Meditación Dominical — Domingo XXIX del Tiempo Ordinario
El Evangelio de este domingo presenta una de las exhortaciones más insistentes de Jesús: «Es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). La oración perseverante constituye, según el Señor, la prueba más pura de la fe. En ella se revela la madurez del creyente, que continúa buscando a Dios incluso cuando no experimenta consuelo sensible ni respuestas inmediatas.
Con frecuencia, el orante se enfrenta al aparente silencio divino. En la experiencia espiritual, este silencio no debe interpretarse como ausencia de Dios, sino como pedagogía del Espíritu, que purifica la intención del corazón y conduce al alma hacia una fe más pura y una esperanza más firme.
La parábola de la viuda insistente: pedagogía de la perseverancia
La figura de la viuda que acude incesantemente al juez representa al creyente que no renuncia al diálogo con Dios, aun en la adversidad. Su insistencia no busca doblegar a Dios, sino expresar una confianza que no se quiebra.
En contraposición, el juez injusto simboliza la dureza del corazón humano y la lentitud con que el alma se abre a la justicia de Dios.
Jesús invita a sus discípulos a orar de ese modo: con constancia, humildad y fe. La perseverancia en la oración purifica el amor, porque transforma la búsqueda interesada en un acto gratuito de adoración. En la fidelidad cotidiana, el creyente descubre que la oración no es un medio para obtener, sino un espacio para dejarse poseer por Dios.
Las dos tentaciones del orante
En el camino espiritual aparecen dos tentaciones frecuentes que obstaculizan la vida de oración: la desolación y la distracción.
La desolación espiritual —cuando el alma experimenta sequedad, oscuridad o aparente inutilidad de la oración— es, paradójicamente, un tiempo de maduración. San Juan de la Cruz la describe como «noche del sentido» en la que Dios se oculta para elevar al alma a un amor más puro. Perseverar en medio de la aridez es la forma más alta de caridad hacia Dios.
Las distracciones, en cambio, manifiestan la fragilidad humana. Algunas son voluntarias, fruto de la dispersión interior o de la falta de orden afectivo; otras son involuntarias, consecuencia natural de la debilidad. En ambos casos, la actitud adecuada no es la culpa, sino la humildad. Cada retorno consciente al centro orante del corazón se convierte en un acto de fidelidad.
Tres medios concretos para sostener la oración
La pedagogía de la perseverancia se alimenta de tres disposiciones prácticas que integran lo exterior, lo interior y lo reflexivo.
- El orden externo: reservar un lugar y un tiempo determinados para el encuentro con Dios. La regularidad fortalece la voluntad y educa el deseo. Un espacio sencillo, provisto de la Sagrada Escritura y un signo visible de fe, ayuda a configurar un ámbito sagrado en la vida cotidiana.
- La disposición interior: cultivar el silencio. El mundo moderno se caracteriza por la saturación de estímulos; por ello, el silencio no es evasión, sino condición de encuentro. Apagar los ruidos exteriores e interiores permite que el alma escuche la voz del Espíritu.
- La reflexión espiritual: llevar un diario o cuaderno de oración. Anotar las mociones interiores, peticiones y agradecimientos permite reconocer retrospectivamente la fidelidad de Dios. En este ejercicio de memoria espiritual, la historia personal se convierte en teofanía.
La dimensión escatológica de la fe perseverante
La parábola culmina con una pregunta que atraviesa la conciencia de la Iglesia: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8). Jesús vincula la oración con la perseverancia en la fe. En los tiempos de prueba, la oración no solo sostiene al creyente, sino que mantiene viva la esperanza del retorno del Señor.
La fidelidad orante del cristiano tiene, por tanto, una dimensión escatológica: anticipa la comunión definitiva con Dios. Quien ora sin desfallecer participa ya, en el tiempo, de la constancia eterna del Amor.
La oración perseverante no pretende cambiar a Dios, sino conformar el corazón humano a su voluntad. Es el eco continuo del Fiat de María y del Hágase tu voluntad de Cristo en Getsemaní. En ella el alma aprende que la victoria no consiste en obtener lo pedido, sino en permanecer en la presencia del que ama.
El salmo responsorial ilumina el sentido último de esta enseñanza:
«El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,2).
Perseverar en la oración es reconocer que todo don procede de Dios y que la mayor gracia es poder seguir buscándolo.
La fe madura no necesita resultados para creer; le basta la certeza de que Dios escucha.
Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de una oración constante, humilde y confiada, que sostenga nuestra fe y prepare nuestros corazones para el encuentro definitivo con Cristo.