Estrategias para una adecuada predicación

Síntesis elaborada con el apoyo de inteligencia artificial del capítulo n.º XI del Curso Formación de Predicadores de Academia Dominicana.

Introducción

En el capítulo anterior contemplamos las formas de predicación —oral, escrita, artística, testimonial y digital—, recordando que toda palabra del predicador debe brotar de la oración, la comunidad, el estudio y la misión. Ahora avanzamos hacia un terreno más práctico: las estrategias para una adecuada predicación. Este capítulo ofrece criterios y ejercicios de oratoria, vocalización y lenguaje corporal, sin los cuales incluso el mejor contenido puede perder fuerza. Porque predicar no es solo “decir cosas”, sino comunicar la verdad con todo el ser: voz, cuerpo, gesto y espíritu.


1. La oratoria: el arte de hablar con sentido

La oratoria es el arte de expresarse con claridad, respeto y eficacia. No se limita a grandes auditorios; también se da en una conversación pastoral o en el aula catequética. Dominar la palabra no es vanidad, sino caridad comunicativa: hablar bien para que el Evangelio sea comprendido. Por eso, una buena oratoria permite elegir el vocabulario adecuado, mantener el ritmo justo y vencer el miedo escénico que paraliza a tantos evangelizadores.

La oratoria tiene una raíz espiritual: comunicar la verdad en caridad. Santo Tomás de Aquino enseñaba que “lo que se recibe, se recibe según la capacidad del recipiente”. Por ello, el predicador aprende a modular su palabra según la capacidad de quien escucha. La técnica, lejos de ser mundana, se vuelve instrumento del Espíritu que hace resonar la Palabra en corazones diversos. Una voz segura y serena puede abrir el alma más cerrada, y un gesto torpe puede cerrarla.

Hablar bien implica también saber callar. Las pausas permiten que el mensaje penetre y que el oyente asimile. En la homilía o en la catequesis, el silencio es parte del discurso: invita a la oración. Así, la oratoria cristiana no busca aplausos ni teatralidad, sino claridad, serenidad y unción. En definitiva, la elocuencia del predicador no se mide por la cantidad de palabras, sino por la profundidad del mensaje que deja en el alma del oyente.


2. Cinco fases para una expresión vocal eficaz

Toda comunicación requiere preparación integral. La primera fase es la respiración y relajación: calmar cuerpo y mente antes de hablar, regulando la respiración abdominal y soltando la tensión del rostro. Esto permite dominar el miedo y mantener la serenidad. La segunda fase es la pronunciación: abrir la boca, articular bien, y cuidar que las palabras se entiendan. Un buen ejercicio consiste en grabarse y escucharse, corrigiendo errores con humildad.

La tercera fase es la preparación pública: mirar al público, repasar ideas principales y medir el tiempo. El contacto visual, la seguridad postural y la naturalidad del discurso crean confianza. Quien ha memorizado bien su esquema puede improvisar con libertad. La cuarta fase es la modulación del sonido: conocer el propio tono, evitar gritar o hablar monótonamente, y variar el volumen para mantener viva la atención. La voz es instrumento de la gracia: debe ser firme, cálida y controlada.

La quinta fase es la exposición: el momento de hablar ante el auditorio. Aquí entran elementos como el inicio atractivo, el desarrollo fluido y la conclusión precisa. Un comienzo impactante capta la atención; un desarrollo ordenado la sostiene; una conclusión fuerte la corona. Las pausas, las citas oportunas y los ejemplos ayudan a que el mensaje quede grabado. En la predicación, la voz no solo informa: forma, transforma y consuela.


3. El lenguaje corporal: comunicar con todo el ser

El cuerpo también predica. La postura, los gestos y el rostro son mensajes paralelos a la palabra. Un cuerpo cerrado comunica miedo; un gesto abierto inspira confianza. Por eso el predicador debe conocerse, corregir tics nerviosos y usar su cuerpo con sobriedad. Un paso firme transmite seguridad; un movimiento innecesario distrae. La autenticidad corporal nace de la paz interior: quien habla desde la verdad, se mueve con naturalidad.

El lenguaje corporal tiene un valor simbólico. Los gestos complementan el mensaje verbal y refuerzan su contenido. Existen gestos enfáticos (para subrayar una idea), ilustrativos (para acompañar una explicación) y reguladores (para marcar pausas o pedir silencio). Cada cultura tiene sus códigos, por eso conviene conocer el entorno. La postura corporal también comunica: una posición erguida expresa confianza; los brazos cruzados, resistencia o desconexión.

Las expresiones faciales revelan la verdad del corazón. El rostro debe acompañar el sentido del mensaje: quien habla del dolor no sonríe, quien anuncia la esperanza no luce indiferente. La mirada atenta y amable crea comunión. El rostro del predicador es muchas veces el primer “Evangelio visible” para el pueblo. En suma, el lenguaje corporal debe ser coherente con la palabra y transparente al Espíritu: sencillo, humano y luminoso.


4. Autenticidad: el alma de toda comunicación cristiana

Más allá de técnicas, el secreto de la buena predicación es la autenticidad. El predicador no representa un papel: es él mismo, movido por la gracia. Su voz, sus gestos y su palabra son prolongaciones de su interior. Por eso, la preparación no busca fabricar personajes, sino liberar al predicador de la rigidez y del miedo para que aparezca su verdadero rostro: aquel que Dios ama y envía.

Autenticidad significa conocerse y aceptarse. El predicador consciente de sus dones y límites no pretende impresionar, sino servir. Quien habla desde el amor, comunica esperanza incluso con voz temblorosa. La sinceridad tiene una fuerza que ninguna técnica puede imitar. En la tradición dominicana, autenticidad equivale a veracidad: decir lo que se cree, vivir lo que se dice y amar lo que se vive.

Por eso, cada técnica de oratoria, cada pauta vocal y cada gesto corporal deben estar al servicio de una única meta: transparentar a Cristo. El predicador auténtico no compite con el mensaje, sino que se convierte en su humilde eco. Así, hablar de Dios se transforma en un acto de adoración y de entrega. Su palabra se vuelve testimonio, su voz oración y su cuerpo signo del Amor que lo habita.


Conclusión

Las estrategias para una adecuada predicación no sustituyen la gracia, pero la acompañan. La voz bien usada, el gesto sobrio y el corazón sincero hacen visible el Evangelio. El predicador que respira, articula, mira, se mueve y sonríe con paz comunica más que un discurso: transmite vida. En definitiva, técnica y espíritu se unen para servir la misión. Que cada palabra dicha desde el púlpito, la cámara o la plaza sea un eco del Espíritu que hace nuevas todas las cosas.