📖 Filipenses 1,29
“A ustedes se les ha concedido no sólo creer en Cristo, sino también sufrir por Él.”
Santa Teresita escribe a su tía con el corazón conmovido por el dolor: el padre de familia, Luis Martin, se halla gravemente enfermo, y toda la familia atraviesa una cruz prolongada.
«Esta mañana en la comunión, he pedido mucho a Jesús que la colme de sus alegría. ¡Ay, no es eso precisamente lo que Él no está enviando desde hace algún tiempo! Es la cruz, sólo la cruz, lo que Él nos ofrece para descansar…Si yo fuera la única que sufriese, querida tía, no me importaría; pero sé muy bien hasta que punto ustedes comparten nuestro dolor. Yo quisiera, en este día de su santo, quitarle todas las tristezas y cargar sobre mí todas sus penas. Así se lo pedía hace un momento a Aquel cuyo corazón late al unísono con el mío; y comprendí que lo mejor que Él podía darnos era el sufrimiento, que no lo da más que a sus amigos predilectos. Y esta respuesta me hacía ver que no estaba siendo escuchada, pues veía que Jesús amaba demasiado a mi querida tía para quitarle la cruz…» (Cta 67 – 18 de noviembre de 1888)
En su carta, Teresita no oculta la tristeza, pero la transforma en oración y ofrenda. En lugar de quejarse, expresa su deseo de cargar con el dolor de su tía: “Yo quisiera quitarle todas las tristezas y cargar sobre mí todas sus penas.” Esta compasión no es sentimentalismo, sino participación profunda en los misterios del Corazón de Jesús.
Durante la comunión, Teresita comprende en la oración algo que desborda el sentido común: “Comprendí que lo mejor que Él podía darnos era el sufrimiento, que no lo da más que a sus amigos predilectos.” Esta afirmación escandaliza al mundo, pero es una verdad evangélica: la cruz no es un castigo, sino un don. Cristo no busca que sus amigos sufran por sufrir, sino que vivan su amor hasta el extremo. A sus más íntimos, les comparte no sólo su alegría, sino también su cruz. Teresita reconoce en esa prueba no un abandono, sino una elección de amor.
Aceptar el sufrimiento como signo de predilección requiere una fe madura. Sólo quien se sabe amado por Dios puede ver en la cruz un descanso y no una condena. Teresita, aun en su juventud, poseía esta sabiduría de los santos: sabía que Jesús une más estrechamente a quienes permite compartir su pasión. Hoy, ante tu propia cruz o la de los que amas, recuerda: si Dios no la quita, es porque tiene algo más grande que darte a través de ella: una unión mística en el amor que se muestra en su pasión.
Preguntas para orar:
¿Qué cruz estoy llevando en este momento, o quién a mi alrededor la lleva?
¿Creo que el sufrimiento puede ser un signo de predilección y no solo de abandono?
¿Puedo transformar hoy una pena en una oración de amor y confianza?