La Epifanía es una fiesta marcada por la alegría, llegan los magos venidos del oriente al encuentro con Cristo, es el Señor que se manifiesta a todas las naciones, si con María, José y los pastores contemplamos al pueblo de la antigua alianza que ve cumplidas las promesas hechas desde antiguo, con los magos venidos del oriente vemos como Dios colma los anhelos de aquellos que, aunque no pertenecían al antiguo pueblo lo buscan con sincero corazón.
Aún hoy hermanos todo hombre busca al Señor, unas veces este anhelo de su corazón es encauzado desde niño en una familia que transmite la fe, a través de unos padres que enseñan a rezar a sus hijos, o la formación catequética que se convierte no sólo en instrucción formal sino en el encuentro que un niño vive con la Iglesia y en la Iglesia con Dios, o también en la participación de la Santa Misa y otras fiestas que animan la vida de la parroquia.
Pero sucede que en nuestro contexto hay muchos que dado el relajamiento de costumbres y la secularización ya no viven esta experiencia de fe, y sin embargo el anhelo de Dios está, algo que le dé sentido a mi vida, alguien a quien pueda darle el homenaje de mi corazón, un amor que no traicione, una felicidad estable que sea más que emotividad que sea paz, seguridad y alivio en medio del trajín de cada día, se le busca como a tientas, así como los magos escrutaban las estrellas así muchos buscan a Dios esperándolo encontrar, aún y si a veces se equivocan, incluso si han crecido en un hogar de fe parece que el ruido del mundo tiende a desorientar y entonces ¿qué hacer?
Trae a la memoria aquellas palabras, la estrella se detuvo dónde estaban Niño junto a María, su Madre. La Santísima Virgen es un icono de la Iglesia, ella nos presenta a Dios en un niño recién nacido. Curioso, siempre lo humilde lleva la huella de Dios. Es ahí en el silencio y la pequeñez donde descubrimos la misericordia de Dios que se deja hallar de los que le buscan. Pensemos como en la misma celebración de la Misa los momentos más altos y reveladores son a la vez los más sencillos: El Evangelio que se escucha en silencio, la consagración cuyas palabras y gestos se contemplan en el silencio, la santa comunión que recibimos y por la cual damos gracias en un momento silencio. Ahí en lo pequeño y menudo seguimos descubriendo al Niño con su Madre.
Al encontrarlo los magos le presentaron oro, incienso y mirra. Podríamos nosotros hoy hacernos la pregunta para nuestro examen conciencia acerca de una relación entre estos regalos y algunas de las bienaventuranzas que constituyen la saciedad del corazón humano en Dios.
El oro símbolo de la realeza y la riqueza ¿uso mis bienes según Dios? ¿se manifiesta el señorío de Jesús en mi relación con ellos? El niño que nace pobre y humilde nos recuerda “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”
El incienso es un símbolo de la relación con la divinidad y de la dimensión espiritual del hombre ¿cómo está mi vida de oración? ¿en mi vida hay preguntas profundas o me dejo llevar por lo superficial y pasajero? ¿de qué va mi diálogo interior? ¿hacia dónde se dirigen mis pensamientos y afectos? ¿hay una relación de intimidad con Dios? Podríamos decir que aquí vemos en María y en los magos venidos del oriente un corazón que se da a Dios de modo indiviso y lo valora como su plenitud “Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios”
La mirra es un signo de la pasión de Cristo, de su humanidad, podríamos preguntarnos ¿cómo está mi capacidad de sacrificio por aquello que vale la pena? ¿soy capaz de morir a mi sed de gratificación inmediata para granjearme aquello que pueda resultar difícil? ¿me dejo seducir fácilmente por el poder, placer, fama y emotividad? Aquí descubrimos esa capacidad que hay de morir al apego desordenado por las criaturas (raíz de los pecados) para vivir la vida auténtica de hijos de Dios, o incluso podría preguntarme ¿soy capaz de ofrecer las tribulaciones que llegan en lo cotidiano uniéndolas a la cruz de Cristo? Dijo el Señor “bienaventurados los que afligidos porque ellos serán consolados” y “el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” y si con Él morimos, viviremos con Él.
En este año jubilar queridos hermanos la Epifanía del Señor nos recuerda que Dios colma los anhelos del corazón y también nosotros podemos experimentar la alegría de aquellos magos siempre que venimos a descubrir al Niño junto a su Madre. Llenos de esperanza buscamos a Cristo junto a María en su Iglesia, ofrezcámosle todo nuestro ser y descubramos la grandeza de Aquel que se hizo hombre por nuestra salvación.