Introducción
Abraham es llamado el padre de la fe. Dios lo sacó de su tierra, lo condujo por caminos desconocidos y le prometió una descendencia imposible según la lógica humana. En él descubrimos el origen de la historia de la salvación y el inicio de un pueblo que vive de la fe en Dios.
Así lo recordaba san Pablo: “Esperó contra toda esperanza, y así llegó a ser padre de muchos pueblos” (Rom 4,18).
¿Qué nos dice la Sagrada Escritura?
La historia de Abraham comienza con una voz que irrumpe en su vida. El Señor le dice: “Sal de tu tierra y de tu patria, y vete a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1). Creyendo en esa promesa, Abraham parte sin saber a dónde va o cuándo llegará. Asimismo, se le promete una decendencia numerosa y que llegará a ser una bendición sobre la tierra. Su fe es un acto de abandono radical: se fía más de la Palabra de Dios que de las seguridades humanas.
Pasa el tiempo y él ya anciano y con su esposa Sara estéril, Dios renueva su palabra sobre una descendencia incontable como las estrellas del cielo (Gn 15,5). Abraham cree contra toda evidencia. Esa fe le es contada como justicia (Gn 15,6), y con ello se convierte en modelo para todos los que creen. La promesa de Dios no se cumple de inmediato, pero Abraham aprende a esperar con paciencia, apoyado únicamente en la fidelidad divina. Su hijo nacerá 25 años después de aquella primera palabra.
Sin embargo, podríamos decir que el culmen de su fe se da en el monte Moriah, cuando Dios le pide ofrecer a su hijo Isaac en sacrificio. Abraham se dispone a obedecer, mostrando que su confianza en Dios es absoluta (Gn 22,9-12). Dios detiene su mano y confirma la bendición: “Por haber hecho esto, todas las naciones de la tierra se bendecirán en tu descendencia” (Gn 22,18). Su vida se convierte así en signo de esperanza universal, puesto que en la obediencia de la fe, sabe aferrarse al Dios que le ha bendecido más que aquello que le dio, mostrando que lo más preciado para él es su relación con el Señor.
¿Qué lecciones podemos sacar?
Sin duda son muchas de entre todo lo que se nos cuenta sobre él, pero centremonos en tres perspectivas:
a) Cristológicas
La obediencia de Abraham es figura de la de Cristo. La llamada de Abraham inaugura la historia de la fe, pero su plenitud está en Jesús, el Hijo obediente que hace la voluntad del Padre. Así como Abraham confió en Dios, Jesús hace la voluntad del Padre hasta entregar su vida en la cruz. Asimismo, Isaac, el hijo amado de Abraham, es figura de Cristo: aquel que carga la leña como Cristo cargo con el madero de la cruz, y que iba a ser ofrecido en sacrificio. En Moriah el Señor suscito un animal para ser ofrecido en sacrificio y sustituir a Isaac, sin embargo, en el Calvario no hubo sustitución: Dios Padre no detuvo la entrega de su Hijo. Lo que en Abraham fue solo una prueba, en Cristo se cumplió plenamente como sacrificio de amor.
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16).
b) Moral-espiritual
La vida de Abraham nos invita a confiar en Dios más allá de lo que vemos. Muchas veces caminamos entre incertidumbres, problemas familiares o dificultades en la fe. En esos momentos, recordar a Abraham nos ayuda a creer que Dios es fiel. El Señor nos pide pasos de fe y confianza: dejar seguridades, renunciar a lo que ata, fiarnos de sus promesas. Quien se apoya en su Palabra nunca queda defraudado. Esa confianza manifiesta el auténtico temor de Dios que es principio de la sabiduría. Por eso el ángel le dijo a Abraham “He comprobado que temes a Dios” (Gn 22, 2).
“A propósito de esta frase se nos suele objetar que Dios dice saber sólo ahora que Abraham teme a Dios, como si antes lo ignorase. Dios lo sabía, y no le era desconocido, porque “Él conoce todas las cosas antes de que sucedan” (Dn 13, 42); sin embargo estas cosas fueran escritas por cusa tuya, puesto que también tú has creído a Dios; pero si no haces “las obras de la fe” (2 Ts 1, 11), si no eres obediente en todos los mandamientos, incluso en los más difíciles, si no ofreces el sacrificio y no demuestras que prefieres a Dios sobre el padre, la madre o los hijos (cf. Mt 10, 37), no se reconocerá que temes a Dios y no se dirá de ti “Ahora sé que temes a Dios” (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 8,8)
c) Doctrina social
Abraham recibió la promesa de ser bendición para todos los pueblos (Gn 12,3). Su fe nos recuerda que el creyente no vive para sí mismo: su vida es misión. La Iglesia, heredera de esa promesa, está llamada a ser signo de unidad en un mundo dividido, y a mostrar en lo concreto —en el servicio, la hospitalidad, la justicia— que Dios quiere salvar a toda la humanidad. Así como Abraham acogió a los tres caminantes en la llamada teofanía de Mambré (Gn 18,1-8), también nosotros estamos llamados a la apertura y la solidaridad.
“Recuerden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Heb 13,2).
Cita clave
“Esperó contra toda esperanza” (Rom 4,18).
Oración
Señor Jesús, Tú eres la plenitud de todas las promesas del Padre. Enséñanos a creer y confiar como Abraham, a dejar nuestras seguridades para seguirte, y a ser bendición para nuestros hermanos. Amén.
IMG: El sacrificio de Isaac