Ritmo de vida

Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base

Tema: “El ritmo de vida familiar”

Fecha: 01 de mayo de 2025

Frase: “El espíritu de oración restituye el tiempo a Dios, sale de la obsesión de una vida a la que siempre le falta el tiempo, vuelve a encontrar la paz de las cosas necesarias y descubre la alegría de los dones inesperados. Buenas guías para ello son las dos hermanas Marta y María, de las que habla el Evangelio que hemos escuchado. Ellas aprendieron de Dios la armonía de los ritmos familiares: la belleza de la fiesta, la serenidad del trabajo, el espíritu de oración (cf. Lc 10, 38-42). La visita de Jesús, a quien querían mucho, era su fiesta. Pero un día Marta aprendió que el trabajo de la hospitalidad, incluso siendo importante, no lo es todo, sino que escuchar al Señor, como hacía María, era la cuestión verdaderamente esencial, la «parte mejor» del tiempo. La oración brota de la escucha de Jesús, de la lectura del Evangelio.” (Francisco 26 de agosto de 2015)

1.   Celebración de la Palabra (Ver)

“Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»” Lc 10, 38-42

¿Cómo se viven en las familias de nuestro vecindario las fiestas, el trabajo diario y la oración?

2.   Catequesis (Juzgar)

En la serie de catequesis sobre la familia hoy hablaremos de tres puntos que el Papa Francisco ha llamado el “ritmo de la vida familiar” que sintetiza en: fiesta, trabajo y oración. Para una familia no se trata de actividades aisladas sino de dimensiones de su cotidianidad, es justamente ahí donde han de santificarse y llevar a cabo la vivencia del mandamiento del amor.

La fiesta: un tiempo para contemplar y agradecer

La celebración de la fiesta tiene un lugar especial en la vida familiar, pues se presenta como un regalo divino que nos invita a detenernos y maravillarnos ante la bondad de lo creado. No se trata únicamente de un descanso físico o de un escape de las responsabilidades diarias, sino de un momento para reconocer con gratitud el fruto de nuestras acciones y nuestra colaboración en el proyecto creador de Dios. Este tiempo nos ayuda a recordar que, al igual que el Creador, no estamos atados al trabajo como si fuéramos sus prisioneros, sino que lo dominamos con libertad y gozo. De hecho el fundamento bíblico del descanso festivo lo encontramos en nuestra identidad, somos imagen y semejanza de Dios, y nos enseña el Génesis que concluida la obra de la creación Él mismo descansó.

“Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó” (Gn 2, 2-3)

De ahí que en el corazón de esta experiencia está la celebración dominical, especialmente a través de la Eucaristía, que renueva la vida familiar al unirla a la presencia transformadora de Cristo. En un mundo dominado por la prisa y el afán de producir o consumir, este sentido profundo de la fiesta puede perderse, reduciéndose a un simple entretenimiento o a un derroche superficial. Las familias cristianas tienen, por tanto, la tarea de rescatar su verdadero significado, convirtiendo estos momentos en oportunidades para fortalecer los lazos entre sus miembros y con Dios, celebrando con sencillez y un corazón agradecido.

Tiene incluso un sentido contemplativo porque vemos con gratitud las bondades de Dios en nuestra historia familiar, recordamos nuestra libertad como hijos amados del Padre que no han sido hechos para vivir esclavos del consumo o la producción, y aún en medio de las situaciones difíciles que se viven en la familia cuando los padres ayudan a mantener con su creatividad el ambiente festivo recuerdan que no estamos atados a las tristezas de este mundo. ¿No será esta la fuente de brota la alegría de la fiesta e incluso podríamos decir de la misma santificación del Domingo?

“…el tiempo de la fiesta es sagrado porque Dios lo habita de una forma especial. La Eucaristía del domingo lleva a la fiesta toda la gracia de Jesucristo: su presencia, su amor, su sacrificio, su hacerse comunidad, su estar con nosotros… Y así cada realidad recibe su sentido pleno: el trabajo, la familia, las alegrías y las fatigas de cada día, también el sufrimiento y la muerte; todo es transfigurado por la gracia de Cristo” (Francisco, 12 de agosto de 2015)

El trabajo: una expresión de dignidad y servicio

El trabajo ocupa un lugar igualmente fundamental en la vida familiar, no solo como medio para sostenerla materialmente, sino como una manifestación de la dignidad inherente a cada persona. A través de él, los seres humanos participan activamente en la obra de la creación, reflejando la imagen de un Dios que no solo crea, sino que cuida y perfecciona lo creado. Por medio del trabajo entonces se realiza el mandato de divino de “dominar la tierra” y si bien es cierto fruto del pecado original vino “la fatiga” esto no desdice de su valor en cuanto lugar de santificación. San Juan Pablo II nos lo explica:

“La intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que Él «creó… a su semejanza, a su imagen»,15 no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el hombre, después de haber roto la alianza original con Dios, oyó las palabras: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan»,16 Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada, que desde entonces acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste es el camino por el que el hombre realiza el «dominio», que le es propio sobre el mundo visible «sometiendo» la tierra. Esta fatiga es un hecho universalmente conocido, porque es universalmente experimentado…Lo saben todos los hombres del trabajo y, puesto que es verdad que el trabajo es una vocación universal, lo saben todos los hombres.

No obstante, con toda esta fatiga —y quizás, en un cierto sentido, debido a ella— el trabajo es un bien del hombre. Si este bien comporta el signo de un «bonum arduum», según la terminología de Santo Tomás; esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y es no sólo un bien «útil» o «para disfrutar», sino un bien «digno», es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe tener presente ante todo esta verdad. El trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre».” (Laborem Exercens n.9)

Más allá de su dimensión económica, el trabajo es un acto de servicio que ennoblece a quien lo realiza y contribuye al bienestar de la comunidad. El Papa Francisco también sale al paso sobre un argumento contemporáneo que tiende a ver en el trabajo del hombre y la transformación del medio en el que vivo siempre un mal para la creación, retomando sus palabras en favor del ecologismo integral nos dice que no hay contradicción siempre y cuando el trabajo no se separe de sus cualidades espirituales:

“…la belleza de la tierra y la dignidad del trabajo fueron hechas para estar unidas. Ambas van juntas: la tierra llega a ser hermosa cuando el hombre la trabaja. Cuando el trabajo se separa de la alianza de Dios con el hombre y la mujer, cuando se separa de sus cualidades espirituales, cuando es rehén de la lógica del beneficio y desprecia los afectos de la vida, el abatimiento del alma contamina todo: también el aire, el agua, la hierba, el alimento…” (Francisco, 19 de agosto de 2015)

En el seno de la familia, los padres desempeñan un papel crucial al transmitir este valor a sus hijos mediante el ejemplo, mostrando que el esfuerzo diario es una forma de amor y responsabilidad hacia los demás.

No obstante, en una sociedad que a menudo prioriza la productividad sobre las relaciones humanas, el trabajo puede volverse una carga que separa en lugar de unir. Cuando las exigencias laborales eclipsan las necesidades de la familia, se rompe el equilibrio que debería existir entre ambas esferas. El trabajo debe estar al servicio del hombre y no al revés. Las familias, por tanto, están llamadas a vivir el trabajo de manera que refuerce su unidad y refleje los valores esenciales de la fe, defendiendo siempre la armonía entre las responsabilidades externas y la vida del hogar.

La oración: el alma que une y eleva

La oración, por su parte, se revela como el fundamento espiritual que da vida y cohesión a la familia. Es el espacio donde se alimenta un amor profundo y cercano por Dios, un amor que trasciende las palabras y se convierte en el cimiento de las relaciones familiares. Este hábito nace de escuchar la Palabra divina y de meditar en los relatos del Evangelio, transformándose en un encuentro diario que ilumina los retos y las alegrías de la vida cotidiana. En un contexto marcado por el ruido y las distracciones, la oración ofrece un refugio de serenidad, recordándonos que Dios es el centro de todo lo que somos y hacemos.

Las familias que incorporan la oración como parte esencial de su rutina no solo se acercan más a lo trascendente, sino que también tejen lazos más fuertes entre sus miembros. La tradición cristiana, desde los Padres de la Iglesia hasta el Catecismo, nos enseña que la oración es indispensable para sostener la vida de fe, siendo tanto un acto personal como comunitario. Al rezar juntos, los esposos, padres e hijos descubren una fuente de fortaleza que los ayuda a enfrentar las dificultades y a celebrar las bendiciones con un corazón unido. Así, la oración se convierte en el hilo que conecta el esfuerzo del trabajo y la alegría de la fiesta, dándoles un propósito más elevado.

“En efecto, a la auténtica paternidad y maternidad corresponde la comunicación y el testimonio del sentido de la vida en Cristo; mediante la fidelidad y la unidad de la vida de familia, los esposos son los primeros anunciadores de la Palabra de Dios ante sus propios hijos. La comunidad eclesial ha de sostenerles y ayudarles a fomentar la oración en familia, la escucha de la Palabra y el conocimiento de la Biblia. Por eso, el Sínodo desea que cada casa tenga su Biblia y la custodie de modo decoroso, de manera que se la pueda leer y utilizar para la oración. Los sacerdotes, diáconos o laicos bien preparados pueden proporcionar la ayuda necesaria para ello. El Sínodo ha encomendado también la formación de pequeñas comunidades de familias, en las que se cultive la oración y la meditación en común de pasajes adecuados de la Escritura. Los esposos han de recordar, además, que «la Palabra de Dios es una ayuda valiosa también en las dificultades de la vida conyugal y familiar».

En este contexto, deseo subrayar lo que el Sínodo ha recomendado sobre el cometido de las mujeres respecto a la Palabra de Dios. La contribución del «genio femenino», como decía el Papa Juan Pablo II, al conocimiento de la Escritura, como también a toda la vida de la Iglesia, es hoy más amplia que en el pasado, y abarca también el campo de los estudios bíblicos. El Sínodo se ha detenido especialmente en el papel indispensable de las mujeres en la familia, la educación, la catequesis y la transmisión de los valores. En efecto, «ellas saben suscitar la escucha de la Palabra, la relación personal con Dios y comunicar el sentido del perdón y del compartir evangélico», así como ser portadoras de amor, maestras de misericordia y constructoras de paz, comunicadoras de calor y humanidad, en un mundo que valora a las personas con demasiada frecuencia según los criterios fríos de explotación y ganancia.” (Benedicto XVI, Verbum Domini n.85)

Conclusión.

Estas tres dimensiones no existen de manera aislada, sino que se complementan y enriquecen mutuamente en la vida familiar. La fiesta nos permite valorar el trabajo realizado y recuperar la energía para seguir adelante con entusiasmo. El trabajo, cuando se vive con un sentido de propósito, prepara el corazón para la celebración y lo dispone a buscar a Dios en la oración. A su vez, la oración infunde significado tanto al esfuerzo como a la alegría, elevándolos hacia un horizonte de eternidad. Juntas, configuran un modo de vida que invita a cada miembro de la familia a crecer en amor, servicio y santidad.

En definitiva, la familia es el ámbito privilegiado donde la celebración, el trabajo y la oración se entrelazan para dar vida a una existencia plena y auténtica. Al abrazar estas dimensiones con fidelidad y compromiso, las familias no solo fortalecen su unión interna, sino que también se convierten en un signo luminoso de esperanza y fe en medio de la sociedad.

3.   Edificación espiritual (Actuar)

  • ¿Qué momentos de fiesta cuidamos como familia? ¿Cómo podemos transformar estos momentos en experiencias que nos acerquen a Dios y refuercen nuestra unión?
  • ¿En qué trabajamos? ¿De qué forma el trabajo que realizamos refleja nuestra dignidad y contribuye al bienestar de quienes nos rodean?
  • ¿Qué podemos hacer para que la oración se convierta en un hábito cotidiano que dé fuerza y sentido a nuestra vida familiar?
  • ¿Percibimos la integración de estas tres realidades en nuestra familia? ¿Qué podríamos hacer para mejorar?