📖 2 Corintios 12,9
“Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad.”
Santa Teresita, en una carta llena de ternura y sabiduría espiritual, explica a su prima María Guérin un principio esencial del caminito: la verdadera santidad no nace de la fuerza, sino de saberse pobre y confiar en el amor misericordioso de Jesús.
«Da gracias a Dios por todos los dones que te ha concedido y no seas tan ingrata que no los reconozcas. Me haces el efecto de una joven aldeana a quien un rey poderoso viniera a pedir en matrimonio y que no se atreviera a aceptar bajo el pretexto de que ella no es lo suficientemente rica ni educada en las costumbres de la corte, sin reparar en que su prometido real conoce su pobreza y su debilidad mucho mejor que ella misma… María, si tú no eres nada, no debes olvidar que Jesús lo es todo; y por tanto, tu pequeña nada tiene que perderse en su infinito todo y no pensar más que en ese todo, el único digno de ser amado… Tampoco tienes que desear ver el fruto de tus esfuerzos: Jesús quiere guardar para sí solo esas pequeñas nadas que lo consuelan… Te equivocas, amiga mía, si crees que tu Teresita recorre siempre ilusionada el camino de la virtud. Ella es débil, muy débil, y experimenta a diario esa triste realidad. Pero, María, Jesús se complace en enseñarle, como a san Pablo, la ciencia de gloriarse en sus debilidades. Es ésta una gracia muy grande, y pido a Jesús que te la enseñe, porque sólo ahí se encuentra la paz y el descanso del corazón. Cuando una se ve tan miserable, no quiere ya preocuparse de sí misma y sólo mira a su único Amado… Mi querida Mariíta, yo no conozco otro camino que «el amor» para llegar a la perfección… ¡Amar! ¡Qué bien hecho está para eso nuestro corazón…! » (Cta110,30-31 de agosto de 1890)
Ella se compara a una aldeana pobre cortejada por un rey: la debilidad no es obstáculo, sino condición para ser elegida. Así como san Pablo se gloría en sus flaquezas, Teresita se siente feliz de ser pequeña porque sabe que “Jesús lo es todo”. Él no escoge a los fuertes, sino a los que se abandonan a su gracia.
Esta enseñanza es profundamente liberadora: ya no hay que justificarse, ni probar el propio valor, ni mostrar resultados visibles. Teresita se sabía frágil, y cada día tropezaba con su miseria; pero lejos de desanimarse, aprendió a descansar en su impotencia, porque allí brillaba el amor de Dios. Ella le pide a María que no se lamente por su nada, sino que se sumerja en el Todo divino, donde ya no importa la imperfección, sino la confianza. Y concluye con una certeza: “Yo no conozco otro camino que el amor para llegar a la perfección.”
¿Y no es esto lo que tantas almas necesitan hoy? Descubrir que Dios nos ama gratuitamente. Basta entregarle nuestra pequeñez, sin máscaras, sin temor. Si Jesús nos ve débiles, sonríe más; si le mostramos nuestras ruinas, Él las convierte en hogar. Por eso, Teresita no quería preocuparse más por sí misma: quería mirar sólo a su Amado. Así vivía la verdadera libertad de los hijos de Dios: sin ansiedad, sin comparaciones, sólo amor confiado.
Preguntas para orar:
¿Reconozco mi debilidad como un lugar donde Dios puede manifestar su poder?
¿Confío en que Jesús me ama tal como soy, incluso en mis fracasos?
¿Estoy dispuesto a dejar de mirarme tanto y a contemplar más a mi Amado?