El Espiritu renueva nuestra esperanza

Homilía en la Vigilia de Pentecostés 2025

Queridos hermanos, en esta santa noche nos reunimos con los apóstoles junto a María santísima y las piadosas mujeres en oración para clamar el don del Espíritu Santo (cf. Hechos 1, 14). Al estar aquí hoy, de un modo especial en el marco del año Jubilar, renovamos nuestra esperanza en Dios por la acción de su santo Espíritu en nosotros. Él es la respuesta ante tantas ocasiones de tristeza y desesperanza que se viven en el mundo de hoy.

*Cuando muchas veces andamos con los ánimos por los suelos, agobiados por la pesadez de las dificultades que encontramos en el camino —dificultades en el hogar, el fallecimiento de un ser querido, la enfermedad—,

*cuando hacemos experiencia de nuestra humana debilidad —porque nos dejamos llevar por la ira, la impaciencia, la indecisión o las bajas pasiones— y nos sentimos sumergidos en el pecado,

*cuando miramos tantas injusticias alrededor nuestro que nos hacen pensar que hacer el bien no vale la pena —se promueve gente en un trabajo por cuello, no valoran nuestros esfuerzos, nos humillan y degradan como si no fuéramos humanos—,

*cuando la seducción de una historia según los criterios del mundo puede ser quizás no solución pero al menos “alivio” en medio del desconsuelo general de una existencia que se ha acomodado al autosabotaje de sí mismo —como aquel que cae en la droga, el alcohol, el adulterio, el conseguir dinero a costa de cualquier precio—,

Escucha la voz del Señor que dice:

“Hijo de hombre: Estos huesos son toda la casa de Israel, que ha dicho: ‘Nuestros huesos están secos; pereció nuestra esperanza y estamos destrozados’. Por eso, habla en mi nombre y diles: ‘Esto dice el Señor: Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, lo haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel. Cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes dirán que yo soy el Señor. Entonces les infundiré mi espíritu, los estableceré en su tierra y sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí’” (Ez 37, 11-14).

Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, nos ha hecho renacer a la vida de la gracia, la vida eterna, la vida divina. Así como el agua que da a todas las criaturas una nueva fuerza, así el Espíritu Santo se derrama en la vida de todos y cada uno dándole sus propios carismas para enfrentar la realidad en la que se desenvuelve (cf. 1 Co 12, 4-11).

A unos les hace reconocer la voz del Padre que les llama a abandonar el pecado y entrar en la conversión como aquel hijo que dijo “volveré a la casa de mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 18). A otros les hace salir y ser proclamadores de la Buena Nueva en un mundo de tristeza, dando un mensaje de ánimo al corazón abatido como aquel que pasa por una grave enfermedad, a través de la promoción de la confianza en Dios como cuando le dices a alguien “pídele al Corazón de Jesús, él sabrá llevar a buen puerto todo, dile: Corazón de Jesús en ti confío”

A otro le concede la fortaleza para luchar por su matrimonio y no dejarse llevar por la ira tras una discusión, y le recuerda la palabra del Señor que dijo “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán paz para sus almas” (Mt 11, 29). A otro le concede la gracia de aprender a ser paciente en medio de la persecución de aquellos que le humillan por vivir una vida casta y honesta, encontrando valor en aquella palabra que nos dice “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mc 8, 36).

A uno que ve cómo tantos viven al margen de la fe una existencia llena de violencia y tristeza marcada sin sentido, le da el don de la compasión que le mueve al ardor misionero y se dice “cuántos habrán de seguir por esa vía sin conocer el amor de Cristo”. Escucha en su corazón aquella palabra que le dice “Ven y sígueme y te haré pescador de hombres” (Mt 4, 19), y  le anima a buscar modos nuevos de proclamar la Buena Nueva.

A cuantos este Espíritu les hace escuchar en su interior aquellas palabras del salmo que dice “Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Sal 27, 8-9), haciéndoles una clara invitación a recogerse en oración y dialogar con Él. A cuantos otros este mismo Espíritu que ora en nosotros les moverá a interceder no sólo por sus conocidos sino por todas las almas, cumpliéndose en ellos la palabra “Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo” (2 Mc 14, 15).

A otros que ya comenzaban a caminar tras sus pasos les hace anhelar una mayor santidad de vida, una mayor perfección, oyendo en su corazón aquella palabra que dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme” (Mt 19, 21), y les inspira nuevos modos de vivir según su voluntad.

Así pues, hermanos, este Santo Espíritu nos anima a ser auténticos peregrinos de esperanza, caminando juntos, como hermanos, hijos de un mismo Padre y coherederos del Reino con Cristo (cf. Romanos 8, 17). Nos invita a renovar nuestros compromisos bautismales y vivir según aquella dignidad nueva que se nos ha dado, a vivir en comunión los unos con los otros, a vivir dando testimonio del Resucitado, a vivir unidos a nuestro Dios, Uno y Trino, de quien nos viene la vida eterna. Amén.

IMG: Pentecostés de Juan Bautista Maino