María, mujer de oración

Nuestra Buena Madre es el modelo del Iglesia orante, aquella que vive constantemente a la escucha de Dios y que dialoga con Él. Consideremos algunos aspectos que nos presentan las Escrituras.

En primer lugar descubrimos a María santísima como la mujer que al escuchar la Palabra que Dios le dirige se interroga por su significado, se cuestiona que querrá decir aquello, nos dice el Evangelio que ante las palabras del ángel que interviene y le saluda llamándole la llena de gracia, “Ella se turbó…y consideraba qué podía significar este saludo.”

Por un lado, encontramos el verbo “turbar” descubrimos que la palabra nos indica una realidad que no está en calma, en su mente los pensamientos van y vienen así como en su corazón las emociones, la oración hermanos no es fría y seca, ante la Palabra de Dios no podemos ser indiferentes, ella causa conmoción, mueve nuestro mundo interior. Por otro lado, encontramos el verbo “considerar”, literalmente la palabra es en griego “dielogizeto”, de donde se deriva la palabra “diálogo”, muy sugestivo considerar como las palabras del ángel son el comienzo de una conversación interior que surge en María, el Papa Benedicto XVI comentando este apartado dirá:

“Hay una actitud de fondo que María asume ante lo que sucede en su vida. En la Anunciación ella queda turbada al escuchar las palabras del ángel —es el temor que el hombre experimenta cuando lo toca la cercanía de Dios—, pero no es la actitud de quien tiene miedo ante lo que Dios puede pedir. María reflexiona, se interroga sobre el significado de ese saludo (cf. Lc 1, 29). La palabra griega usada en el Evangelio para definir «reflexionar», «dielogizeto», remite a la raíz de la palabra «diálogo». Esto significa que María entra en íntimo diálogo con la Palabra de Dios que se le ha anunciado; no la considera superficialmente, sino que se detiene, la deja penetrar en su mente y en su corazón para comprender lo que el Señor quiere de ella, el sentido del anuncio” (19 de diciembre de 2012)

María santísima, mujer que se deja interpelar por la Palabra, no se quedará como oyente olvidadiza, sino que dará una respuesta concreta, real y efectiva “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palaba” (Lc 1, 38) Ella nos muestra que el hombre orante es un hombre que vive la obediencia de la fe.

Luego podríamos considerar inmediatamente como va presurosa a asistir a santa Isabel, y maravillarnos al contemplar como ante la alabanza que se le dirige al ser llamada la Madre del Señor, ella exulta en una alabanza a aquel que la ha elegido, entonces entona el Magníficat, un cantico que está entretejido a numerosas alusiones del Antiguo Testamento, particularmente al cántico de Ana madre del profeta Samuel. Con esto descubrimos que en su vocabulario, en su modo de hablar y expresarse se manifiesta la profunda interiorización que hacía de las Escrituras y su memoria del modo de actuar de Dios en la historia ¿podría alguno de nosotros decir que en nuestras palabras y modos de expresarnos se puede entre leer el Evangelio y el modo de hablar de Jesús? No sería María santísima un ejemplo de una mujer que en lo menudo y cotidiano es testigo de Aquel a quien alaba a menudo ¿somos hombres y mujeres que alaban a su Señor?

El ejemplo de María como mujer de oración es paradigmático frente a aquello que resulte difícil de comprender,  sea en el episodio de la adoración de los Pastores, sea en el episodio del Niño Jesús a quien pierden y luego encuentran en el Templo al tercer día, se nos dicen palabras semejantes:  “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.” (Lc 2, 19) y  “su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 51) nuevamente el Papa Benedicto XVI nos ilustrará comentando:

“Otro signo de la actitud interior de María ante la acción de Dios lo encontramos, también en el Evangelio de san Lucas, en el momento del nacimiento de Jesús, después de la adoración de los pastores. Se afirma que María «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19); en griego el término es symballon. Podríamos decir que ella «mantenía unidos», «reunía» en su corazón todos los acontecimientos que le estaban sucediendo; situaba cada elemento, cada palabra, cada hecho, dentro del todo y lo confrontaba, lo conservaba, reconociendo que todo proviene de la voluntad de Dios. María no se detiene en una primera comprensión superficial de lo que acontece en su vida, sino que sabe mirar en profundidad, se deja interpelar por los acontecimientos, los elabora, los discierne, y adquiere aquella comprensión que sólo la fe puede garantizar. Es la humildad profunda de la fe obediente de María, que acoge en sí también aquello que no comprende del obrar de Dios, dejando que sea Dios quien le abra la mente y el corazón.” (19 de diciembre de 2012)

¿Cuándo nos enfrentamos a lo que no comprendemos nos volcamos a la oración? ¿hacemos memoria de las palabras del Señor? ¿nos confrontamos con la Palabra? El hombre y la mujer de fe no murmuran contra Dios, sino que dialogan con Él.

Otra actitud de la Virgen orante que es sugestiva para nosotros es la que contemplamos al inicio del ministerio público de Jesús, ella no teme acercarse al Señor para manifestar su inquietud, o más bien para hacer una petición, dice claramente “no tienen vino” (Jn 2, 3) aquella no es sólo una observación, no es un mero comentario, es un modelo de súplica, más aún podríamos nosotros considerar como sus actitudes nos invitan a que al momento de hacer este tipo de oración confiemos en Jesús disponiéndonos a lo que sea su voluntad “hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). Sabemos nosotros que el Señor escucha nuestra oración y cuando le pedimos algo, si lo concede es porque aquello aprovechará a nuestra salvación, y si no se concede pues es porque no aprovechará a ella o el está disponiendo algo mejor, en cualquier caso su santa voluntad siempre apunta a nuestra mayor bien, esta apertura total a lo que fuere que Jesús pidiera implica recordar que a Dios no le ponemos nuestras condiciones para que obre, sino que con humildad nos disponemos a acoger lo que el disponga, y fruto de aquello que contemplamos, el agua se transformó en vino, la preocupación en alegría.

“«Haced lo que Él os diga». En estas palabras, María expresa sobre todo el secreto más profundo de su vida. En estas palabras, está toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor. Un «Sí» lleno de gozo y de confianza. María, llena de gracia, Virgen inmaculada, ha vivido toda su existencia, completamente disponible a Dios, perfectamente en acuerdo con su voluntad, incluso en los momentos más difíciles, que alcanzaron su punto culminante en el Monte Calvario, al pie de la Cruz. Nunca ha retirado su «Sí», porque había entregado toda su vida en las manos de Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc, 1,38). Al respecto, os recuerdo lo que destaca la Encíclica Redemptoris Mater: «En efecto, en la Anunciación, María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando «La obediencia de la fe» a aquél que le hablaba a través de su mensajero y prestando «el homenaje del entendimiento y de la voluntad». Ha respondido, por tanto, con todo su «yo» humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre» y una disponibilidad a la acción del Espíritu Santo que «perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones»» (Redemptoris Mater, n.13).

«Haced lo que Él os diga». Esta breve frase contiene todo el programa de vida que María-Maestra realizó como primera discípula del Señor y que nos enseña en nuestros días. Es el programa de una vida que se apoya en un fundamento sólido que tiene como nombre: Jesús.” (San Juan Pablo II, Mensaje JMJ 1988)

Luego encontramos a María, mujer orante en silencio de pie junto a la Cruz, ella la madre del Redentor contempla a su Hijo que ha entregado su vida por amor, el momento de la prueba de la fe, cuando todo parece incomprensible, parece que todo ha fallado, que Dios está ausente, pero la perseverancia de Nuestra Madre junto a Jesús nos enseña que el modo de andar cuando se atraviesa este camino es el de un paso a la vez, un momento a la vez, ofreciendo nuestro dolor uniéndolo al de Jesús por la salvación de la humanidad ¿de dónde tomará su fortaleza la Virgen Santa si no es de la oración? La mujer del sí, continúa a dar su asentimiento al plan de Dios.

“María Dolorosa al pie de la cruz simplemente permanece. Está al pie de la cruz. No escapa, no intenta salvarse a sí misma, no usa artificios humanos y anestésicos espirituales para huir del dolor. Esta es la prueba de la compasión: permanecer al pie de la cruz. Permanecer con el rostro surcado por las lágrimas, pero con la fe de quien sabe que en su Hijo Dios transforma el dolor y vence la muerte.” (Papa Francisco, 15 de septiembre de 2021)

Asi compasiva y consolante alienta a los apóstoles en el cenáculo, es significativo que en medio de todos los acontecimientos que narra el libro de los Hechos de los apóstoles, san Lucas haya querido mencionar distintivamente a María, como aquella que perseveraba con ellos en oración a la espera del Espíritu Santo. Jesús ha subido a los cielos, sus discípulos ya no lo verán, ahora su madre es quien se convierte en el referente de Jesús, ella nos recuerda que Jesús nos ama, que nos ha prometido estar con nosotros, y que no tardará en consolarnos. Con María la Iglesia orante aprende a esperar el tiempo del Señor, aprende a acoger el don del Espíritu Santo.

“Por lo tanto, no hay Iglesia sin Pentecostés. Y quiero añadir: no hay Pentecostés sin la Virgen María. Así fue al inicio, en el Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos», como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 14). Y así es siempre, en cada lugar y en cada época. Fui testigo de ello nuevamente hace pocos días, en Fátima. En efecto, ¿qué vivió esa inmensa multitud en la explanada del santuario, donde todos éramos realmente un solo corazón y una sola alma? Era un renovado Pentecostés. En medio de nosotros estaba María, la Madre de Jesús. Esta es la experiencia típica de los grandes santuarios marianos —Lourdes, Guadalupe, Pompeya, Loreto— o también de los más pequeños: en cualquier lugar donde los cristianos se reúnen en oración con María, el Señor dona su Espíritu.” (Benedicto XVI, 23 de mayo)

Queridos hermano, todo este recorrido nos lleva a buscar unirnos a María cuando oramos a clamar su intercesión, a entrar en esta relación con Dios uno y trino, queridos hermanos si una última acotación podemos hacer aquí es recordar que María asunta a los cielos no está inactiva en su amor de Madre continua a ser la Virgen orante que nos conduce a Dios, los santos dan testimonio de como colmarían a sus hermanos de bendiciones desde el cielo, cuanto más será en el caso de la Madre de Dios.

Pidamos a nuestra Buena Madre que aprendamos de su disposición a la acción del Señor a decir también que sí a sus intervenciones en nuestra vida, en silencio orante acojamos su palabra y clamemos la intercesión de aquella que es para nosotros modelo de oración