Mis apuntes del Curso «Formación de Predicadores» (Clase 1) de Academia Dominicana
Introducción
La predicación ocupa un lugar central en la vida de la Iglesia. No es un acto opcional ni un accesorio pastoral, sino el cumplimiento del mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15). Desde los primeros tiempos, la comunidad cristiana entendió la urgencia de anunciar a Cristo y transmitir su Evangelio, no solo con palabras, sino también con la vida.
El presente recorrido histórico nos ayuda a comprender cómo la predicación ha ido evolucionando en sus formas y acentos a lo largo de los siglos, y cómo el Espíritu Santo ha acompañado este ministerio para responder a los desafíos de cada época.
Rasgos fundamentales de la predicación cristiana
A la luz del Concilio Vaticano II (Lumen Gentium), se señalan seis actitudes esenciales para todo predicador:
- Fidelidad a la Palabra: no se anuncia un mensaje propio, sino el Evangelio de Cristo.
- Perseverancia: la semilla de la Palabra necesita tiempo para germinar en los corazones.
- Estudio y diálogo: la predicación requiere formación sólida y apertura al debate fraterno.
- Consulta: la búsqueda de la verdad se enriquece con el discernimiento comunitario y la guía de maestros de la fe.
- Oración: toda predicación debe nacer de la relación viva con Dios, bajo la acción del Espíritu Santo.
- Renovación sacramental: la predicación se alimenta de la gracia de los sacramentos y de la experiencia de salvación vivida en la Iglesia.
La predicación en la Iglesia primitiva
En los orígenes encontramos distintos modos de predicación:
- Querigmática: anuncio directo y sencillo del Evangelio, orientado a suscitar la conversión y el bautismo.
- Sinagogal: proclamación realizada en espacios judíos, como lo muestra San Pablo en los Hechos de los Apóstoles.
- Catequética: tras la paz de Constantino (Edicto de Milán, 313), la predicación se orientó también a formar y profundizar en la fe ya recibida.
Fuentes como la Didajé (Doctrina de los Doce Apóstoles) y los escritos de los Padres Apostólicos (Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Policarpo, etc.) muestran cómo la predicación transmitía las enseñanzas de los apóstoles a las nuevas generaciones.
Padres de la Iglesia y Edad Media
La riqueza patrística ofrece figuras como San Juan Crisóstomo, San Agustín, San Jerónimo o San Gregorio Magno, quienes con sus homilías y tratados dieron solidez a la enseñanza de la fe.
En la Edad Media, la predicación adquirió nuevas formas:
- Monacato: la vida monástica fue un foco de irradiación evangélica.
- Órdenes mendicantes: franciscanos y dominicos renovaron el anuncio con un estilo itinerante, cercano al pueblo y atento a los desafíos de la cultura.
- Devotio moderna: en el siglo XIV se acentuó la espiritualidad centrada en la imitación de Cristo y la contemplación de la pasión, con textos como La imitación de Cristo.
De Trento a la evangelización de América
El Concilio de Trento (1545-1563) impulsó una predicación más ordenada y catequética, particularmente necesaria en los territorios de misión como el Nuevo Mundo. Allí, el anuncio del Evangelio requirió inculturación, aprendizaje de lenguas y adaptación a cosmovisiones distintas.
Siglo XIX y la predicación apologética
Frente a nuevas corrientes filosóficas, sociales y políticas (revoluciones, socialismos, secularismo), la predicación adquirió un tono apologético, es decir, de defensa y justificación racional de la fe. La Iglesia buscó mostrar que la fe no es irracional ni mera tradición, sino que responde a las preguntas más hondas del ser humano y se manifiesta en la caridad.
Concilio Vaticano II y renovación contemporánea
El Concilio Vaticano II significó un hito al hablar explícitamente del ministerio de la Palabra. Documentos como Lumen Gentium, Sacrosanctum Concilium y Dei Verbum subrayaron que la predicación no pertenece solo a los obispos, sino que implica a sacerdotes, diáconos y, en ciertas formas, también a los laicos.
Se recupera así la dimensión comunitaria de la predicación, enraizada en la vida litúrgica y orientada a la evangelización del mundo contemporáneo.
Conclusión
La historia de la predicación muestra un camino de continua adaptación al Espíritu y a las circunstancias históricas. Desde el anuncio querigmático de los apóstoles hasta los desafíos culturales y tecnológicos actuales, el núcleo permanece: anunciar a Cristo, Palabra viva del Padre.
La fidelidad a la Escritura, la vida de oración y la coherencia de vida son el alma de toda predicación auténtica. Recordemos siempre que no predicamos ideas propias, sino a Cristo mismo, que se hace presente en su Palabra y en los sacramentos.
📑 Apéndice: Resumen del artículo complementario de Schillebeeckx
El dominico Edward Schillebeeckx ayuda a comprender la predicación como parte de la revelación misma . Sus ideas principales:
- La revelación tiene dos dimensiones: suceso (Cristo y la historia de salvación) y palabra (Escritura inspirada).
- La predicación es actualización e interpretación de la revelación, que la hace comprensible y viva para el oyente.
- El predicador es testigo: transmite desde su encuentro con Cristo y no desde un discurso propio.
- El anuncio tiene carácter profético y performativo: la Palabra no solo dice, sino que realiza lo que anuncia.
- El objetivo de toda predicación es el encuentro personal con Cristo y la continuidad de la historia de salvación en el hoy de cada persona.
- En la liturgia, la homilía no interrumpe la misa: forma parte integral del servicio de la Palabra y orienta siempre hacia la Eucaristía.
👉 En síntesis: predicar es ser voz de la Palabra de Dios, actualizando la revelación de Cristo para que siga transformando la vida de los creyentes hoy.
Nota: Editado con IA