Capítulo 3, del curso Formación de Predicadores en Academia Dominicana
Introducción
En el capítulo anterior examinamos el lenguaje de la predicación como arte de mediar entre la verdad revelada y la experiencia concreta de los oyentes, cuidando la sintaxis, la semántica y la pragmática. Ese trabajo formal, sin embargo, presupone un contenido: no predicamos “cualquier cosa”, sino a Cristo y su misterio. Por eso, la predicación no puede apoyarse solo en el carisma personal o en la eficacia retórica; requiere fuentes objetivas que garanticen fidelidad, inteligibilidad y comunión eclesial. El canon 760 del Código de Derecho Canónico ofrece la pauta: “En el ministerio de la palabra ha de proponerse íntegra y fielmente el misterio de Cristo, fundándose en la Sagrada Escritura, la Tradición, la Liturgia, el Magisterio y la vida de la Iglesia”. En continuidad con el capítulo II, este capítulo se ocupa de quéfuentes nutren la predicación, cómo operan y qué criterios orientan su uso prudente. La finalidad es ofrecer un marco académico y práctico para que el predicador integre estudio, contemplación y discernimiento pastoral, evitando tanto el subjetivismo como el formalismo, y situando la homilía y demás formas de anuncio en el horizonte propio de la fe de la Iglesia.
Principios y marco normativo (CIC 760, criterio de totalidad y fidelidad)
El canon 760 establece dos cualidades inseparables del contenido predicable: integridad y fidelidad. Por integridad entendemos la presentación orgánica del mysterium Christi en sus coordenadas bíblicas, dogmáticas, morales y espirituales; por fidelidad, la adhesión efectiva a aquello que la Iglesia ha recibido, custodiado y transmitido. La predicación, por tanto, no es una creatividad libre que se legitima a sí misma, ni una mera reproducción literal de fórmulas; es una re-presentación viva de la Revelación, realizada en la Iglesia y para el mundo. El predicador es servidor de una Palabra anterior a él y de un Pueblo al que esa Palabra convoca. El criterio canónico impide reducir la homilía a exhortación moral sin kerigma, o a discurso doctrinal sin llamada existencial. Su alcance atraviesa la selección de perícopas, la organización de ideas, la elección del registro y la aplicación pastoral. En definitiva, el canon explicita que la fuente última de la predicación es Dios que habla, y que las mediaciones eclesiales (Escritura, Tradición, Liturgia, Magisterio, vida eclesial) son lugares normativos donde esa voz se hace audible y discernible.
La totalidad del misterio no implica exhaustividad en cada homilía, sino proporción a la finalidad y al tiempo celebrativo. La integridad se logra por ciclos (Leccionarios, tiempos litúrgicos), por progresividad catequética y por unidad interna del mensaje (relacionar cristología, sacramentalidad y vida moral). La fidelidad no es inmovilidad: exige hermenéutica eclesial capaz de traducir el depósito de la fe a lenguajes contemporáneos sin alterar su sentido. De ahí la necesidad de una metodología de fuentes: (a) lectura canónica de la Escritura (Antiguo y Nuevo Testamento en mutua referencia); (b) consulta de la Tradición viva (Padres, doctores, teología acreditada); (c) atención a la normatividad de la Liturgia como lex orandi, lex credendi; (d) obediencia cordial al Magisterio universal y particular; (e) escucha de la vida de la Iglesia (santidad, mística, historia, sufrimientos y gozos del Pueblo de Dios). La predicación madura articula estos niveles, evitando tanto el biblismo aislado como el tradicionalismo rígido, y reconoce que el Espíritu guía a la Iglesia en el tiempo.
Desde el punto de vista operativo, el marco normativo se traduce en criterios de selección y jerarquía de contenidos. Primero, el principio cristocéntrico: toda predicación debe llevar explícitamente a Cristo, plenitud de la Revelación. Segundo, el principio eclesial: el predicador no habla en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia, de modo que su enseñanza resulte comprobable en las fuentes comunes. Tercero, el principio sacramental: la homilía se ordena a la actuosa participatio en la liturgia, y no a objetivos meramente informativos. Cuarto, el principio pastoral: el mismo contenido debe ser aplicado con prudencia a situaciones concretas, distinguiendo lo esencial de lo opinable y evitando generalizaciones. Finalmente, el principio de caridad intelectual: el manejo de las fuentes requiere rigor, precisión terminológica y honestidad al citar y contextualizar. La fidelidad a estos principios no constriñe la creatividad del predicador; la garantiza, al anclarla en la verdad que libera y en la comunión que edifica. Así, el canon 760 no es un límite exterior, sino el horizonte que posibilita una predicación teológicamente sólida y espiritualmente fecunda.
Sagrada Escritura y Sagrada Tradición: unidad de la Revelación
La Sagrada Escritura es la fuente primaria de la predicación. En ella Dios habla “en lenguaje humano” y ofrece el testimonio normativo de la historia de la salvación, culminada en Jesucristo. La predicación debe obedecer a una lectura canónica: los textos se iluminan mutuamente y encuentran su centro en el misterio pascual. Operativamente, el predicador ha de identificar el núcleo teológico de la perícopa (tema, imagen, verbo) y articularlo con el resto del corpus bíblico y con la vida de los oyentes. El uso de géneros literarios (narrativo, poético, sapiencial, profético, parenético) condiciona el modo de argumentar y exhortar. Además, la distinción tradicional de sentidos de la Escritura (literal y espiritual: alegórico, moral, anagógico) permite un anuncio que, sin forzar el texto, despliega su densidad simbólica y su orientación a la fe, la caridad y la esperanza. La familiaridad con los Leccionarios asegura la inserción de la homilía en la pedagogía litúrgica de la Iglesia, evitando selecciones subjetivas que rompan el ritmo de la Palabra en el año cristiano.
La Sagrada Tradición no es un archivo estático, sino la transmisión viva de la fe bajo la acción del Espíritu. Los Padres de la Iglesia (Agustín, Crisóstomo, Gregorio Magno, Basilio, etc.) y los Doctores (Tomás de Aquino, Buenaventura, entre otros) son maestros privilegiados para la predicación, porque conjugan contemplación, doctrina y arte de comunicar. Sus homilías, tratados y catequesis ofrecen criterios de interpretación bíblica, discernimiento doctrinal y aplicación espiritual. La patrística enseña la unidad entre Escritura y vida eclesial; la gran teología sistematiza esa unidad ofreciendo un léxico preciso para decir la fe sin confusión ni reducción. Metodológicamente, conviene integrar: (a) lectio divina personal y comunitaria; (b) consulta de florilegios patrísticos (p. ej., el Oficio de Lectura) para el sentido espiritual; (c) revisión de manuales y comentarios actuales acreditados, que dialogan con la exégesis moderna y la teología dogmática. Así, la Tradición evita tanto el arqueologismo nostálgico como la innovación amnésica.
Escritura y Tradición, en su distinción complementaria, configuran una única economía de la Palabra. En la práctica homilética, eso se traduce en un movimiento bidireccional: desde el texto hacia la inteligencia creyenteacumulada por los siglos, y desde la sabiduría eclesial hacia el texto que la regula y purifica. La Tradición ofrece reglas de fe (regula fidei) que preservan la lectura bíblica de derivas ideológicas; la Escritura verifica y vivifica la Tradición, impidiendo que se convierta en mera costumbre. El predicador, por tanto, no contrasta “Biblia vs. Padres”, sino que deja que resuene el coro de la Iglesia: la voz profética, apostólica, patrística y teológica convergiendo en Cristo. En la formación práctica conviene ejercitar mini-dossiers de fuentes para cada gran solemnidad o ciclo (p. ej., un texto bíblico, dos glosas patrísticas, un artículo del Catecismo y una breve nota de teología espiritual). Esta gimnasia intelectual y orante robustece la competencia doctrinal del predicador y afina su olfato eclesial, habilitándolo para discernir qué decir, cómo decirlo y qué omitir en fidelidad al credere Ecclesiae.
Liturgia, Magisterio y vida de la Iglesia: lugares teológicos en acto
La Liturgia es fuente porque en ella la Iglesia cree celebrando (lex orandi, lex credendi). La homilía, como parte de la acción sagrada, debe nacer de la Palabra proclamada y conducir a la participación sacramental. Los tiempos litúrgicos (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario) proveen una pedagogía que orienta el acento temático y el tono espiritual. Los signos y ritos (oraciones colectas, prefacios, antífonas, gestos) contienen una teología condensada que conviene explicitar catequéticamente, evitando reduccionismos rubricistas o meramente emotivos. La predicación litúrgica sitúa al oyente en el hoy de la salvación: no comenta ideas, sino que introduce en un misterio que acontece. De ahí la necesidad de que el predicador conozca el Ordo, los Leccionarios, el Misal y los documentos litúrgicos de referencia, y que prepare su homilía en diálogo con la unidad de la celebración, subordinando el discurso a la obra de Dios que la Iglesia invoca y recibe.
El Magisterio (concilios, encíclicas, exhortaciones, directorios, catecismos; también enseñanzas de conferencias episcopales y obispos) garantiza la comunión en la verdad. Su finalidad no es suplantar la Escritura, sino interpretarla auténticamente en cuestiones de fe y costumbres. Para la predicación, el Magisterio ofrece tres servicios: (a) criterios doctrinales que fijan el sentido de nociones centrales (Cristo, Iglesia, sacramentos, moral); (b) discernimiento de signos de los tiempos, iluminando desafíos culturales, sociales y científicos; (c) orientaciones pastorales que favorecen la inculturación prudente. El uso responsable del Magisterio exige distinguir grados de autoridad y géneros de documentos, citar con exactitud y evitar tanto el abuso de citas como la omisión culpable. Una práctica fecunda es la convergencia: para cada tema, localizar el pasaje bíblico, una glosa patrística, el número pertinente del Catecismo y, si procede, una enseñanza reciente que actualice la cuestión, mostrando la continuidad viva de la doctrina.
La vida de la Iglesia —su santidad, teología, mística, historia, testimonio caritativo, arte y pensamiento— es fuente en cuanto manifiesta la fecundidad de la Palabra. La teología seria (clásica y contemporánea) ayuda a pensar la fe con rigor; la mística enseña la experiencia de Dios (Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, entre otros) y ofrece un léxico para el acompañamiento espiritual; la historia purifica miradas ingenuas o ideológicas, mostrando luces y sombras; el arte (iconografía, música, arquitectura) educa el sentido simbólico; incluso los saberes científicos y humanísticos pueden servir como praeambula fidei si se integran con criterio. No todo vale: estas fuentes reclaman discernimiento, competencia y caridad intelectual. El predicador selecciona con prudencia lo que edifica y evita lo opinable cuando puede confundir. La experiencia diocesana, los documentos particulares y la voz de los pobres son también lugares donde el Espíritu habla. La clave es que toda referencia conduzca al misterio de Cristo y a la edificación del Cuerpo, sin convertir la homilía en clase, panfleto o tertulia.
Conclusión
Predicar es transmitir una herencia viva: la Palabra de Dios acogida, custodiada y celebrada por la Iglesia. Las fuentes —Escritura, Tradición, Liturgia, Magisterio y vida eclesial— no compiten entre sí; convergen en Cristo y garantizan que la voz del predicador sea voz de Iglesia. En continuidad con el capítulo II, donde cuidamos el cómo decir, este capítulo ha precisado el qué decir y desde dónde decirlo. La síntesis operativa es clara: orar la Escritura, escuchar la Tradición, celebrar la Liturgia, obedecer al Magisterio y discernir la vida del Pueblo de Dios. Así, la homilía deja de ser un discurso más y se convierte en mediación sacramental de la verdad, llamada a la conversión y escuela de esperanza. El predicador, humilde servidor de estas fuentes, ofrece a los fieles un pan seguro y sabroso: verdadero en el contenido, bello en la forma, cercano en la aplicación y eclesial en su procedencia.