Capítulo VI — Propiedades del discurso homilético

Síntesis elaborada con el apoyo de inteligencia artificial del capítulo n.º VI del Curso Formación de Predicadores de Academia Dominicana.

Introducción

En el capítulo anterior profundizamos en la homilía como acto litúrgico: su sujeto propio, sus formas y su finalidad mistagógica. Ahora avanzamos un paso más y consideramos cómo ha de ser el discurso homilético para permanecer fiel a la fe y fecundo para el pueblo. La homilía nunca es “idéntica” en todo lugar: es gracia del Espíritu y, a la vez, artesanía marcada por la personalidad del predicador. Pero esa legítima diversidad exige un armazón común que garantice la verdad, el orden y la caridad pastoral. Este capítulo presenta tres grandes fidelidades —al mensaje, a la liturgia y a la asamblea— y ofrece criterios prácticos para que la palabra pronunciada en el ambón sea clara, esperanzadora y eficaz. Así, proseguimos el itinerario iniciado: de la definición de la homilía a su forma interior.


1. Las tres fidelidades que sostienen la homilía

Toda homilía sólida se apoya en tres fidelidades: al mensaje que recibimos (Escritura, Tradición, Magisterio), a la liturgia que celebramos (año litúrgico y rito concreto) y a la asamblea que escucha (su situación real). Estas fidelidades no compiten, se co-implican: la Escritura habla en la liturgia, y la liturgia acontece en un pueblo concreto. El predicador discierne qué subrayar según el día y el auditorio, sin perder el hilo de la unidad: Cristo, centro de todo.

Mantener estas fidelidades evita dos extremos frecuentes: el subjetivismo (predicar lo que “me gustaría decir” desconectado del Leccionario) y el formalismo (repetir fórmulas sin tocar la vida de nadie). En la práctica, la homilía nace de orar el textoleer el momento y servir el rito. La fidelidad al mensaje custodia la verdad; la fidelidad a la liturgia guarda el misterio; la fidelidad a la asamblea mira la caridad. Cuando estas tres tensiones se equilibran, la homilía se convierte en un puente por el que la gracia pasa con naturalidad.

La verificación es sencilla: ¿he dicho lo que Dios dijo, en el modo de la Iglesia, para este pueblo? Si la respuesta es afirmativa, hemos honrado las tres fidelidades. Si no, conviene ajustar: tal vez sobró opinión, faltó mistagogía o ignoramos el dolor concreto de la comunidad. La fidelidad es dinámica: se aprende, se corrige y madura domingo a domingo.


2. Fidelidad al mensaje: verdad recibida y traducida

Ser fiel al mensaje significa no inventar contenidos: anunciamos lo que la Iglesia cree, celebra y vive. La homilía prolonga la Palabra proclamada; por eso, la Instrucción General del Misal Romano invita a que explique “algún aspecto de las lecturas o del propio del día”, atendiendo al misterio celebrado y a las necesidades de los oyentes. En esta clave, resuena la advertencia de Congar: en el púlpito no se dice “cualquier cosa”, sino lo que conviene decir en ese lugar y en ese momento.

Esta fidelidad pide dos movimientos complementarios. Primero, recepción: estudiar con rigor, beber de buenos comentarios, situar la perícopa en el conjunto bíblico y en la Tradición viva. Segundo, traducción: hacer inteligible lo recibido, sin vaciarlo. Definir términos cuando sea necesario, ofrecer una imagen clara y una aplicación concreta. Una buena regla es estructurar en tres pasos: afirmación (qué dice el Señor hoy), fundamento (por qué lo dice: texto y doctrina) y aplicación (cómo se vive en esta semana). Esta arquitectura protege el contenido y facilita la memoria.

La fidelidad al mensaje no es rigidez; es docilidad. El predicador no busca brillar, sino transparentar la Palabra. Por eso evita polémicas gratuitas, datos dudosos o improvisaciones sobre materias que desconoce. La credibilidad nace de vivir lo que se predica y predicar lo que se ha orado. Solo así la verdad desciende del papel al corazón.


3. Fidelidad a la liturgia: palabra que acontece en un rito

La homilía es parte de la liturgia, no un añadido. Sacrosanctum Concilium enseña que, a lo largo del año, se exponen “a partir de los textos sagrados” los misterios de la fe y las normas de vida cristiana. Esto exige obediencia al Leccionario, atención al tiempo litúrgico (Adviento, Cuaresma, Pascua, Tiempo Ordinario) y sintonía con el rito celebrado (bautismo, matrimonio, exequias, confirmación). La palabra pronunciada debe conducir a la profesión de fe, a la oración de los fieles y a la mesa eucarística.

Fiel a la liturgia, la homilía realiza cinco tareas: (1) celebra a Cristo en sus diversos misterios, con centro pascual; (2) recorre la historia de la salvación enlazando Antiguo y Nuevo Testamento; (3) ayuda a vivir el año como tiempo de gracia y conversión; (4) introduce mistagógicamente en el sacramento; (5) unifica la celebración, conectando Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística. Prepararse supone leer el propio del día, conocer las rúbricas y prever la duración proporcionada al momento y a la asamblea.

Esta fidelidad evita dos derivas: la charla “paralela” que ignora el rito y la “nota parroquial” que sustituye el Evangelio por avisos. La liturgia pide sobriedad, belleza y silencio. Un final orante —breve súplica o invitación a un acto interior— dispone a la asamblea a ofrecerse con el pan y el vino. Cuando la homilía respira liturgia, la comunidad ora mejor.


4. Fidelidad a la asamblea: claridad, esperanza y práctica

También la asamblea tiene “derecho a sentirse abundantemente alimentada con el tesoro de la Palabra”. De ahí cuatro cualidades pastorales (Elíeser Salesman): sencillezpositividadpracticidad y entusiasmo para Dios. Sencillez no es banalidad: es elegir palabras claras, explicar lo necesario y evitar jergas innecesarias, salvo auditorio especializado. Positividad es enseñar virtudes y caminos, no solo denunciar vicios; corregir sí, pero animando a dar pasos posibles.

La practicidad pide unir doctrina y vida: si todo queda en ideas, el oyente se marcha informado pero no transformado. Concretar un gesto —reconciliarse, visitar, orar en familia, reparar una injusticia— ayuda a que la Palabra encarne. Entusiasmar para Dios no es espectáculo: es hablar con fuego sobrio, de corazón a corazón, transmitiendo que vale la pena seguir a Cristo. Esto requiere contacto visual, ritmo, pausas y una imagen que permanezca durante la semana como semilla.

Respetar la asamblea implica leer su realidad: edades, sufrimientos, ritmos, cultura. No es lo mismo un funeral que la misa de niños; una fiesta patronal que un jueves ordinario. Adaptar ejemplos y tono es caridad. Y donde faltan ministros, la comunidad puede celebrar liturgia de la Palabra según ritual, sin suplantar la Eucaristía, manteniendo viva la hambre del Sacramento. Todo al servicio del bien espiritual de los fieles.


5. Recursos expresivos y actitudes del predicador

Algunos recursos fortalecen la palabra. Primero, elegir un tema interesante por su verdad y urgencia espiritual, no por morbo o curiosidad. Segundo, hablar con calor: la unción no se finge, pero se cuida la entrega de la voz, la entonación y el ritmo. Tercero, suscitar afección ordenada: el objetivo no es manipular emociones, sino abrir el corazón a la gracia. Cuarto, la repetición pedagógica: una idea-fuerza, una frase breve, un verbo de misión ayudan a recordar y vivir.

Además, enfocar el mensaje según audiencias: niños, jóvenes, familias, profesionales, enfermos. Evitar el monólogo autosuficiente: en contextos no litúrgicos, pueden integrarse breves preguntas o respuestas comunitarias; en la Misa, el diálogo es interior y se expresa en la oración posterior. Rehuir el tono de “sabelotodo” y cultivar la humildad apostólica de san Pablo: firmeza en la verdad, mansedumbre en el trato. Cerrar, cuando es oportuno, con una oración compartida que disponga al ofertorio y a la caridad.

Estas actitudes configuran un estilo: nítido, sobrio, bello. No buscan aplauso, sino frutos: luz para la inteligencia, impulso para la voluntad y consuelo para el corazón. Donde la palabra es cuidada así, el pueblo aprende a escuchar a Dios y a seguirle con alegría.


Conclusión

El discurso homilético es único en cada predicador y comunidad, pero su fecundidad crece cuando se apoya en las tres fidelidades: al mensaje verdadero, a la liturgia celebrada y a la asamblea concreta. Sencillez, positividad, practicidad y entusiasmo para Dios, unidas a buenos recursos de expresión y a una actitud humilde, hacen que la homilía pase de ser “palabras sobre Dios” a mediación de gracia. Así, lo aprendido en capítulos previos —Magisterio, naturaleza y método de la homilía— adquiere forma interior: una palabra orante, estudiada y actualizada. Que cada predicador pida la gracia de decir lo contemplado y de mover a un paso concreto. Y que el pueblo responda con fe viva: “Hoy nos ha hablado el Señor”.