📖 Isaías 46,4
“Yo los he llevado, y los seguiré llevando; yo los sostendré y los salvaré.”
Una de las imágenes más hermosas que Santa Teresita usa para describir su espiritualidad es la del ascensor. Ella escribió:
“Estamos en un siglo de inventos (finales del siglos XIX). Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente.
Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí.
Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré.
Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más.” (Manuscrito C, 3r).
Con esta imagen, expresa la total dependencia de Dios para alcanzar la santidad. En vez de subir por sus propios esfuerzos, se deja levantar por los brazos de Jesús. Reconoce su impotencia, no con tristeza, sino con gozo y esperanza.
Este abandono no es pasividad, sino un acto de fe profundo. Requiere humildad aceptar que no podemos avanzar por nosotros mismos, que todo en la vida espiritual es gracia. El ascensor de Teresita es la confianza total: sabe que Dios la llevará donde ella no puede llegar por sí sola. No se trata de dejar de luchar, sino de luchar desde la certeza de que es Dios quien sostiene y actúa. Esa actitud transforma el cansancio en descanso y las caídas en oportunidades para abandonarse más.
En nuestro camino espiritual muchas veces nos sentimos atascados, frustrados por no avanzar como quisiéramos. Hoy Teresita nos recuerda que Dios no pide que subamos solos, sino que nos dejemos elevar por su amor. Como un niño que extiende los brazos para que lo carguen, nuestra fuerza no está en subir escalones, sino en suplicar con sencillez: “Llévame Tú, Señor”. Esa súplica, hecha con amor, es ya oración perfecta.
Preguntas para orar:
¿Reconozco que necesito ayuda en mi vida espiritual?
¿Le permito a Dios “elevarme” con su gracia?
¿Qué significa para mí dejarme llevar hoy?