Catequesis para Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de base
Fecha: 20/02/2025
Frase: “Para educar es necesario amar y pasar mucho tiempo con los niños y jóvenes” (San Marcelino Champagnat)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
“Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían. Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: —Dejen que los niños vengan conmigo, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.” (Mt 10, 13-16)
¿Cómo son vistos los niños en nuestra sociedad? ¿cómo los tratamos? ¿qué hay del campo de la fe?
2. Catequesis (Juzgar)
En la serie de catequesis que vamos desarrollando sobre la familia de la mano del Papa Francisco, nos detenemos en esta ocasión para reflexionar sobre los niños. Lo haremos en dos momentos: primero, veremos el tema de los niños como un don de Dios para la humanidad, y luego pasaremos a abordar los desafíos de hoy en día respecto a los problemas que tienen que enfrentar.
Los niños, según las palabras del Papa, son una manifestación del amor de Dios a la humanidad, un recordatorio de su incondicionalidad y de la belleza de la vida. Su existencia nos devuelve a los fundamentos de nuestra humanidad: al reconocimiento de nuestra interdependencia, a la necesidad de amor, cuidado y perdón. Un niño, particularmente en sus primeros años, depende mucho del cuidado de sus padres, lo que nos recuerda la humildad con la que hemos de vivir. Mirar a un niño es contemplar la enseñanza de Jesús de ser «como niños» para entrar en el reino de los cielos, un reino donde la simplicidad y la pureza de corazón son las llaves maestras.
La teología cristiana siempre ha visto cómo el Hijo de Dios no quiso ahorrarse este paso; ha visto en los misterios de su infancia un símbolo de esperanza, humildad y la capacidad de recibir y dar amor sin reservas. Los niños nos enseñan a sonreír con alegría genuina, a llorar sin artificio, a ver el mundo con ojos de asombro, libres de la contaminación de la malicia y la doblez. Su espontaneidad es un regalo, una invitación a vivir con autenticidad, a abrazar la ternura, a no endurecer nuestros corazones. Los niños nos revelan una gran capacidad para abrazar el paso de Dios por nuestra historia. El Papa nos recuerda: “Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas para comprender a Dios.” (18 de marzo de 2015).
Pero más allá de la teología, la infancia nos conecta con nuestra identidad perenne de hijos, recordándonos que la vida es un regalo que hemos recibido, no una posesión que nos hemos otorgado. Este reconocimiento nos sitúa en una posición de gratitud y dependencia, aspectos esenciales para una vida comunitaria y espiritual plena. Los niños, por ejemplo, reconocen prontamente la bondad de la familia y los amigos; todos llevan ese anhelo. Un niño que se aísla no sigue la actitud normal que les caracteriza: buscan el grupo, el apoyo mutuo, la alegría del juego juntos y están abiertos a aprender de los demás.
“Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos necesitamos ayuda, amor y perdón.” (Papa Francisco, 18 de marzo de 2015)
Los niños nos recuerdan que somos hijos, el ideal noble de una mirada confiada y pura; dicen lo que ven, son capaces de dar y recibir ternura, tienen la capacidad de reír y llorar, de llenarse de esperanza y alegría.
“El niño tiene una confianza espontánea en el papá y en la mamá; y tiene una confianza natural en Dios, en Jesús, en la Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, aún no está contaminada por la malicia, la doblez, las ‘incrustaciones’ de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, sus egoísmos, pero conservan una pureza y una sencillez interior.” (Papa Francisco, 18 de marzo de 2015)
Sin embargo, la realidad cotidiana para muchos niños en el mundo es una narrativa de dolor y abandono, un contraste crudo con la visión ideal que los niños representan. El Papa no esquiva estas realidades: niños que no son permitidos nacer, niños que son vistos como errores o cargas, niños que crecen en la calle, sin educación, sin salud, víctimas de la explotación laboral, la violencia y la guerra. A esto, el Santo Padre lo ha denominado la «Pasión de los niños».
La crítica es directa: no podemos justificar el sufrimiento infantil con nuestra negligencia o egoísmo. Los niños no deben pagar por nuestros errores; su hambre, su pobreza, su fragilidad son llamados a una mayor responsabilidad, no a la indiferencia. El Papa cuestiona la validez de los discursos sobre derechos humanos cuando no se traducen en acciones concretas para proteger a los más vulnerables.
La responsabilidad de cambiar estas narrativas no recae solo en los padres, sino en todos los adultos y en las estructuras sociales y políticas. La Iglesia, según el Papa, debe actuar como una madre, no solo bendiciendo y amando, sino también corrigiendo y denunciando. La Iglesia tiene un papel profético en la defensa de los niños, promoviendo una cultura de vida y cuidado, y condenando las prácticas que les roban su infancia.
“Quienes tienen la tarea de gobernar, de educar, pero diría todos los adultos, somos responsables de los niños y de hacer cada uno lo que puede para cambiar esta situación. Me refiero a la ‘pasión’ de los niños. Cada niño marginado, abandonado, que vive en la calle mendigando y con todo tipo de expedientes, sin escuela, sin atenciones médicas, es un grito que se eleva a Dios y que acusa al sistema que nosotros adultos hemos construido. Y, lamentablemente, estos niños son presa de los delincuentes, que los explotan para vergonzosos tráficos o comercios, o adiestrándolos para la guerra y la violencia. Pero también en los países así llamados ricos muchos niños viven dramas que los marcan de modo significativo, a causa de la crisis de la familia, de los vacíos educativos y de condiciones de vida a veces inhumanas. En cada caso son infancias violadas en el cuerpo y en el alma. ¡Pero a ninguno de estos niños los olvida el Padre que está en los cielos! ¡Ninguna de sus lágrimas se pierde! Como tampoco se pierde nuestra responsabilidad, la responsabilidad social de las personas, de cada uno de nosotros, y de los países.” (Papa Francisco, 8 de abril de 2015)
También se debe pensar en aquellos padres que, de un modo extraordinario, buscan ayudar a estos niños, dispuestos a hacer algo diferente, por ejemplo, aquellos que adoptan, o aquellos tíos y abuelos que por algún motivo terminaron rescatando a sus sobrinos de una situación difícil y que les dan un nuevo paradigma para crecer. Sin embargo, el Papa nos exhorta a no dejarlos abandonados, fomentando ocasiones de «alegría compartida» para que no se dejen llevar por lo que denomina el «routine terapéutico».
Asimismo, nos hace recordar que ellos son las primeras víctimas de uniones inmaduras y separaciones irresponsables. Las consecuencias en la vida de los niños pueden ser la inseguridad emocional (por la falta de apego seguro o los sentimientos de abandono o rechazo); problemas de comportamiento (conductas disruptivas o agresivas como formas de expresar malestar); dificultades en la regulación emocional (pudiendo derivar en ansiedad, depresión o cambios de humor extremos); menor rendimiento escolar (por la falta de concentración, inestabilidad en sus entornos o por falta de apoyo en casa, o incluso el ausentismo por falta de supervisión de los padres); dificultades para formar vínculos saludables con otras personas porque el modelo de relación fundamental no está presente, más propensos al bullying o a convertirse en bullies; percepción de una autoimagen negativa ya que suelen pensar que fue su culpa la ruptura o que no son lo suficientemente buenos para ser amados adecuadamente; posibles negligencias en la atención médica y nutricional; tienden a repetir patrones, dificultad para confiar en otros; mayor probabilidad de involucrarse en las llamadas situaciones de riesgo (consumo de sustancias, actividad sexual precoz, asociarse a grupos delictivos); confusión de identidad y roles, especialmente si hay múltiples figuras paternales o maternales.
Frente a este panorama, el Jubileo de la Esperanza nos exhorta a renovar nuestra apuesta por la familia como el lugar en el que los niños puedan encontrar los elementos necesarios para su adecuado desarrollo, en primer lugar, a través de la relación padres e hijos. Pero pensemos también que el impacto que un matrimonio puede tener puede extenderse más allá de la pareja e incluso generar vida a través del buen testimonio, la amabilidad, el animar a niños que quizás no tengan las figuras paternas y maternas de referencia clásicas, el servicio a través de las pastorales, el apadrinar, etc. Lo mismo puede ser todo cristiano, sabiendo que cuando se trata de los niños se deben buscar las vías más adecuadas para transmitir la fe y el amor.
“Piensen en lo que sería una sociedad que decidiese, una vez por todas, establecer este principio: «Es verdad que no somos perfectos y que cometemos muchos errores. Pero cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres». ¡Qué bella sería una sociedad así! Digo que a esta sociedad mucho se le perdonaría de sus innumerables errores. Mucho, de verdad.” (Papa Francisco, 8 de abril de 2015)
3. Edificación espiritual (Actuar)
¿Cómo podemos ver a los niños en nuestra comunidad como un reflejo del amor incondicional de Dios? ¿Qué nos enseñan sobre la simplicidad y la pureza?
¿De qué maneras nuestra comunidad está fallando en proteger y nutrir a los niños? ¿Qué aspectos de nuestra vida diaria podríamos cambiar para remediar esto?
¿Qué ejemplos de esperanza podemos compartir desde nuestra comunidad donde se ha mejorado la vida de los niños? ¿Qué nos inspira de estos ejemplos?
¿Cómo transmitimos la fe y el amor de Dios a los niños de manera que sea significativa y duradera? ¿Qué prácticas o actividades podríamos implementar?
¿Cómo podemos incluir a los niños en las actividades de la comunidad para que se sientan parte de ella, fomentando así su sentido de pertenencia y autoestima?
IMG: Pintura de Anthony van Dyck