Frase: ““¡El mundo de hoy tiene tanta necesidad de esta virtud cristiana! Como también necesita tanto la paciencia, virtud que camina de la mano de la esperanza. Los seres humanos pacientes son tejedores de bien. Desean obstinadamente la paz, y aunque algunos tienen prisa y quisieran todo y todo ya, la paciencia tiene capacidad de espera. Incluso cuando muchos a su alrededor han sucumbido a la desilusión, quien está animado por la esperanza y es paciente es capaz de atravesar las noches más oscuras” Papa Francisco
1. Celebración de la Palabra
“Justificados, por tanto, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos acceso en virtud de la fe a esta gracia en la que permanecemos, y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Pero no sólo esto: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Porque Cristo, cuando todavía nosotros éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido. En realidad, es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Cuánto más, si hemos sido justificados ahora en su sangre, seremos salvados por él de la ira! Porque, si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida. Pero no sólo esto: también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación.” (Rm 5, 1-11)
¿Cómo asumo las tribulaciones? ¿Puedo decir que soy paciente? ¿Cómo cultivo la esperanza?
2. Catequesis
En el marco del año jubilar 2025, nuestra santa madre Iglesia, nos invita a recordar que somos peregrinos de la esperanza, nos recuerda por una parte que en esta vida vamos en camino y por otra nos recuerda la meta: el cielo. La esperanza por definición nos hace anhelar nuestra felicidad eterna, el Reino de los cielos, a la vez que nos hace confiar en que el Espíritu Santo nos dará los auxilios necesarios para alcanzarlos. De hecho en medio de las vicisitudes del día a día, todos somos capaces de descubrir nuestro anhelo del bien, detrás del anhelo de descanso al final de una jornada de trabajo, detrás del anhelo de compartir una comida con los amigos, detrás incluso del anhelo de pasar un momento de sana diversión con los más pequeños en casa, siempre se esconde un deseo de felicidad, las pequeñas esperanzas del día a día son una muestra del profundo deseo de una gran esperanza que encuentra su realización última en Dios mismo.
Ahora bien, esto conlleva el haber aprendido a tener un visión sobrenatural de la historia, una capacidad de trascender los acontecimientos que vamos viviendo, se trata de aprender a leer las huellas del paso de Dios en la cotidianidad, y esto nos lo da la oración de un modo particular. En la oración se purifican realmente nuestros deseos y se redireccionan hacia Aquel que da sentido a todo lo que vivimos.
Benedicto XVI nos dice que la oración es el primer lugar donde se da el aprendizaje de la esperanza y nos muestra como san Agustín comprendía este proceso:
“Agustín ilustró de forma muy bella la relación íntima entre oración y esperanza en una homilía sobre la Primera Carta de San Juan. Él define la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. « Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don] ». Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. « Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? » El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor.” (Spes Salvi n.33)
De este modo podemos entender el porqué el Papa Francisco convocó el año de la oración como preparación al Jubileo del 2025. Entonces podríamos preguntarnos ¿cómo está nuestra vida de oración? Nadie está exento de ella. La oración para el cristiano es un constante entrar en relación con el Señor, un diálogo, un trato, un comunicarse con el Amor de su vida. La Sagrada Escritura nos invita numerosas veces a ella “Vigilad y orad” (Mt 26, 41) “Es precioso orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc 18, 1) “Pidan y se les dará” (Mt 7,7) “Oren sin cesar” (1 Tes 5, 17) “Permanezcan vigilantes en la oración” (Col 4, 2) etc. de hecho hay un libro entero dedicada sólo a ella, el libro de los Salmos, con ellos oramos con la misma palabra de Dios.
“La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 1, 4). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2697)
Hay muchas maneras en las que aprendemos a orar, inicialmente la mayoría ha comenzado con las oraciones básicas enseñadas por nuestros padres, el Padre Nuestro, el Ave María, el Ángel de la Guarda, etc. Luego conforme vamos creciendo nos vamos familiarizando con el santo Rosario, se nos enseña a orar con la Sagrada Liturgia, de un modo particular en la vivencia de la santa Misa, e incluso las parroquias organizan muchos momentos de encuentro entorno a la practica de la Lectio Divina. En la fe de la Iglesia aprendemos a orar y, a mayor fe, mayor esperanza, así nuestro corazón se purifica y aprende a amar.
Hay diferentes clasificaciones y tipos de oración, de un modo particular es importante aprender a orar mentalmente o, lo que es lo mismo, meditar, pues ello nos lleva a tratar de amistad con Dios buscando interiorizar su Palabra, suscitar afectos, y producir obras de amor.
Para ello es muy conveniente cada cierto tiempo repasar algún método que nos ayude a caminar, pero no olvidemos el método sirve como un andadera para un niño, le ayuda, pero eventualmente aprendemos caminar impulsados por el Espíritu Santo.
La oración ha de ser preparada, no podemos llegar como un rayo a querer hacer oració, les propongo el esquema del Método de san Sulpicio según lo presenta el P. Antonio Royo Marín[1]
Preparación:
Remota: una vida de recogimiento y de sólida piedad (vida de gracia)
Próxima: escoger el punto la víspera por la noche: para ver las principales consideraciones y propósitos que habremos de formar; dormirse pensando en la materia de la meditación, al levantarse aprovechar el primer tiempo libre para hacer la meditación.
Inmediata: ponerse en la presencia de Dios (especialmente en nuestro corazón), humillarnos profundamente: acto de contrición; invocar al Espíritu Santo.
Cuerpo de la oración:
Adoración, Jesús ante nosotros: Considerar en Dios, en Jesucristo o en algún santo sus afectos, palabras y acciones en torno a los que hemos de meditar; rendirle homenaje de adoración, admiración, alabanza, acción de gracias, amor, gozo o compasión.
Comunión, Jesús en nuestro corazón: Convencernos de la necesidad de practicar aquella virtud, afectos de contrición por el pasado, de confusión por el presente y de deseo para el futuro; pedir a Dios esa virtud (participando así de las virtudes de Cristo) y por todas nuestras necesidades y las de la Iglesia.
Cooperación, Jesús en nuestras manos: Formar un propósito particular, concreto, eficaz, humilde; renovar el propósito de nuestro examen particular.
Conclusión
Dar gracias a Dios por las luces y beneficios recibidos en la oración, pedirle perdón por las faltas cometidas en ella, pedirle que bendiga nuestros propósitos y toda nuestra vida, formar un “ramillete espiritual” para tenerlo presente todo el día, ponerlo en manos de Nuestra Buena Madre.
El Adviento que comienza es un tiempo fuerte en la vida de la Iglesia, un tiempo en el que buscamos hacer arder cada vez más nuestro deseo de recibir al Señor, la oración nos ayudará a ensanchar el corazón para preparar el camino del Señor. Claro está, lo que hemos hablado hoy, es una expresión de la vida de oración, la cual apunta a disponernos mejor para la celebración de la Sagrada Liturgia y la recepción de la gracia de Dios a través de los sacramentos, pero también para disponernos a vivir de mejor manera la vida nueva que Cristo nos ha dado a través de obras de misericordia con aquellos que pasan necesidad. Los tiempos de Adviento y Navidad para el cristiano no son sólo épocas de llevar buenos sentimientos y propósitos, sino es hacer presente el amor de Dios en las vidas de los demás, es anunciar que Dios no fue indiferente con la humanidad ni con sus problemas, sino que tanto le ha amado, que Él mismo asumió nuestra naturaleza, para rescatarnos del pecado y de la muerte, y llevarnos a gozar de una nueva vida. En adviento se acentúa la preparación, pero también es anuncio, testimonio, adoración y acción de gracias, es tiempo de transformación en Aquel que sabemos que nos amó primero, pero para ello es necesario conocerlo, hablar con él, imitarlo, pero sobre todo estar con Él, con nuestro amado Jesús en el silencio de la oración. Un silencio que se vuelve un diálogo de corazón a corazón.
3. Edificación espiritual
¿Qué dificultades encuentro para vivir la esperanza cristiana?
Dialogando con la comunidad demos ideas de cómo podemos ser hombres y mujeres llenos de esperanza ¿en qué habría de notarse?
¿Podemos decir que somos una sociedad con esperanza?
[1] A. Royo Marín, Teología de la Perfección cristiana n.500