Charla para los muchachos de la Juventud Misionera reunidos de la Arquidiócesis de San Salvador
Introducción
Muy buenos días a todos. Es una gracia reunirnos hoy para reflexionar, sobre este tema, voy a dividir esta intervención en tres momentos: en primer lugar hablaremos sobre la Misión y el anuncio de una vida nueva, luego hablaremos sobre el concepto de ecología integral deteniéndome de un modo particular en la teología de la creación y por último cuatro propuestas que podemos tener en cuenta a la hora de llevar esto a la práctica. Me apoyaré en la Laudato Si, en un una catequesis de Mons. Ignacio Munilla para la JMJ de Lisboa sobre la “Ecología Integral” y en la conferencia “Teología de la Laudato si” de la hermana Damien Marie Savino f.s.e. ante la Sociedad de Científicos Católicos.
- La misión evangelizadora
La misión evangelizadora no es una estrategia humana ni un activismo religioso. Es el desborde del amor recibido, que no puede guardarse. El misionero es, ante todo, un testigo que ha sido alcanzado por Cristo, y que, al saberse amado profundamente, no puede callar la buena noticia.
Evangelizar es despertar en otros el deseo de Dios, no por imposición, sino por atracción. Hoy más que nunca, la humanidad necesita no doctrinas frías, sino testigos ardientes de un Dios que ama, que salva, que da sentido. Ser misionero hoy es encarnar la compasión de Cristo, es ser un eco de la bondad divina, es vivir aquel “Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso”.
Cuando pensamos en el anuncio de la Buena Nueva tenemos presente ciertamente la predicación de la conversión del corazón rompiendo con el pecado, el combate espiritual contra el mundo, el demonio y la carne; y más aún la renovación nuestra mente según las categorías de la vida nueva en el Espíritu Santo al estilo de Jesús como hijos que aman a su Padre y que son amados por Él. Abrazamos la vida de la gracia, del Dios Uno y Trino que mora en nosotros por el santo Bautismo.
El anuncio de la Buena Nueva transforma no sólo nuestra individualidad, sino también todas nuestro modo relacionarnos, con Dios, con el prójimo, con nosotros mismos y con la creación entera. Es ahí donde tenemos recordar que la vida nueva del bautizado no entiende la renovación espiritual como algo etéreo o vago, sino que obedece a su misma realidad encarnada, no se trata de reducir las cosas a un mero asumir un nuevo código ético de conducta o aprender nuevas doctrinas como si solo fuera cuestión de conocimiento teórico.
Nuestra redención implica un nuevo modo de relacionarnos con Dios en la oración, en la vida de la gracia que se nos comunica a través de los sacramentos y en el consecuente ejercicio de las virtudes, virtudes que resplandecen de un modo especial en las nuevas relaciones de comunión que se establecen con los hermanos y en el modo de relacionarse consigo mismo, pienso por ejemplo en la capacidad que tenemos de regular la gratificación inmediata a través de la templanza como quien se modera en la comida y la bebida, o la capacidad de desarrollar nuestra fuerza física por la virtud de la fortaleza como quien entrena un deporte, o la gratitud y humildad que hay en el simple hecho de aceptar nuestra cuerpo; se renueva la relación con la creación cuando ejercitamos la prudencia para hacer uso responsable de los bienes creados, la justicia cuando recuerdo que de ellos también se han de beneficiar la generaciones futuras o incluso la fe cuando descubro en las creaturas un don de Dios. Y esto nos lleva al siguiente punto.
II. Ecología integral, dignidad humana y teología de la creación
Uno de los peligros más sutiles del tiempo actual es reducir la ecología a una ideología que termina negando la dignidad del hombre. Se defienden focas y ballenas, mientras se aprueba el aborto; se denuncia el transgénico en la agricultura, pero se promueve el transgénero en la persona humana. Se trata de un ecologismo fragmentado, emotivo, ideológico y profundamente contradictorio.
El Papa Francisco, en Laudato Si’, nos propone una ecología integral, que no fragmenta, sino que une. Que parte de una verdad esencial: el mundo es creación, no azar. Es don, no propiedad. Y el hombre es imagen y semejanza de Dios, no una plaga ecológica ni una especie más.
“La ecología estudia las relaciones entre los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrollan. También exige sentarse a pensar y a discutir acerca de las condiciones de vida y de supervivencia de una sociedad, con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo. No está de más insistir en que todo está conectado” LS 138
Este numeral nos recuerda que hemos de considerar las diferentes dimensiones la ecología integral abarca no solo el factor medio ambiental, sino también el económico, social, cultural, lo cotidiano de la vida y la solidaridad entre generaciones. Por eso la consideración de la Iglesia sobre la ecología es un punto de doctrina social.
Frente a la visión secular de una mal entendida ecología que presenta al hombre como parásito de la tierra, la visión cristiana lo contempla como guardián, jardinero, colaborador de Dios. Esta diferencia antropológica es central: no hay ecología integral sin una antropología adecuada.
Lynn White (1967) por ejemplo, culpa al cristianismo por el mandato bíblico de “dominar la tierra”. Sin embargo, Benedicto XVI sale al paso y nos recuerda que : la verdadera raíz está en la modernidad y la desaparición del concepto de creación desde la Ilustración. Se potenció una visión instrumentalizada de la naturaleza como objeto de dominio y control, se sustituyó el termino “creación” por “naturaleza” olvidando la referencia al Creador, y dirá la Gaudium et Spes (36) sin el Creador la criatura desaparece. La tecnocracia redujo el mundo a objeto de explotación. Y actualmente por reacción surge la tendencia al biocentrismo que reduce al hombre a ser una creatura más entre las demás desligándolo de su particular dignidad.
Así entramos en una era que algunos científicos denominan la sexta extinción[1], provocada no por un meteorito como en la era de los dinosaurios, sino por el ser humano. Nunca antes una sola especie fue responsable de tal destrucción. Pero más grave aún: la causa no es solo física, sino metafísica. Hemos perdido la conciencia de que todo lo creado está impregnado de sentido y de presencia de Dios.
La mirada de fe del cristiano lleva a contemplar su relaciones con Dios, el prójimo, consigo mismo y con las demás creaturas marcado por la Teología de la Creación que vemos en los primeros capítulos del Génesis (por aquí viene también esta formación respecto al anuncio misionero).
Vemos que todo el universo creado es una expresión de la sobreabundancia del amor de Dios, que libremente ama y crea; que hay seres visibles e invisibles; que el hombre ha sido dotado de una dignidad particular al ser su imagen y semejanza que se evidencia particularmente en su alma en su capacidad de amar el bien y conocer la verdad; que no ha sido creado en soledad “hombre y mujer los creó”, lo que nos recuerda su llamado a la vida en comunión con los demás y la diferenciación sexual e igualdad de dignidad; y su rol respecto a lo creado como una misión de custodio.
“Recordemos que, según el relato bíblico de la creación, Dios colocó al ser humano en el jardín recién creado (cf. Gn 2,15) no sólo para preservar lo existente (cuidar), sino para trabajar sobre ello de manera que produzca frutos (labrar). Así, los obreros y artesanos «aseguran la creación eterna» (Si 38,34).
En realidad, la intervención humana que procura el prudente desarrollo de lo creado es la forma más adecuada de cuidarlo, porque implica situarse como instrumento de Dios para ayudar a brotar las potencialidades que él mismo colocó en las cosas: «Dios puso en la tierra medicinas y el hombre prudente no las desprecia» (Si 38,4).” (LS n. 124)
Frente a esto nos maravillamos y decimos con el salmo 8: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad.”
- ¿Qué podemos hacer?
La primera la FORMACIÓN es volver a las fuentes, recuperando la visión de la creación presente en grandes maestros como Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura. Para Santo Tomás, la biodiversidad refleja la bondad infinita de Dios y toda criatura existe porque Él la sostiene en el ser; para San Buenaventura, la creación es relación viva con el Creador y lleva su huella trinitaria, siendo un libro abierto donde Dios se nos revela. Reintroducir esta teología en la educación católica permitiría superar la visión reduccionista de la naturaleza como mero objeto de uso. Un modo sencillo es profundizar en lo que el Catecismo de la Iglesia nos enseña sobre la Teología de la Creación en los numerales que habla sobre ello la sección del Credo.
La segunda estrategia es RECUPERAR UNA ANTROPOLOGÍA ADECUADA, que supere tanto el antropocentrismo dominador como el biocentrismo que iguala al ser humano con cualquier otra especie. El hombre, creado a imagen de Dios, tiene una posición singular: no es dueño absoluto ni simple huésped, sino mediador y cuidador de la creación, como un jardinero que cultiva y protege. Unido a esto, se propone aprender y “imitar la gramática de la creación”, es decir, contemplar y leer el mensaje que cada criatura expresa, para orientar nuestras acciones en armonía con los ritmos y límites de la naturaleza. Esto exige escuchar, observar y actuar desde un respeto activo que colabore con los procesos naturales, no que los imponga.
Una tercera estrategia es RECUPERAR UNA VISIÓN SACRAMENTAL DEL COSMOS, entendiendo que lo material es mediación hacia lo espiritual y que en Cristo, Dios hecho carne, toda la creación queda elevada y dignificada. Esta visión contrarresta tanto el materialismo tecnocrático como el panteísmo, recordándonos que la materia importa no solo por su utilidad, sino por su capacidad de revelarnos a Dios. Vivir sacramentalmente implica cuidar las relaciones fundamentales convirtiendo cada gesto de respeto y cuidado en un acto de alabanza y comunión.
Una cuarta estrategia sería PRESENTAR LAS VIRTUDES COMO CAMINO DE ECOLOGÍA INTEGRAL. La crisis ecológica no se resuelve únicamente con cambios técnicos o políticos, sino con la formación de un corazón virtuoso que oriente el obrar humano hacia el bien común de toda la creación. Virtudes como la templanza nos ayudan a moderar el consumo y evitar el desperdicio; la prudencia nos lleva a discernir las consecuencias de nuestras acciones sobre el medio ambiente; la justicia nos impulsa a reconocer los derechos de las generaciones futuras y de los más pobres, que sufren con mayor fuerza los daños ecológicos; la fortaleza nos sostiene en las decisiones de cambio de hábitos aunque impliquen sacrificio; y la caridad integra todas las demás, recordando que el amor a Dios y al prójimo incluye el cuidado de la casa común.
Vivir estas virtudes en comunidad crea un estilo de vida sobrio, fraterno y respetuoso con el entorno, que encarna lo que Laudato Si’ llama ecología integral: un equilibrio entre lo interior y lo exterior, entre el cuidado de la persona y el cuidado del planeta. De este modo, la virtud no se reduce a un perfeccionamiento individualista, sino que se convierte en motor de relaciones justas, sanas y fecundas con los demás y con la naturaleza.
Este enfoque virtuoso tiene, además, un fuerte potencial evangelizador, pues muestra que la ecología no es una moda ideológica, sino parte de la vida cristiana y expresión concreta de la santidad. Así, la formación en las virtudes se vuelve un puente entre la espiritualidad y la acción, ayudando a que cada creyente viva su vocación de custodio de la creación como un camino de unión con Dios y de servicio al mundo.
Conclusión
Hermanos: Dios ha creado el mundo como una declaración de amor. Y ha puesto al hombre como colaborador, no como dueño, ni mucho menos como estorbo. Ustedes y yo hemos sido creados por amor, para amar y para custodiar. Esta tierra es nuestra casa, pero también es el lugar donde Dios se revela, nos forma y nos envía.
La verdadera ecología integral empieza en el corazón: cuando descubres que eres amado, empiezas a cuidar lo que también es amado por Dios.
[1] Las otras extinciones:
Ordovícico–Silúrico (≈444 Ma): glaciación abrupta y descenso del nivel del mar.
Devónico tardío (≈372–359 Ma): episodios prolongados de anoxia oceánica.
Pérmico–Triásico (≈252 Ma): “gran mortandad” ligada a megavulcanismo siberiano.
Triásico–Jurásico (≈201 Ma): vulcanismo (CAMP), aumento de CO₂ y calentamiento.
Cretácico–Paleógeno fue causada principalmente por el impacto del asteroide de Chicxulub, que provocó incendios, un “invierno de impacto” y colapso de ecosistemas, agravado por el vulcanismo de las Trampas del Decán