Homilía XXVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
Hay momentos en la vida en que todo parece desmoronarse: oramos y no vemos respuestas, trabajamos y no llegan los frutos, amamos y nos sentimos incomprendidos. Es fácil pensar que Dios se ha olvidado de nosotros. Pero precisamente en esos momentos, cuando la oscuridad parece más espesa, la fe se convierte en nuestra lámpara interior. Creer no siempre cambia lo que vivimos, pero sí cambia cómo lo vivimos.
El profeta Habacuc contemplaba un mundo lleno de injusticia y violencia. Su corazón clamaba: “¿Hasta cuándo, Señor?”Dios no le ofreció explicaciones, sino una promesa: “El justo por su fe vivirá.” No le quitó el dolor, pero le dio dirección. Le enseñó que la fe no es una fuga del sufrimiento, sino una forma de caminar en medio de él con esperanza y fidelidad.
También hoy vemos corrupción, divisiones, resentimientos y cansancio. Muchos se han dejado arrastrar por el pecado o la indiferencia y terminan vacíos, tristes, con el corazón endurecido. Pero el que cree de verdad, aunque su fe sea pequeña, encuentra fuerza para seguir de pie. Esa confianza silenciosa es la que sostiene al justo, la que permite avanzar cuando todo parece perdido, la que mantiene encendida la llama del alma.
Jesús nos recuerda que basta una fe como un grano de mostaza para obrar maravillas. Esa fe no siempre mueve montañas externas, pero sí mueve las del corazón: el miedo, el orgullo, la tristeza. Y se alimenta en lo cotidiano: en la oración, en la misa, en la confesión frecuente, en el rosario y en la escucha fiel de la Palabra. Cada acto sencillo de amor y fidelidad es un terreno donde Dios hace crecer su Reino.
Por eso, quien vive su fe en comunidad —en una pequeña comunidad, grupo parroquial o movimiento eclesial— descubre que no camina solo. En medio de las luchas, la fe compartida se vuelve fortaleza. Ahí el corazón encuentra paz, y el alma, sentido. Servir con humildad, perseverar en el bien y mantenerse fiel en lo pequeño son hoy los verdaderos milagros de la fe.
El justo vive porque confía, y quien confía aprende a servir sin buscar recompensas. Si mantenemos la mirada fija en Cristo, incluso nuestras pruebas se convertirán en camino de gracia. No tengas miedo: Dios no se ha olvidado de ti. Su promesa sigue siendo la misma.
“El justo por su fe vivirá.” Y quien vive de fe, aun entre lágrimas, descubre que todo en la vida —incluso el dolor— puede transformarse en historia de amor con Dios.
¿Tu fe te está ayudando a vivir con esperanza y fidelidad, o se ha dejado apagar por la rutina y el cansancio?
IMG: El profeta Habacuc dialogando con Dios, en una miniatura de una Biblia de 1220