Espiritualidad matrimonial

II Domingo TO – Ciclo C

Justo después del Bautismo del Señor al inicio del Tiempo Ordinario la Iglesia nos invita a contemplar el primer signo con el cual manifiesta su grandeza, la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná. Con este milagro contemplamos al Hijo de Dios que camina entre nosotros y manifiesta su bondad y misericordia con aquel matrimonio.

Es significativo que el primer signo de Cristo como Hijo de Dios se realice en un matrimonio, la Tradición de la Iglesia nos dice que es Él el verdadero esposo que viene a establecer una alianza con la humanidad, el cambia la tristeza y dolor en que el pecado tenía sumido al hombre por el gozo y la paz que da la nueva vida de la gracia. Pero no sólo eso, sino que también con su presencia santifica la unión de los esposos, de ahí que se diga que de este modo el matrimonio queda elevado a la dignidad de sacramento, se convierte en medio por el cual la gracia de Dios se difunde a la humanidad. Justo al inicio del año que hermoso es recordar que el Señor salva desde la raíz, desde el matrimonio sale al rescate de la familia, y desde la familia a la sociedad.

Siguiendo la imagen del agua, el matrimonio se ha querido “aguadar” de diferentes maneras, hubo un tiempo en el que bajo una falsa pretensión de pureza lo desdeñaban como algo que era pecaminoso; en otras ocasiones a través de la rutinización o cuando se ha querido usar “para resolver problemas”, en nuestros tiempos muchos lo aguadan con sus malos ejemplos o queriendo defender un falso sentido de libertad que solo enmascara inseguridades profundas o egoísmos. Y podrían decirse más cosas, pero lo más importante es que la Buena Nueva de la salvación se sigue haciendo realidad, Cristo sigue salvando hoy, el Señor sigue transformando el agua en vino.

Por ellos la Iglesia sigue predicando la bondad del matrimonio y la familia porque Cristo nació en el seno de un matrimonio y lo santificó con su presencia en Caná de Galilea. ¡Cuántas bondades le ha conferido el Señora este sacramento! La abundancia del vino en el pasaje del Evangelio que meditamos hoy nos lo recuerda.

El papa Francisco nos ha recordado que cuatro características de la espiritualidad del matrimonio y la familia:

  • Es una espiritualidad de la comunión sobrenatural: el mismo Señor se hace presente en la familia, habita con ellos ya que el amor se manifiesta en gestos reales y concretos en ella, “Una comunión familiar bien vivida es un verdadero camino de santificación en la vida ordinaria y de crecimiento místico, un medio para la unión íntima con Dios. Porque las exigencias fraternas y comunitarias de la vida en familia son una ocasión para abrir más y más el corazón, y eso hace posible un encuentro con el Señor cada vez más pleno.” (AL 316)
  • En la familia es escuela de oración: ahí se aprende a dialogar con el Señor, sea que los padres enseñen las oraciones básicas, se porque ahí se unen para orar por alguno que pasa necesidad, sea porque se encomiendan cuando van de viaje y de un modo especial cuando juntos viven las diversas expresiones de piedad popular, muchas familias utilizan estas ocasiones para convivir y transmitir la fe, y de un modo especial la importancia de la santificación del domingo que implica la participación en la Eucaristía, el reposo y la convivencia.
  • Espiritualidad del amor exclusivo y libre. Es un amor que en su fidelidad manifiesta la cercanía del Señor que nunca abandona, un sí que se renueva a diario. No hay hombre más libre como aquel que puede comprometerse, pero la máxima libertad que da el amor conyugal se vive “cuando cada uno descubre que el otro no es suyo, sino que tiene un dueño mucho más importante, su único Señor” (AL 320) la intimidad que se concede a Dios en el corazón de cada uno permite sanar las heridas de la convivencia y descubrir en el amor infinito del Señor el sentido de la propia existencia.
  • Espiritualidad del cuido, del consuelo y del estímulo: el ejercicio de la caridad fraterna comienza por los que tienes más cerca la atención cuando están enfermos, el abrazo o la palabra de comprensión cuando se experimenta la tristeza y el ánimo para seguir lanzándote a nuevas metas comienza todo en casa, es el primer hospital de campaña que todos hemos conocido.

Cuando el hombre y la mujer hacen experiencia de la gracia de Dios en su matrimonio se animan a vencer sus tendencias desordenadas, buscan la virtud, anhelan ser siempre mejor para servir el uno al otro y a sus hijos. Aprenden a reconocer sus faltas, se examinan a sí mismos, se confiesan, buscan fortalecerse en la Eucaristía y transmitir la fe en el Señor a sus hijos. ¡Cuántos consuelos también dan unos hijos a sus padres! De ellos reciben tantos beneficios, pero también en la correspondencia a su amor se convierten en la alegría del hogar. Pero no olvidemos que también en medio de sus debilidades los miembros de la familia encuentran en ella una escuela de perdón, porque ahí aprendemos a reconciliarnos y enmendarnos también.

Cuanto bien nos hace contemplar la presencia de Jesús en las bodas de Caná, también hoy continúa a transformar nuestras vidas y las de nuestras familias, pero no olvidemos que para esto sea una realidad hace falta seguir el consejo de María “Hagan lo que Él les diga”