📖 Lucas 6,37
“No juzguéis, y no seréis juzgados.”
Santa Teresita aprendió por experiencia que el amor auténtico nace de la unión con Jesús. No se trata de un sentimiento espontáneo o de una simpatía natural, sino de una gracia que se acoge cuando el alma se abandona por completo a Él. Reconocía que, cuando el demonio intentaba mostrarle los defectos de una hermana difícil, ella prefería buscar sus virtudes y su recta intención. Así, la caridad no era un esfuerzo de tolerancia, sino un acto de confianza en el bien que Dios obra en cada alma.
“Sí, lo se: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas. Cuando quiero hacer que crezca en mí ese amor, y sobre todo cuando el demonio intenta poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me cae menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes y sus buenos deseos, pienso que si la he visto caer una vez, puede haber conseguido un gran [13rº] número de victorias que oculta por humildad, y que incluso lo que a mí me parece una falta puede muy bien ser, debido a la recta intención, un acto de virtud. Y no me cuesta convencerme de ello, pues yo misma viví un día una experiencia que me demostró que no debemos juzgar a los demás..
Fue durante la recreación. La portera tocó dos campanadas, había que abrir la puerta de clausura a unos obreros para que metieran unos árboles destinados al belén. La recreación no estaba animada, pues faltaba usted, Madre querida. Así que pensé que me gustaría mucho que me mandasen como tercera; y justo la madre subpriora me dijo que fuese yo a prestar ese servicio, o bien la hermana que estaba a mi lado. Inmediatamente comencé a desatarme el delantal, pero muy despacio para que mi compañera pudiese quitarse el suyo antes que yo, pues pensaba darle un gusto dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la procuradora nos miraba riendo, y, al ver que yo me había levantado la última, me dijo: Ya sabía yo que no eras tú quien iba a ganarse una perla para tu corona, ibas demasiado despacio…
Toda la comunidad, a no dudarlo, pensó que yo había actuado siguiendo mi impulso natural. Pero es increíble el bien que una cosa tan insignificante hizo a mi alma y lo comprensiva que me volvió ante las debilidades de las demás.
Eso mismo me impide también tener vanidad cuando me juzgan favorablemente, pues razono así: Si mis pequeños actos de virtud los toman por imperfecciones, lo mismo pueden [13vº] engañarse tomando por virtud lo que sólo es imperfección. Entonces digo con san Pablo: Para mí, lo de menos es que me pida cuentas un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. Mi juez es el Señor. Por eso, para que el juicio del Señor me sea favorable, o, mejor, simplemente para no ser juzgada, quiero tener siempre pensamientos caritativos, pues Jesús nos dijo: No juzguéis, y no os juzgarán.” (MsC 13r)
Una sencilla anécdota durante la recreación marcó su comprensión profunda sobre lo fácil que es malinterpretar a los demás. Teresita quiso ceder un pequeño servicio como gesto de amor silencioso, pero los demás pensaron que actuaba por pereza. Ese malentendido no la hirió, al contrario: le enseñó a no juzgar jamás según las apariencias. Comprendió que muchas veces los gestos más humildes pueden pasar desapercibidos o ser malinterpretados. También aprendió que, si los demás se equivocan al juzgarla, lo mismo podría ocurrir con sus propios juicios sobre ellos.
Este episodio la llevó a una convicción firme: “Mi juez es el Señor” (cf. 1 Cor 4,3). Por eso decidió no vivir pendiente de lo que otros pensaran de sus acciones, y tampoco formarse juicios internos sobre sus hermanas. Cada vez que era tentada a criticar o murmurar, prefería ofrecer un pensamiento de caridad, convencida de que la misericordia atrae la misericordia divina. En su caminito, amar no significa aprobar todo, sino mirar con ternura incluso lo que parece pequeño, torpe o imperfecto. Sólo Dios ve el corazón.
Preguntas para orar:
¿Juzgo a los demás por lo que veo externamente o intento mirar con el corazón de Jesús?
¿Cuántas veces mis gestos de amor pasan inadvertidos o son malinterpretados? ¿Cómo reacciono?
¿Qué significa para mí que el único juez verdadero es el Señor?