Cuando Dios se deja encontrar

Epifanía, camino, ofrenda y salvación

Hay momentos en la vida en los que no sabemos explicarlo todo, pero sentimos con claridad que no podemos quedarnos donde estamos. Algo nos inquieta, nos atrae, nos saca de la rutina. Así comienza también la Epifanía del Señor: no como una lección teórica sobre Dios, sino como una historia de búsqueda, de corazones que se ponen en camino porque han intuido que la vida no se agota en lo inmediato. La Epifanía nos recuerda que Dios no se esconde del hombre, sino que se manifiesta a quienes lo buscan con sinceridad, aun cuando su búsqueda sea imperfecta, inicial o llena de preguntas.

La palabra “epifanía” significa manifestación. La Iglesia celebra en esta solemnidad que Jesucristo se manifiesta como Salvador universal, no solo para un pueblo, sino para todas las naciones. Por eso la liturgia une tres acontecimientos que revelan progresivamente quién es Él: la visita de los magosel bautismo del Señor en el Jordán y las bodas de Caná. En Belén, Cristo se manifiesta a los paganos; en el Jordán, el Padre lo revela como Hijo amado y el Espíritu desciende sobre Él; en Caná, Jesús manifiesta su gloria transformando el agua en vino y sus discípulos creen. Tres escenas distintas, un mismo anuncio: Dios ha salido al encuentro del mundo para salvarlo.

El relato de los magos es especialmente elocuente. Son extranjeros, no pertenecen al pueblo de la Alianza, no conocen las profecías de Israel. Sin embargo, leen los signos, disciernen, se ponen en camino y perseveran. No tienen certezas absolutas, pero sí una gran honestidad interior. Representan a tantos hombres y mujeres de hoy que quizá no conocen explícitamente a Jesucristo, o que solo han recibido una imagen fragmentada o superficial de la fe, pero que buscan la verdad, la felicidad, la plenitud. En esos deseos profundos, aun sin saberlo, Dios ya se les está manifestando.

En contraste aparece la figura de Herodes el Grande. Vive cerca del Templo, rodeado de escribas que conocen las Escrituras, pero no percibe nada hasta que los magos lo inquietan. Y cuando se entera, lejos de alegrarse, se siente amenazado. No busca al Niño para adorarlo, sino para eliminarlo. Su problema no es la ignorancia, sino el corazón cerrado. Conoce datos religiosos, pero no está dispuesto a dejar que Dios reine en su vida. La Epifanía desenmascara así una tentación permanente: estar cerca de lo sagrado sin dejarnos transformar por él.

Estas dos actitudes atraviesan también nuestro tiempo. Hay quienes no han oído hablar de Cristo, otros que lo conocen solo desde un cristianismo cultural, y también estamos nosotros, los que hemos tenido la gracia de conocerlo un poco más. Aquí surge una pregunta clave: si hemos recibido más luz, ¿no deberíamos estar más cerca de Él, adorándolo y dejándonos conducir por su presencia? El inicio del año suele despertar propósitos buenos: rezar más, no faltar a la misa dominical, integrarse a una comunidad, cuidar la vida espiritual. Pero también aparecen los “Herodes” del camino: desánimos, críticas, decepciones, personas que desacreditan, o incluso nuestras propias inseguridades. La Epifanía nos enseña que una vez reconocido el camino, hay que perseverar, volver a preguntar, discernir y seguir adelante.

Los magos no se detienen en Jerusalén. Siguen buscando hasta llegar al lugar donde está el Niño. Y cuando lo encuentran, el Evangelio es claro: “Entraron en la casa, vieron al Niño con María su madre y, postrándose, lo adoraron”. La búsqueda culmina en la adoración. Pero inmediatamente aparece otra pregunta esencial: ¿qué ofrecer?. Ellos abren sus cofres y presentan oro, incienso y mirra. No son regalos decorativos; son una confesión de fe hecha con la propia vida.

En la Santa Misa esta escena se vuelve sorprendentemente actual. La Eucaristía no es, en primer lugar, acerca de nosotros, sino el sacrificio de Cristo que ofrecemos al Padre. Es un acto de adoración, acción de gracias, alabanza y reconciliación. Y, sin embargo, estamos invitados a unirnos a ese sacrificio ofreciendo también nuestros dones. 

El oro simboliza todo lo valioso y concreto de nuestra vida: el trabajo honesto de cada día, el esfuerzo por sostener la familia, el cansancio de madrugar, la responsabilidad asumida con fidelidad, las pequeñas renuncias hechas por amor. Es el oro de una vida entregada sin aplausos, pero con constancia.

El incienso representa la oración que brota del corazón: la acción de gracias por lo recibido, la súplica humilde en la necesidad, la adoración silenciosa cuando faltan las palabras, la intercesión por los que amamos y por los que sufren. Es el incienso de las lágrimas rezadas, del rosario perseverante, de la breve oración hecha en medio del trabajo, del suspiro que se eleva cuando ya no sabemos qué decir. Todo eso, ofrecido con fe, sube como perfume agradable ante Dios.

La mirra, finalmente, toca la dimensión más delicada y profunda. Es el símbolo del sufrimiento: las enfermedades, las pérdidas, las frustraciones, las heridas que no terminan de cerrar, las cruces que no elegimos. Ofrecer la mirra no significa resignarse pasivamente, sino unir el dolor a la cruz de Cristo, darle sentido, permitir que se vuelva fecundo. Es decir con fe que incluso lo que duele puede ser lugar de salvación cuando se entrega con amor.

Y aquí se abre la clave final de la Epifanía. Lo que no podemos olvidar es que el Niño que nace en Belén no es solo un signo de ternura, sino el Salvador. Se manifiesta para rescatarnos, para iluminar nuestras búsquedas, para sanar nuestras heridas y conducirnos a la vida plena. La Epifanía nos recuerda que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro, que ninguna búsqueda sincera queda sin respuesta y que todo el que se atreve a adorarlo con humildad descubre que, al final del camino, no ha encontrado solo una estrella, sino al Amor que salva.

IMG: «Adoración de los magos» de Murillo