Apuntes del Curso «Formación de Predicadores» en Academia Dominicana, Capítulo 2 (*Hecho con apoyo de IA)
1) Punto de partida: predicar no es solo hablar
Predicar no consiste en “decir cosas sobre Dios”, sino en poner palabras al servicio de un encuentro con Jesucristo. Una persona puede dominar la exégesis o la teología moral y, sin embargo, no llegar al corazón del oyente si no gobierna el lenguaje. Por eso, el lenguaje de la predicación no puede confundirse con un “lenguaje popular simplón”, ni con un tecnicismo hermético: ha de ser digno, claro, cercano y verdadero.
Karl Rahner advertía que, aunque muchos no “hablen teología”, sí pueden escuchar teológicamente y tienen un fino instinto para reconocer si el predicador habla con verdad o se refugia en un argot anticuado o de moda. Esta observación nos sitúa ante dos protagonistas inseparables: el predicador (su vida, su estudio, su oración) y el oyente (su contexto, sus códigos, su situación interior). En este capítulo miramos, ante todo, el lenguaje del predicador.
Criterio rector: lenguaje actual, con conceptos de la vida cotidiana, sin traicionar el contenido de la fe. La claridad no empobrece la verdad; la sirve.
2) Tres niveles del lenguaje: sintaxis, semántica y pragmática
A. Nivel sintáctico: decir bien lo que se quiere decir
La sintaxis ordena las palabras para que el mensaje sea preciso, claro y correcto. San Pablo lo señala con vigor (cf. 1 Co 14): es mejor decir pocas palabras inteligibles que “diez mil” incomprensibles. Reglas prácticas:
- Evita rebuscamientos innecesarios. Si una palabra técnica aporta valor, explícala con brevedad.
- Ejemplos:
- Epulón: “hombre rico que se deleita en banquetes y ostentación” (Lc 16).
- Arrebol: coloración rojiza/anaranjada de nubes al amanecer o atardecer.
- Bonomía: cualidad del que es bueno y afable.
- Ejemplos:
- Habla de lo que sabes. La autoridad en el púlpito nace del estudio y la oración, no de titulares, hilos virales o frases sueltas de redes.
- Pausas y ritmo. Las pausas permiten respirar, articular, ordenar y dejar reposar la idea.
- Frases breves y bien puntuadas. Alterna oraciones cortas para claridad con alguna más larga para matiz; el exceso de subordinadas ahoga al oyente.
- Evita ambigüedades salvo que sean un recurso literario consciente y explicado.
- No generalices ni absolutices (“todos”, “nadie”, “siempre”, “nunca”): suelen ser inexactos y levantan resistencias.
Ejercicio práctico: Escribe un párrafo breve sobre un tema (Cristo, Eucaristía, ángeles, María), entrégalo a alguien y pídele que lo reformule con sus palabras. Si su versión coincide con lo que querías decir, vas bien encaminado.
B. Nivel semántico: hablar el idioma del oyente
La semántica se ocupa del significado. Una misma palabra cambia según el campo en que se usa (“recurso” en derecho no es “recurso” como dinero). Normas:
- Primero el hombre, luego el argot. “No se hizo el hombre para el lenguaje eclesiástico, sino el lenguaje para el hombre.” El fin es ser comprendidos.
- Exactitud doctrinal sin jerga. Cambiar términos no es cambiar la fe; pero hay zonas (p. ej., presencia real en la Eucaristía) que exigen terminología precisa y explicación paciente.
- Decencia y sencillez. Acércate a los jóvenes sin copiar muletillas ni vulgarismos. La dignidad del mensaje reclama dignidad en el decir.
- Explica como a un niño, sin infantilizar. Traduce los conceptos a imágenes, ejemplos y analogías conservando su núcleo teológico.
- Segmenta temas extensos. Si el tiempo es corto, recorta el alcance; si el concepto es denso, dosifica en varias catequesis u homilías.
C. Nivel pragmático: sentido según la situación
La pragmática analiza cómo el contexto, la relación y la intención afectan el sentido. “Me quedé sin habla” puede significar afonía o asombro, según el caso. Aplicaciones:
- Conoce tu auditorio. No es lo mismo predicar a niños, jóvenes, familias, profesionales, enfermos o consagrados. Adapta registro, ejemplos y duración.
- Evita presuponer. “Como todos saben, Jesús es el Hijo de Dios” puede excluir a quien no lo sabe o no lo ha comprendido. Sustituye por: “Hoy contemplemos por qué confesamos que Jesús es el Hijo de Dios…”.
- Postura firme y dialogante. Aporta razones, muestra fuentes, abre preguntas que susciten deseo de aprender, no dudas corrosivas.
- Cuidado con la ironía y el sarcasmo: suelen humillar; raramente convierten.
3) Comunicación: cuando el mensaje se pierde por el camino
A veces no fallan ni la sintaxis, ni la semántica, ni la pragmática: falla la comunicación por cuestiones técnicas o vocales.
Fonética y dicción
- Articula consonantes y pronuncia vocales abiertas.
- Velocidad: moderada. Más rápido en relatos vivos; más lento en definiciones o llamadas a la conversión.
- Volumen y proyección: dirige la voz a quien está más lejos sin gritar.
- Entonación: evita el “tono monje-dron” (plano). Marca acentos semánticos y varía la melodía.
Micrófono y sala
- Prueba de sonido previa. Ajusta ganancia para evitar saturación o soplidos.
- Distancia aproximada de tres a cuatro dedos del micrófono de mano; fija el atril según tu altura.
- Monitores y eco: si hay rebote, ralentiza y deja pausas para que termine el eco antes de seguir.
- Respaldos visuales: si proyectas una imagen o cita breve, que sume, no que reemplace tu palabra.
4) Diez criterios operativos para el predicador
- Oración previa: pide al Espíritu Santo claridad, caridad y parresía.
- Una idea-fuerza: que el oyente pueda resumir la homilía en una frase.
- Texto bíblico al centro: explica una palabra clave y una imagen del pasaje.
- Puente experiencial: conecta la Palabra con situaciones reales (familia, trabajo, sufrimiento, decisión moral).
- Lenguaje concreto: verbos activos, sustantivos precisos, ejemplos situados.
- Imágenes memorables: parábolas, analogías, testimonios breves (no anécdotas interminables).
- Ritmo ternario (muy eficaz): afirmación – fundamento – aplicación.
- Caridad en las controversias: firme en la verdad, suave en el modo.
- Cierre orante: termina invitando a un acto interior (agradecer, pedir, decidir).
- Examen post-predicación: ¿qué funcionó?, ¿dónde se perdió la atención?, ¿qué mejoro?
5) Errores frecuentes y cómo evitarlos
- Jergas teológicas sin traducción → añade glosas breves (“gracia: vida de Dios en nosotros”).
- Moralismo sin Evangelio → antes del “debes”, anuncia el don: quién es Cristo y qué ha hecho.
- Chistes que minimizan lo sagrado → usa humor limpio, nunca a costa de personas o misterios.
- Listados interminables → tres puntos bien desarrollados valen más que diez enunciados.
- Citas largas proyectadas/leyéndose** → parafrasea y ofrece después la referencia.
- Apelaciones genéricas (“seamos mejores”) → concretar: “haz reconciliación esta semana con…”.
- Lectura monótona de un texto escrito → escribe para ser dicho, no para ser leído; marca pausas y respiraciones.
6) Taller de mejora del lenguaje (aplicación inmediata)
Ejercicio 1 — Sintaxis:
Reescribe esta frase inflada:
“En el horizonte de la vida eclesial contemporánea, se hace absolutamente imprescindible articular procesos de evangelización integral.”
Versión clara:
“Hoy necesitamos procesos de evangelización que alcancen toda la vida.”
Ejercicio 2 — Semántica:
Termino técnico: “Transubstanciación”.
- Decible en misa: “En la consagración, por el poder del Espíritu Santo, el pan y el vino dejan de serlo y se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, aunque conserven su apariencia.”
Ejercicio 3 — Pragmática:
Público: padres jóvenes con niños pequeños.
- Aplicación: brevedad, ejemplo de hogar, propuesta concreta de oración familiar de 3 minutos.
Ejercicio 4 — Comunicación:
Grábate 3 minutos predicando. Revisa: dicción, velocidad, muletillas (“¿sí?”, “eh…”), pausas y entonación. Repite corrigiendo solo un aspecto por día.
7) Micro-método para preparar el lenguaje de una homilía
- (1) El texto: subraya dos palabras y una imagen.
- (2) La gente: imagina dos rostros concretos de tu comunidad.
- (3) La frase: compón tu idea-fuerza en 12–15 palabras.
- (4) El puente: redacta un ejemplo real de 3–4 líneas.
- (5) El verbo: decide qué acto propondrás (agradecer, pedir, perdonar, reparar).
- (6) La prueba oral: dilo en voz alta; cronometra; ajusta respiraciones y pausas.
8) Dignidad y belleza: hablar de Cristo “como es debido”
No confundamos sencillez con banalidad. Hablar de Cristo exige un registro noble: palabras limpias, imágenes hermosas, respeto por los misterios. La belleza verbal es un cauce catequético. Un lenguaje ramplón no acerca al pueblo; lo empobrece. Un lenguaje ampuloso no eleva; lo aleja. El punto justo es la nítida sobriedad.
9) Examen del predicador (checklist)
- ¿He orado el texto bíblico?
- ¿Puedo decir la homilía en una frase?
- ¿Hay una imagen y un ejemplo bien elegidos?
- ¿Evité tecnicismos o los expliqué?
- ¿Mi cierre propone un acto concreto?
- ¿Probé micrófono y sala?
- ¿Alguien pudo resumirme lo que entendió?
10) Conclusión
El lenguaje del predicador es una ascética de la caridad: se disciplina para servir al oyente y honrar la verdad revelada. Cuando el predicador vive lo que dice, estudia lo que anuncia, reza lo que contempla y cuida cómo lo comunica, su palabra deja de ser mera información y se vuelve mediación de gracia. Así, la predicación realiza su fin: conducir a un encuentro vivo con Cristo y suscitar decisiones concretas de discipulado.