Les comparto dos textos que en la Orden de Predicadores se meditan en este día en torno al Santísimo Nombre de Jesús
Del Opúsculo atribuido a santo Tomás de Aquino, presbítero
(Opuse. 60 De Humanitate Iesu Christi Domini nostri: Ed. Lugdunensis. 1562, p. 417)
Este nombre Jesús tiene mucha y grande eficacia
Y le pusieron por nombre Jesús. (Lc 2, 21) Téngase en cuenta que normalmente a cada uno de los hombres se les dan los diversos nombres, o por razón de alguna propiedad del que recibe el nombre, o por razón del tiempo, y así se dan a veces nombres de santos a los que han nacido en el día de sus fiestas, o en razón de parentesco, o por cualquiera otra circunstancia. En cambio los nombres dados por imposición divina siempre significan algún don otorgado gratuitamente por Dios a aquellos a quienes se les impone, como se dice a Abrahán: Te llamarás Abrahán porque te hago padre de muchedumbre; (Gn 17, 5) y se dice de Pedro: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. (Mt 16, 18) Y puesto que al hombre Cristo le había sido otorgada la misión de gracia de que por él todos fueran salvados muy convenientemente fue llamado Jesús, que quiere decir «Salvador.»
Este nombre de Jesús goza además de mucha y grande eficacia. Es, efectivamente, refugio de los que se arrepienten, remedio para los enfermos, fortaleza para los que luchan, ayuda para los que suplican: porque otorga el perdón de los pecados, la gracia de la salud, la victoria para los que son tentados, fuerza y confianza para pedir la salvación.
En cuanto a lo primero dice la Escritura: Os escribo, a vosotros, hijos míos, porque se os han perdonado los pecados por su nombre, (1 Jn 2, 12) y él testimonio de los profetas es unánime. (Hch 10, 43) Y Agustín: «¿Qué es Jesús, sino «Salvador»? Luego, por ti mismo, sé Jesús, para mí. No, Señor, no quieras fijarte en mi mal de tal modo que olvides tu bien.» Este nombre se impone precisamente con la circuncisión para dar a entender que se salvan los circuncidados espiritualmente. Por eso Bernardo dice: «Es necesario, hermanos, que seamos circuncidados para recibir así el nombre de la salvación; ser circuncidados ciertamente, no en la carne, sino en el espíritu y en la verdad.»
En cuanto a lo segundo, se dice: Tu nombre, un ungüento que se vierte. (Ct 1, 3) El aceite es un lenitivo en el dolor. Así también lo es el nombre de Jesús. De ahí que Bernardo diga: «Tienes, alma mía, un antídoto escondido en un vasito de nombre Jesús, eficaz para toda suerte de venenos.» Por su parte Pedro de Rávena (Crisólogo) dice: «Este es el nombre que dio vista a los ciegos, oído a los sordos, el poder caminar a los tullidos, palabra a los mudos y vida a los muertos.»
En cuanto a lo tercero se dice: El nombre del Señor es torre fuerte. (Pr 18, 10) Echarán demonios en mi nombre. (Mc 16, 17) Y volvieron los discípulos contentos y dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se someten en tu nombre. (Lc 10, 17) De ahí que Pedro de Rávena diga: «La fuerza de este nombre, es decir, Jesús, puso en fuga todo el poder del diablo en los cuerpos de los poseídos.»
En cuanto a lo cuarto se dice: «Si pedís algo al Padre en mi nombre os lo dará. (Jn 16, 23) Declara san Agustín: «En mi nombre, es decir, Cristo Jesús. Cristo significa rey, y Jesús, salvador.» Y por esto, todo lo que pedimos, lo pedimos en el nombre del Salvador. Además es «Salvador» no sólo cuando nos concede lo que pedimos sino también cuando no lo hace: pues se nos muestra como Salvador también cuando nos niega lo que él ve que pedimos contrario a nuestra salvación. Bien conoce el médico si el enfermo pide algo favorable o contrario a su salud. Por ello no hace caso de lo que es perjudicial al enfermo para lograr su salud.
Considera las palabras de Bernardo hablando de la circuncisión de Cristo y de la imposición de su nombre. «¡Grande y admirable misterio!: es circuncidado el niño y recibe el nombre de Jesús. ¿Qué nos dice semejante conexión? Reconoce en ella al
mediador entre Dios y los hombres, al que desde el comienzo de su nacimiento junta lo humano con lo divino, lo más bajo con lo más sublime. Nace de una mujer, a la que en cambio del fruto de la fecundidad no le arrebata la flor de la virginidad; es envuelto en pañales, pero estos pañales son honrados con cantos angélicos; es reclinado en un pesebre, pero es señalado en el cielo por una estrella.» De este modo la circuncisión nos confirma la verdad de la asunción de la naturaleza humana y el nombre que está sobre todo nombre nos da a entender la gloria de la majestad.
Otra:
De una Carta sobre la veneración del nombre divino de Jesús del beato Enrique Seuze, presbítero
(Epist. XII: Opera latine reddita a Lurentio Surio, Coloniae, 1615, pp. 263 ss.)
Ponme como sello sobre tu corazón
El omnipotente y eterno Dios pide al alma para que lo ponga como un sello sobre su corazón. Del mismo modo el que ama sinceramente a Dios debe conservar siempre en los labios de su alma ciertas imágenes o sentencias que muevan e inflamen su corazón en el amor a Dios.
Efectivamente, la perfección suma en esta vida consiste en que con la mayor frecuencia nos acordemos de Dios, que nuestro corazón suspire frecuentemente por él, hablemos continuamente de él, fijemos sus palabras en nuestra mente; todo lo hagamos por él y todo lo omitamos por él y, finalmente, en nadie esperemos, ni tras de nadie andemos, sino tras de él. Nuestros ojos lo deben mirar con todo amor, nuestros oídos deben acoger sus consejos, el corazón los sentidos y el alma toda lo abrazarán con amor. Cuando lo hayamos ofendido nos reconciliaremos con él por la oración. Cuando nos someta a prueba, lo soportaremos con placidez; cuando se nos oculte, lo buscaremos sin cesar hasta que lo encontremos: y una vez hallado, lo retendremos dignamente.
Ya caminemos, ya estemos parados, ya bebamos, ya comamos, esta joya preciosísima del nombre de Jesús debe estar siempre impresa en nuestro pecho. Cuando no nos sea posible hacer otra cosa, que, al menos con la mirada, lo fijemos en nuestra alma.
Tengamos su nombre dulcísimo siempre en la boca y de día debemos acordarnos tan intensamente de él que, cuando durmamos, lo soñemos y podamos decir con el Profeta: «Oh Dios eterno, oh dulcísima Sabiduría, qué buena eres para los que te buscan y solo a ti desean.» (Lm 3, 25)
Este es, por tanto, el mejor ejercicio de todos porque, efectivamente, la oración continua es como la corona de todos los demás ejercicios y hacia ella como a su propio fin tienden todos ellos. ¿Qué otra cosa se hace en el cielo sino contemplar, amar y alabar?
Por tanto, cuanto más amablemente grabemos en nuestros corazones a Dios nuestro Señor, eterna Sabiduría, y cuanto más frecuentemente la contemplemos y la abracemos en nuestro corazón, con tanta mayor suavidad ella nos abrazará en esta vida y en la futura.
Img: ábside de la Iglesia del Nombre de Jesús en Roma