La Sagrada Escritura utiliza la palabra corazón en diversas ocasiones y con distintos significados, vamos a exponer sintéticamente un poco sobre ello en base a una conferencia del sacerdote pasionista Luis Diez Merino titulada “La revelación bíblica y el corazón de Jesús” en el marco del Congreso Internacional «Cor Iesu, Fons Vitae» de 2007. Esto nos ayudará a profundizar el porqué es tan importante para nosotros este símbolo del amor del Señor.
En el Antiguo Testamento, el término “corazón” sirve para designar en ocasiones la región cardíaca, el pecho u órgano, por ejemplo el libro de Oseas en un lugar lo hará equivaler a un término traducido por “membranas” (cf. Os 13, 8), otras veces en el contexto de la batalla se utiliza para señalar la parte del cuerpo que se ataca en un combate (cf. 2 Sam 18, 14). En otras ocasiones adoptará un sentido figurado dando a entender: La sede de la vida física (cf. Gn 18, 5), la sede de la vida interior (cf. Ez 22, 14), la sede las funciones intelectivas (cf. Si 1, 16), la sede de la vida volitiva (cf. 1 Sam 13,14), sede la vida moral y religiosa (cf. Jer 32, 40) o de la ciencia y virtud (cf. Sal 7, 119). Así se habla del interior o fondo de las cosas, particularmente del interior del hombre, su inteligencia, voluntad, sentimientos o sus inclinaciones, dando a conocer su bondad o malicia, revelando la esencia de una persona.
Los llamados salmos de la Pasión, por su parte, anuncian los sentimientos del Redentor Sal 15, 9 que Pedro pone en labios del Mesías (cf. Hch 2, 26); o el Sal 22, 15 que en tiempos de san Justino se adjudicaba para los sentimientos de Jesús, o el sal 69, 21 en los que los Padres veían un preludio del Getsemaní.
Así podemos decir que por corazón en la mentalidad del Antiguo Testamento se entendía o el corazón físico, órgano del cuerpo humano; o en sentido metafórico-poético, como la sede la vida psico-espiritual, de las facultades intelectuales o del querer y las decisiones.
En la filosofía de la época también se le atribuían las funciones psicológicas, poniéndolo en contacto íntimo con las facultades sensitivas, la sede la razón (sentir, querer y pensar); o referido a la naturaleza se entendía como lo más íntimo a las cosas.
También se utiliza la palabra corazón respecto al hombre como el lugar donde habita Dios en el cristiano (cf. Rom 5,5; Ef 3, 17) y en donde se decide la salvación y la sede de la fuerza vital (cf. Lc 21, 34). Es donde Dios actúa (cf. Lc 16, 15) y al mismo tiempo, es la sede de la respuesta del hombre (cf. Mc 11, 23) puesto que es centro de la vida interior, de los sentimientos, afectos, deseos y pasiones (cf. Hch 2, 26; Jn 16, 6; Rom 10, 1) del entendimiento (cf. Mc 7, 21) de la voluntad (cf. 2 Cor 9, 7) y de su personalidad (1 Pe 3, 4). Es la raíz de todo el obrar humano (cf. Lc 8, 27)
Dos momentos importantísimos para la espiritualidad del Corazón de Cristo los encontramos, uno en san Pablo, que dirá que ama en las entrañas de Cristo (cf. Ef 7-8) y en este amor entrañable imitaría a Jesús (cf. Flp 1, 21)
Aquí pueden encontrar su fundamento bíblico los actos esenciales de la espiritualidad que se desarrollarán más adelante, así como una base sólida para presentarla como camino de unión con Jesucristo, meta última de la vida cristiana. Otro será la identificación metafísica de Dios con el amor, el cual se ha manifestado de Jesucristo: Dios es sustancialmente Amor.
“Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.” (1 Jn 4, 8-10)
La palabra «corazón» es utilizada en la Sagrada Escritura para designar la interioridad del hombre, desde el cual se configura su identidad, existiendo dos dimensiones de este espacio interior: la primera, una asociación entre alma y corazón para expresar un sentir en torno a un deseo o decisión (cf. Os 2, 16; Gn 34, 3; Jc 19, 3); la segunda, se refiere a la libertad espiritual que se configura entorno a la responsabilidad personal y la inspiración divina. El corazón es el lugar donde se inscriben o se conciben las acciones que se ejecutarán y las palabras que se hablarán
“¿Qué es, pues, el corazón? el corazón es el interior del hombre… Es él quien reúne y unifica el ser. Como tal, el corazón ‘piensa’ y el corazón ‘quiere’. Es a la vez el centro y la fuente de cada uno de entre nosotros. De aquí se deduce que, no teniendo el hebreo palabras para designa la conciencia moral, es el corazón el que hace, simbólicamente, sus veces” (P. Luis Diez Merino)