¿Cómo vencer el miedo para predicar?

Síntesis elaborada con el apoyo de inteligencia artificial del capítulo n.º 13 del Curso Formación de Predicadores de Academia Dominicana.

Introducción

En el capítulo anterior profundizamos en el liderazgo del predicador y en técnicas de improvisación, subrayando que la autoridad evangélica nace de la oración, el estudio y la caridad intelectual. Ese marco nos prepara para el desafío de hoy: vencer el miedo a predicar. De poco sirve una excelente preparación si, llegado el momento, el corazón se encoge y la voz se apaga. Aquí abordamos el miedo no como enemigo absoluto, sino como señal a interpretar y energía a encauzar. Reconocer su anatomía —biológica, psicológica y sociocultural— permite transformarlo en prudencia y foco. A la luz de la Biblia, del Magisterio y de la tradición dominicana, proponemos criterios espirituales y estrategias concretas (respiración, contacto visual, interacción, enfoque en el receptor) para pasar del “¿y si fracaso?” al “¡ay de mí si no evangelizo!” (1 Co 9,16). El objetivo es simple y exigente: que cada predicador, desde su vocación concreta, hable con parresía, es decir, con la franqueza que regala el Espíritu (Hch 4,29-31).


1) Nombrar el miedo para poder conducirlo

El miedo es una emoción básica que protege: avisa de riesgos y activa recursos. No es pecado ni defecto; se vuelve problema cuando degenera en pánico que paraliza la mente, el cuerpo y la palabra. En la predicación aparecen variantes: temor a la primera vez, al fracaso o al qué dirán. También existe la glosofobia (miedo a hablar en público) con manifestaciones físicas: sudoración, temblor, cambios de voz, boca seca, mente en blanco. Reconocer sus señales es el primer acto de gobierno interior del predicador.

Desde una lectura integral, el miedo tiene cuatro dimensiones. a) Biológico-neurológica: mecanismo de supervivencia que acelera pulsaciones y atención; bien encauzado, aporta prudencia. b) Evolutiva: experiencias pasadas (propias o ajenas) moldean expectativas futuras; una caída puede volvernos más cuidadosos… o evitativos. c) Sociocultural: creencias del entorno (ridículo, perfeccionismo, burla) condicionan la voz. d) Psicológica: pensamientos automáticos magnifican amenazas invisibles. El predicador maduro no niega ninguna capa: las integra, las observa y decide desde la fe qué hacer con cada señal.

Con Santo Tomás, conviene distinguir pasión y juicio: la pasión puede avisar, pero el juicio —iluminado por la razón y la gracia— decide (cf. S. Th. I-II, q.24). Pedir el don de fortaleza ayuda a que el temor no comande, sino que sirva al bien. Así, el miedo se vuelve prudencia operativa y no jaula interior.

2) ¿A qué tememos realmente cuando predicamos?

Muchas veces no tememos “hablar”, sino exponernos: quedamos a la vista y nos sentimos evaluados. Esa vulnerabilidades humana; el problema surge cuando la mente se llena de narrativas catastrofistas (“me equivocaré”, “haré el ridículo”) y el cuerpo responde con rigidez. Saberlo evita sorprenderse cuando aparezcan palpitaciones, manos frías o tartamudeo: no son fracaso, sino señales de activación que podemos regular. Recordemos: el 75% de las personas reporta ansiedad al hablar en público; no estás solo.

Tres nudos aparecen con frecuencia. Primera vez: la incertidumbre amplifica errores potenciales; la cura es exposición progresiva (pequeños grupos, lecturas breves, testimonios cortos). Fracaso: confundir “equivocarse” con “ser un fracaso” dispara perfeccionismo; la respuesta es criterio (¿qué es realmente esencial?) y misericordia con uno mismo. Qué dirán: Jesús ya advirtió el juicio voluble de la gente (Mt 11,18-19); por eso el criterio último no es agradar, sino ser fiel al Evangelio (Ga 1,10). Detrás de estos miedos suele haber amor a la propia imagen: ahí el antídoto es humildad y caridad.

San Pablo pidió oraciones “para anunciar con parresía el misterio del Evangelio” (Ef 6,19). La valentía cristiana no es temeridad, sino claridad con caridad. Aceptar nuestra fragilidad —y preparar bien— desactiva el mito del control absoluto y nos libera para servir mejor al oyente.

3) Fundamentos espirituales de la valentía cristiana

El miedo se vence descentrándonos. Predicamos “no a nosotros mismos, sino a Jesucristo Señor” (2 Co 4,5). Cuando el foco cambia de “mi desempeño” al bien del oyente y a la gloria de Dios, la ansiedad baja y la intención se purifica. “A hablar en público se aprende hablando en público”, decía Salesman; a predicar se aprende predicando desde la oración, dejando que el Espíritu ponga palabras en la boca (cf. Lc 12,12).

La tradición dominicana enseña: contemplar y dar lo contemplado (Santo Domingo). La oración, la Eucaristía, el Rosario y el estudio no son prólogos piadosos, sino la fuente de la voz. Benedicto XVI pidió preparación técnica, sí, pero ante todo docilidad a la Palabra (Verbum Domini, 59). Si el corazón arde, la lengua encuentra tono y medida (cf. Lc 24,32). Y cuando aparezca la crítica, recordemos a Jesús y a Juan —acusados por lo opuesto—: la fidelidad no depende del aplauso (Mt 11,18-19).

Pide cada día el don de fortaleza y el temor de Dios (que no paraliza, sino ordena). Practica un breve acto de ofrecimiento antes de hablar: “Señor, pon sentinela a mi boca” (Sal 141,3). Con ese eje, la autoimagen se relativiza, y el mensaje —Cristo— ocupa su lugar.

4) Estrategias prácticas para hoy mismo

La valentía se entrena. Ocho prácticas clave: (1) Respiración diafragmática 2-4 (inhalo en 2, exhalo en 4) para regular la activación; (2) Contacto visual amplio, sin fijarse en una sola persona; (3) Ritmo: frases claras, pausas que permitan asimilar; (4) Voz: volumen medio, modulación sin gritar ni susurrar; (5) Cuerpo: postura abierta, manos que acompañen ideas, desplazamientos sobrios; (6) Interacción: preguntas breves, verificación de comprensión; (7) Foco: una idea fuerza repetida; (8) Cierre concreto con llamada a la acción.

Suma recursos para la improvisación sin ansiedad: ganar segundos repitiendo la pregunta; parafrasear cuando no recuerdes una cita exacta; ir al grano con frases cortas; volver a la idea central si el intercambio deriva; usar ejemplos o breves testimonios que aterricen conceptos. Conoce a tu audiencia (edad, contexto, heridas y búsquedas) y adapta el registro: lo mismo no sirve para niños, universitarios o familias migrantes. Ensaya con cronómetro y autoescucha(grabación) para detectar muletillas, velocidad y dicción.

No todo se corrige en un día. Diseña una exposición gradual: lector en misa, breve testimonio, catequesis corta, charla larga. La progresión crea memoria de éxito y transforma el miedo en competencia. Cada paso cuenta.


Conclusión

El miedo a predicar es real, pero gobernable. Comprender su fisiología, sus raíces culturales y sus fantasías mentales evita sobrerreaccionar; anclar el corazón en Dios y en el bien del oyente ordena la intención; practicar técnicas simples —respirar, pausar, modular, mirar, interactuar— convierte la activación en energía comunicativa. La escuela dominicana lo resume: vida de oración, estudio serio, fraternidad y misión sostienen una voz que no busca lucirse, sino servir. Nadie nace hecho: se progresa predicando, corrigiendo con humildad, pidiendo luz al Espíritu y aprendiendo del propio camino. Si hoy sientes temblor, no te retires: da un paso pequeño y fiel. El mundo necesita palabras verdaderas, dichas con mansedumbre y parresía (1 Pe 3,15). Que Santo Domingo nos alcance pasión por la Verdad, y que María, Madre de los predicadores, nos enseñe a decir “sí” sin reservas, para que Cristo sea conocido y amado allí donde tu voz —purificada del miedo— sea enviada.