📖 Mateo 6,34
“No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su afán.”
Santa Teresita comprendió que para amar verdaderamente a Dios no se necesita una vida larga ni una fuerza extraordinaria: basta con vivir el momento presente con todo el amor del que seamos capaces. En su poesía, ella expresa esta clave con una frase que se convirtió en su lema: “¡Nada más que por hoy!”. Su vida, breve como un “instante”, le basta para amar, y no desea más. Le importa poco el mañana o el ayer: el único lugar donde se juega la santidad es el “hoy”, el ahora ofrecido al Señor.
En versos de gran ternura y abandono, Teresita suplica a Jesús que la acompañe cada día con su gracia: “Sé por un solo día mi dulce protección”. Sabe que no puede cargar con todo el peso del futuro ni las incertidumbres del mañana, por eso se contenta con lo que el Señor le quiera dar ahora. Como niña que se esconde en el regazo de su Padre, quiere vivir escondida bajo la mirada amorosa de Dios, protegida por su sombra, confiada como un lirio en su campo. Su debilidad no la asusta porque su fuerza está en Jesús.
Cuando piensa en el mañana, Teresita siente tristeza y miedo. Sabe que su inconstancia podría hacerla tambalear. Pero entonces recuerda que la fidelidad no está en preverlo todo, sino en acoger cada circunstancia como oportunidad de amar. Por eso escribe: “Acepto la prueba, acepto el sufrimiento… nada más que por hoy”. Este es el corazón de su caminito: no una heroica lucha por conquistar el mundo interior, sino una humilde aceptación de lo que Dios disponga, sin quejas ni exigencias, con una sola respuesta: amor.
En su poema, también aparecen la Eucaristía, María, el ángel custodio, el apostolado y el deseo del cielo. Todo lo vive desde una mirada simple y confiada: no espera grandes visiones, ni méritos acumulados, ni promesas de éxito. Solo quiere “pan para hoy, amor para hoy, fidelidad para hoy.” En esa atención amorosa al instante, Teresita descubre la llave de la paz: no ser dueña de su vida, sino pequeña hija abandonada en los brazos del Padre. Para ella, lo eterno empieza en el hoy.
¿Y no es esto lo que necesitamos también nosotros? En lugar de desgastarnos con planes y angustias, vivir como Teresita: sonriendo, ofreciendo, confiando, sufriendo, amando “¡nada más que por hoy!”. Quizás el mundo no se transforme con eso, pero sí el corazón. Y si el corazón se transforma en fuego, en cuna, en altar… entonces Dios estará allí.
Preguntas para orar:
¿Vivo atrapado por el pasado o ansioso por el futuro, olvidando que sólo tengo el hoy?
¿Puedo ofrecer con amor las pequeñas cosas de esta jornada como lo haría un niño para su padre?
¿Qué me impide vivir el presente con confianza y abandono