Síntesis elaborada con el apoyo de inteligencia artificial del capítulo n.º 12 del Curso Formación de Predicadores de Academia Dominicana.
Introducción
En el capítulo anterior trabajamos los fundamentos prácticos de la comunicación: oralidad, dicción, proyección vocal y lenguaje corporal. Allí subrayamos que la autenticidad no es un adorno retórico sino la fuente de credibilidad del predicador. Ahora damos un paso más: si la palabra debe ser clara y el cuerpo congruente, también el sujeto que anunciaha de ejercer un liderazgo evangélico capaz de animar, organizar y sostener procesos. A la par, conviene aprender técnicas de improvisación para esos momentos inevitables en que el Espíritu y la asamblea nos piden una respuesta no prevista. Este capítulo ofrece criterios para un liderazgo que sirva —no que se sirva— de la predicación, y pautas concretas para improvisar con fidelidad al Evangelio y respeto al auditorio. Como recuerda Evangelii nuntiandi, la Iglesia evangeliza con la palabra, la vida y los signos; la Orden de Predicadores lo hace, además, desde sus pilares de oración, estudio, vida común y misión. Ese humus es el que fecunda tanto el liderazgo como la improvisación.
1) Liderazgo que nace del Evangelio
El liderazgo en clave cristiana no es dominio ni carisma escénico: es servicio que hace crecer a otros (cf. Mc 10,42-45). Un predicador lidera cuando orienta la mirada al Señor que habla y ayuda a su comunidad a escuchar, discernir y poner por obra la Palabra. En lenguaje dominicano: contempla, comparte lo contemplado y crea condiciones para que muchos lo hagan. Por eso, la autoridad del predicador no se impone: acontece en su coherencia, su caridad y su competencia.
Ese perfil se sostiene en tres focos. Foco: una visión nítida del fin (anunciar a Cristo hoy, aquí y a estas personas). Fuerza: hábitos espirituales e intelectuales que le dan espesor (oración diaria, estudio serio, examen humilde). Estructura: métodos y ritmos que organizan la misión (preparación, tiempos, responsabilidades, evaluación). Las Constituciones de la Orden recuerdan que seguimos al “Predicador itinerante y pobre”; de ahí que el liderazgo dominicano conjugue parresía y mansedumbre: audacia para decir la verdad, y ternura para decirla como verdad salvadora (Verbum Domini 59).
Frente a modelos mundanos (autoritarismo, culto a la personalidad, gestión por “likes”), el liderazgo evangélico se reconoce en frutos: mayor comunión, crecimiento de corresponsabilidad y avance en conversión pastoral. Si después de nuestra predicación otros oran más, estudian mejor, sirven con alegría y se organizan para el bien, hay liderazgo cristiano. Si, en cambio, todo gira en torno al “yo”, conviene volver al pozo de la contemplación y al examen fraterno.
2) Estilos de liderazgo y discernimiento del propio modo
No todos lideramos igual. Hay estilos legítimos que conviene conocer para discernir el propio “modo” y sus riesgos. El estilo legítimo/institucional (asumido por elección o encargo) aporta marco y estabilidad, pero debe evitar volverse burocrático. El estilo carismático moviliza con entusiasmo y cercanía; su cuidado: no depender del aplauso ni fatigarse en fuegos de artificio. Ambos pueden ser evangélicos si se subordinan a la misión y se dejan corregir por la comunidad.
También hay estilos según la actitud ante el equipo: el democrático (escucha, delega, integra), el transaccional (gestiona por metas y recompensas, útil pero limitado para procesos espirituales), el laissez-faire/transformacional (empodera y acompaña; ha de evitar la desresponsabilización del líder), y los riesgosos: autocrático o dictatorial, incompatibles con la sinodalidad. La sinodalidad —tan subrayada por el Magisterio reciente— pide líderes que caminen con el Pueblo de Dios, no por encima de él.
¿Cómo discernir? Tres preguntas sencillas: 1) ¿A quién sirvo? (Cristo y esta asamblea concreta). 2) ¿Qué frutos deja mi estilo? (comunión, libertad, corresponsabilidad). 3) ¿Quién me corrige? (superiores, consejo, pares, laicos). Un líder que no se deja evaluar se convierte en obstáculo. Santo Domingo mostró un estilo flexible: firme en lo esencial, libre en lo accesorio; decidido para enviar, humilde para escuchar.
3) Rasgos del líder-predicador: virtudes y hábitos
Hay virtudes que vuelven confiable al predicador: honestidad (transparencia doctrinal y ética), responsabilidad (cumple y rinde cuentas), escucha activa (pregunta, acoge, sintetiza), capacidad de delegar (confía y acompaña), motivación(enciende sin manipular). A ellas se suman hábitos dominicanos: estudio constante, examen cotidiano, dirección espiritual, y vida comunitaria real —no nominal—.
Para cultivar estos rasgos proponemos un pequeño “plan de hábitos”:
– Diario: lectio divina de los textos que predicarás; 30–45’ de estudio temático; nota de tres aprendizajes y una mejora.
– Semanal: reunión breve con equipo (objetivos, tareas, revisión); escucha de dos voces externas (laico/experto).
– Mensual: evaluación de frutos (cualitativos y espirituales), con feedback de la comunidad; actualización bibliográfica mínima.
Este andamiaje protege de la improvisación crónica y de la auto-referencialidad.
La autoridad moral del líder-predicador se alimenta de coherencia: lo que dice el domingo se nota el lunes. Se percibe en su trato, su sobriedad, su manejo de conflictos y su alegría. Nada convence más que un corazón pacificado y una inteligencia despierta. El lema dominicano —Laudare, benedicere, praedicare— recuerda que el liderazgo comienza alabando, continúa bendiciendo y culmina predicando.
4) Improvisar con fidelidad: antes, durante y después
La improvisación no es decir “lo primero que salga”, sino responder en vivo con lo ya orado y estudiado. “Antes”: prepara un mapa mental mínimo (idea central + 2–3 subpuntos + aplicación) y ten a mano dos exempla breves (bíblico y experiencial). Entrena “micropiezas” de 60–90 segundos sobre temas frecuentes (misericordia, esperanza, sufrimiento, perdón). Practica repetir la pregunta del oyente: te gana tiempo y asegura comprensión.
“Durante”: respira, resume la cuestión en una frase, contesta en tres pasos (reconozco la preocupación, ilumino con la Palabra/Tradición, invito a un paso concreto). Evita tecnicismos innecesarios; si no sabes, dilo con humildad y ofrece buscar la respuesta. Usa con mesura la paráfrasis bíblica cuando no recuerdes cita exacta, y ancla al final en un versículo claro o en una formulación doctrinal segura. Recuerda: claro, breve, verdadero.
“Después”: anota preguntas difíciles, verifica fuentes y prepara una catequesis de seguimiento. La improvisación se vuelve escuela si convertimos cada pregunta en materia de estudio y oración. Así crece el depósito interior desde el que el Espíritu podrá “recordarnos todo” (cf. Jn 14,26). La comunidad agradece cuando ve un predicador que aprende de ella y vuelve con respuestas mejor fundadas.
5) Ética, límites y creatividad en la respuesta pública
Improvisar exige prudencia. No opines livianamente sobre asuntos complejos (ciencia, salud, derecho) fuera de tu competencia: cita al Magisterio, sugiere recursos y remite a especialistas. Nunca expongas casos personales identificables ni uses el púlpito para ajustes de cuentas. La caridad manda el tono; la verdad marca el contenido. Y recuerda la regla de oro dominicana: “veritas cum caritate”.
La creatividad no equivale a espectáculo. Usar una imagen, una breve anécdota o un símbolo puede abrir el corazón; saturar de ocurrencias distrae del kerygma. Útil acrónimo para cerrar respuestas: L.U.Z. (Lo nuclear del Evangelio, Un paso posible hoy, Zona de seguimiento). Así la palabra improvisada conduce a proceso: del impacto a la práctica, y de la práctica a la perseverancia. Evangelii gaudium invita a “una predicación más positiva, esperanzada y cercana”.
Finalmente, respeta el tiempo y el contexto litúrgico/pastoral. En la homilía, la improvisación ha de estar subordinada al misterio celebrado (IGMR 65). En charlas y foros, cuida turnos y sensibilidades. La libertad del Espíritu no es licencia para desbordes: es docilidad para decir lo que conviene, como conviene y cuando conviene.
Conclusión
El liderazgo y la improvisación son dos caras de una misma fidelidad: servir mejor a la Palabra y a su pueblo. Liderar evangélicamente es ayudar a otros a escuchar a Cristo y a caminar juntos; improvisar con solvencia es dejar que el Espíritu, apoyado en un corazón orante y una mente estudiada, ponga en nuestros labios la respuesta oportuna. En clave dominicana, todo vuelve a los pilares: oración que purifica las intenciones, estudio que robustece la verdad, vida común que corrige los sesgos, misión que mantiene el pulso de la realidad. Propónte esta semana un gesto concreto: pide feedback a tu comunidad sobre tu estilo de conducción y entrena tres “micropiezas” de respuesta breve. Que Santo Domingo nos alcance audacia y mansedumbre para liderar sirviendo e improvisar construyendo. Así, nuestra predicación será, a la vez, luminosa y cercana, fiel a la Verdad y fecunda para la esperanza.