Síntesis elaborada con el apoyo de inteligencia artificial del capítulo n.º IX del Curso Formación de Predicadores de Academia Dominicana.
Introducción
En el capítulo anterior seguimos la huella de los Capítulos Generales dominicanos para ver cómo la Orden mantiene viva su identidad predicadora en contextos cambiantes. Ahora descendemos al sujeto de esa misión: el predicador y los predicadores. Retomaremos la intuición de san Juan XXIII —maestro, educador y “psicólogo”—, subrayaremos la centralidad de Cristo y del Espíritu, y veremos la relación dinámica entre quien anuncia y quien escucha. También delinearemos disposiciones interiores, virtudes y criterios sinodales para un ministerio compartido, donde frailes, monjas, hermanas y laicos evangelizan cada cual desde su propio lugar.
1) Identidad del predicador: de Domingo a hoy
La predicación cristiana no nace de una idea brillante, sino de un seguimiento: el de Jesucristo, predicador itinerante y pobre. Por eso el predicador habla en nombre de Otro y vive de la unción del Espíritu. La Orden de Predicadores, fiel a sus Constituciones, entiende este oficio como una gracia que configura toda la existencia: estudio, vida fraterna, pobreza y misión. A la pregunta “¿puedo ser predicador?”, la Iglesia responde desde el bautismo: sí, todos participamos de la misión de anunciar.
Ser predicador, sin embargo, no equivale a “tomar la palabra” sin más. Supone contemplar, dejarse juzgar por la Palabra y ordenar los propios saberes para el bien de los oyentes. San Juan XXIII lo expresa con trazo pedagógico: maestro para enseñar con claridad, educador para formar con provecho y psicólogo —en sentido amplio— para comprender y acompañar. El predicador cristiano no vende ocurrencias; actualiza la Encarnación con lenguaje sobrio, símbolos comprensibles y caridad intelectual. Por eso, antes de construir discursos, el predicador se deja construir por el Evangelio.
De ahí que la prioridad sea el Espíritu Santo: sin su gracia, la palabra se vuelve ruido. La esperanza que proclamamos —recordaba el Capítulo de Tultenango— no es optimismo voluntarista, sino confianza operante en Dios. El predicador presta la voz; el Espíritu hace eficaz el anuncio. Este realismo espiritual libra de dos excesos: la autoexhibición (predicarse a sí mismo) y el activismo (creer que todo depende del esfuerzo). Así, la identidad del predicador es humilde y audaz: siervo de la Palabra en medio del pueblo.
2) Relación predicador–oyente: corazón, mensaje y tensiones
Predicar es un acto relacional. Existe una línea viva entre quien habla y quien escucha, y en medio está la Palabra. San Francisco de Sales advertía el daño de fijarse más en la persona del predicador que en el mensaje; igual de nocivo es que el predicador se mire a sí mismo más que a Cristo. Por eso conviene purificar la mirada: escuchar con disposición interior, y hablar con sencillez y verdad, sin adornos que oscurezcan el centro. La primacía es del Evangelio, no del estilo.
Conocer a la comunidad es condición pastoral. No se predica igual en un barrio migrante que en una aula universitaria; tampoco a niños, jóvenes o mayores con las mismas imágenes y exigencias. La Escritura aporta tonos: cuando muestra consuelo, se consuela; si llama a la conversión, se exhorta; si ilumina heridas, se acompaña. El estado del auditoriotambién orienta: ante una asamblea reconciliada, se confirma el bien; ante una dividida, se siembran puentes; ante una fatigada, se ofrece descanso. Y el contexto del predicador —contemplativo, misionero, académico, popular— colorea su modo de servir, nunca el contenido.
Para los oyentes hay una ascesis sencilla: llegar con corazón despierto, pedir luz, tomar nota interior de lo que toca y, cuando sea oportuno, preguntar. Para el predicador hay otra: orar por quienes escuchan, buscar la palabra justa y aceptar los límites del tiempo y del lugar. Cuando ambos —predicador y oyente— se disponen, la línea se vuelve fecunda: la Palabra cruza el oído y alcanza el corazón. Ahí inicia el fruto: comprensión más honda de la fe y decisiones que la encarnan en la vida.
3) Oficio y virtudes del predicador
El oficio del predicador no es reprender por reprender, sino exhortar con verdad y misericordia: mostrar lo mejor del Evangelio y, si es preciso, corregir con humildad. Su centro no es la actualidad noticiosa, ni la erudición por sí misma, sino la doctrina cristiana aplicada a la vida. Evita buscar aplausos; procura conversión. Y se examina: estudia, medita lo que dirá, gobierna sus impulsos para no descargar emociones en el ambón. La claridad nace de la preparación; la unción, de la oración; la oportunidad, del discernimiento.
Tres rasgos ayudan: enviado, testigo y traductor-comentador. Enviado: sabe que es instrumento (Hch 9,15) y no dueño del mensaje. Testigo: habla de lo que vive; la incoherencia vacía las palabras. Traductor-comentador: mantiene el fondo de la fe, pero encuentra el modo que lo haga comprensible y significativo. San Pablo añade disposiciones: libertad de avaricia, paciencia en los procesos y buenas obras que sostengan el decir. Santo Tomás ofrece imágenes: soldado que defiende, viñador que poda, pastor que guía, buey que trabaja con gravedad, arador que abre surcos, trillador constante, arquitecto del templo y ministro del altar.
Estas figuras evocan tareas concretas: discernir errores sin caricaturas; limpiar lo superfluo del discurso; cuidar la grey con ejemplo; trabajar con constancia; abrir corazones a la fe; predicar con regularidad y fruto; construir comunión; y servir la liturgia con amor. En suma, virtudes intelectuales (estudio, orden, precisión), morales (templanza, fortaleza, justicia) y teologales (fe, esperanza y caridad). Don y tarea, gracia y oficio. Así el predicador se vuelve transparencia de Cristo, no protagonista.
4) Hacia una Iglesia sinodal: ministerios y misión compartida
La sinodalidad recuerda que la misión implica a todos los bautizados. Muchos carismas pueden tomar forma ministerial; otros seguirán siendo servicios no instituidos, igualmente necesarios. El criterio no es la reivindicación, sino el discernimiento comunitario: ¿qué necesita realmente el pueblo de Dios aquí y ahora? La autoridad acompaña y confirma. En esta clave, la Familia Dominicana impulsa la formación de laicos predicadores en sus foros cotidianos: familia, trabajo, cultura, redes.
La escucha sinodal pide creatividad y valentía: lenguajes sobrios en la liturgia, profundidad en la catequesis, presencia pública que humanice debates y cuide la dignidad de toda persona. También exige nuevas alfabetizaciones: bíblica y teológica para no diluir la fe; comunicacional para hablar con claridad; social para comprender violencias y pobrezas; ecológica para custodiar la casa común. Predicar hoy incluye el ámbito digital: no espectáculo, sino encuentro y sentido; no polémica, sino razón y caridad.
Finalmente, hay una ética del oyente y otra del predicador. El oyente se dispone con silencio, oración y deseo de poner por obra. El predicador, con estudio serio, oración humilde y disponibilidad al diálogo. Ambos se necesitan: sin oyentes orantes, la mejor homilía se pierde; sin predicadores contemplativos, la comunidad queda sin norte. Cuando la sinodalidad atraviesa este vínculo, la predicación se hace esperanza operativa: consuela, corrige, anima procesos y convoca a todos a construir el Reino.
Conclusión
Ser predicador —fraile, hermana, laico— es aceptar una doble obediencia: a la Palabra y a los oyentes. La primera garantiza la verdad; los segundos señalan el camino por donde esa verdad ha de pasar. Identidad clara, corazón contemplativo, estudio diligente, vida fraterna y caridad pastoral: he aquí el retrato evangélico. Si Cristo es el centro y el Espíritu el alma, la voz humana se vuelve instrumento de gracia. Que cada uno, desde su vocación, pregunte hoy: ¿a quién me envías, Señor, y con qué palabras? Entonces la tea de Domingo seguirá encendiendo corazones y abriendo sendas de conversión y alegría.