Frase: “En su dinamismo inseparable, la esperanza es la que, por así decirlo, señala la orientación, indica la dirección y la finalidad de la existencia cristiana. Por eso el apóstol Pablo nos invita a “alegrarnos en la esperanza, a ser pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración” (cf. Rm 12,12). Sí, necesitamos que “sobreabunde la esperanza” (cf. Rm 15,13) para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea capaz de dar aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, esto puede convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe” (Papa Francisco)
1. Celebración de la Palabra
SALMO 42
Como ansía la cierva las corrientes de agua, así te ansía mi alma, Dios mío. Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios? Mis lágrimas son mi pan día y noche; todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?». Recordando estas cosas me lleno de nostalgia: ¡cómo marchaba en el cortejo y desfilaba hacia la Casa de Dios, entre clamores de júbilo y de alabanza, en medio de la multitud en fiesta! ¿Por qué te abates, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que aún podré alabarlo, salvación de mi rostro y Dios mío. Mi alma, dentro de mí, desfallece, por eso te recuerdo desde el país del Jordán, desde el Hermón y el monte Misar. Un abismo llama a otro abismo al estruendo de tus cascadas: tus ondas y tu oleaje me han anegado. De día el Señor mandaba su misericordia, de noche me acompañaba su canto, la oración al Dios de mi vida. A Dios diré: «Roca mía, ¿por qué me has olvidado, por qué he de andar abatido por la opresión del enemigo?». Al quebrantarse mis huesos se burlan mis adversarios. Todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?». ¿Por qué te abates, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que aún podré alabarlo, salvación de mi rostro y Dios mío.
Leámoslo despacio ¿qué viene a mi mente al leer este salmo? ¿Qué afectos se producen en mi corazón?
2. Catequesis
Continuamos nuestras catequesis sobre la escuela de la esperanza, el Papa Benedicto XVI nos dice que otro lugar donde podemos ejercitarnos en esta virtud, es el actuar y el sufrir. En primer lugar el actuar porque implica apertura a la posiblidad de hacer el bien, quien se pone a trabajar es porque tiene objetivo que anhela cocretar, una meta hacia a la cual se dirige, se cree capaz de hacer algo bueno (nadie se mueve sino es en dirección de un bien), es la grandeza del hombre que en la transformación del mundo se vuelve cooperador de Dios en la obra de la creación. El horizonte más amplio del cielo es el que da sentido a todo nuestro actuar, más aún es el que hace que valga la pena seguir haciendo el bien aunque parezca que el mundo va en sentido contrario. Escuchemos las palabras del Santo Padre.
“Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más grandes o más pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro.
Pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica. Si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza.
Es importante sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar. Ciertamente, no « podemos construir » el reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza” (Spes Salvi 35)
Por otra parte el sufrir es también escuela de esperanza porque en medio de la limitación y el dolor que producen la enfermedad, o porque forma parte de nuestro estado de naturaleza caída y consecuencia de nuestro pecado, es el Señor quien da sentido a aquel padecer, sea porque el ha vencido la máxima tristeza que es la muerte sea porque desde el Calvario aquel sufrimiento tiene un carácter redentor, sí a través de Él podemos colaborar en la obra de la salvación.
“Es cierto que debemos hacer todo lo posible para superar el sufrimiento, pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la culpa, que –lo vemos– es una fuente continua de sufrimiento.
Esto sólo podría hacerlo Dios: y sólo un Dios que, haciéndose hombre, entrase personalmente en la historia y sufriese en ella. Nosotros sabemos que este Dios existe y que, por tanto, este poder que « quita el pecado del mundo » (Jn 1,29) está presente en el mundo. Con la fe en la existencia de este poder ha surgido en la historia la esperanza de la salvación del mundo. Pero se trata precisamente de esperanza y no aún de cumplimiento; esperanza que nos da el valor para ponernos de la parte del bien aun cuando parece que ya no hay esperanza, y conscientes además de que, viendo el desarrollo de la historia tal como se manifiesta externamente, el poder de la culpa permanece como una presencia terrible, incluso para el futuro.
…Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún.
Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.” (Spes Salvi 36-37)
Pero también hay otro sufrir que tenemos valorar, aquel que nos hace salir de nuestras comodidades, aquel que viene por ser testigos de la verdad, aquel que viene de la perseverancia de la fe. Es el sufrir que a veces conllevará el martirio rojo de sangre, otras veces el martirio verde de la mortificación personal. La esperanza da luz a estos aspectos de la vida cristiana, pero también nos abren a la capacidad de sufrir con y por otros, la compasión que es propia de aquel que busca aliviar al otro asumiendo también su dolor.
“Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo? En la historia de la humanidad, la fe cristiana tiene precisamente el mérito de haber suscitado en el hombre, de manera nueva y más profunda, la capacidad de estos modos de sufrir que son decisivos para su humanidad…
Ciertamente, en nuestras penas y pruebas menores siempre necesitamos también nuestras grandes o pequeñas esperanzas: una visita afable, la cura de las heridas internas y externas, la solución positiva de una crisis, etc. También estos tipos de esperanza pueden ser suficientes en las pruebas más o menos pequeñas. Pero en las pruebas verdaderamente graves, en las cuales tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza de la que hemos hablado” (Spes Salvi 39)
3. Edificación espiritual
¿Aún me creo capaz del bien? ¿Mis proyectos personales son iluminados por la gran esperanza?
¿Busco aprender a compadecerme del otro?
¿Cuándo llega la hora de la dificultad busco ofrecer esos sufrimientos?
¿Soy capaz de sufrir algo con tal de no traicionar mi fe?