Jesús nos lo indicó en algún momento ¿de quién lo aprendería si no de sus padres? Contrario a lo que habitualmente pensamos no es la paternidad del hombre la que ilumina la paternidad de Dios, al contrario, la paternidad de Dios es la que ilumina como el hombre ha de ser padre en su familia. El Catecismo de la Iglesia nos dice que al hablar de la Paternidad divina no hacemos alusión sólo a su razón de origen primero de todo y autoridad trascendente, sino que también a su “bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos”, José ha sido puesto siempre en la Iglesia como un modelo de papá, incluso por ejemplo en Italia el 19 de marzo se celebra el día del padre, ¡cuánta bondad y amor habrá transmitido a Jesús! Recordemos que Jesús tenía un cariño particular por los niños ya que les abrazaba y les daba la bendición imponiéndoles las manos, y buscaba que no se les impidiera el acceso a Él, ¿no es esto un gesto de la bondad de Jesús? incluso al joven rico dice la Escritura lo vio con amor, a Juan el apóstol más joven le dejo recostarse en su pecho, e incluso llamo a sus apóstoles “hijitos” en alguna ocasión.

La paternidad en el hombre también se ve en esa alegría que se experimenta al transmitir a otros lo que se ha aprendido con lo largo de los años, padre no es sólo quien engendra o mantiene económicamente, es aquel que pasa tiempo con su hijo, educándolo, formándolo para que sea un hombre de bien, es un auténtico mentor que le acompaña en el camino, queremos conocer a san José, hemos de acudir a Cristo mismo, como se dice habitualmente, los hijos son un reflejo de sus padres. San Pablo VI explicaba del siguiente modo la paternidad de san José:

“al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa” (Alocución,19 de marzo de 1966)

¿Busco transmitir a otro el fruto de lo que aprendo? Evangelizar es comunicar nuestra propia experiencia con el Señor ¿suelo hacerlo? ¿Cómo es mi trato con niños y jóvenes? ¿Cómo la paternidad de san José ilumina mi vida?

Custodio: El Niño y la Virgen le son confiados a san José, el velará por ellos y los protegerá, cuidando de la María encinta o como cuando les toma para huir a Egipto escapando de la crueldad de Herodes, creo que unas palabras del Papa Francisco resumen muy bien lo que significa ser custodio para José.

“¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación.” (19 de marzo de 2013)

¿Cómo custodio yo a la Virgen y al Niño? ¿Cómo custodio a la Iglesia? ¿estoy atento a escuchar la voz de Dios conduciéndome con realismo pero también con una visión sobrenatural de la vida?

 Al meditar en estas características de san José dejemos que el santo patriarca nos anime y nos impulse a vivir con radical novedad el Evangelio, entrando en la obediencia de la fe, haciendo tesoro de la Virgen y el Niño, para vivir en el amor que se vivió en aquel hogar de Nazaret.