Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base
Tema: El Bautismo de Jesús
Fecha: 07 de enero de 2026
Frase: “Cristo se bautiza no para hacerse hijo de Dios sino para revelarse que es Hijo de Dios. Cristo se bautiza no por una necesidad para él sino por una necesidad para nosotros, revelarse, presentarse.” (San Óscar Romero)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Is 42, 1 -4. 6-7. Mirad a mi siervo, a quien prefiero.
• Sal 28. El Señor bendice a su pueblo con la paz.
• Hch 10, 34-38. Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
• Mt 3, 13-17. Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.
Para animar el diálogo inicial:
—¿Dónde percibimos hoy, en nuestra comunidad o en nuestra sociedad, los signos del Espíritu que sigue descendiendo y obrando en medio de las personas?
—¿Qué situaciones de opresión, violencia o desesperanza nos muestran que el mundo sigue necesitando que ‘los cielos se abran’ y que la paz de Dios alcance a su pueblo?
2. Catequesis (Juzgar)
El Bautismo de Jesús en el río Jordán constituye el umbral luminoso de su vida pública y el punto de partida de la redención. En este acontecimiento, Dios se manifiesta en la historia: el Hijo se sumerge en las aguas de la humanidad, el Espíritu desciende sobre Él en forma de paloma, y la voz del Padre proclama su complacencia. La Iglesia nos enseña que este momento es “la manifestación (Epifanía) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 535). Pero más allá de un signo visible, este misterio revela la obediencia del Hijo que asume la culpa del mundo, inaugura la nueva creación y nos abre el camino hacia la filiación divina. Contemplar el Bautismo de Cristo es entrar en el corazón del amor trinitario que salva y santifica.
El Bautismo de Cristo: Epifanía del Hijo y obediencia del Siervo
El Bautismo del Señor al inicio de su ministerio: “El comienzo de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 535). Juan proclamaba un bautismo de conversión, y en medio de los pecadores “entonces aparece Jesús”. En este gesto, el Hijo de Dios se pone en la fila de los hombres que buscan el perdón. No por necesidad, sino por amor, desciende al agua para solidarizarse con quienes había venido a salvar. Esta humildad desconcertante revela el corazón del plan divino: el que no conoció pecado se deja contar entre los pecadores para redimirlos desde dentro.
“El Unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo, ya. Que Él lo posee como algo propio y en Él se comunica a los demás, como ya dijimos antes, sino que lo recibe en cuanto que, al hacerse hombre, recapitula en sí toda la naturaleza para restaurarla y restituirle su integridad primera. Es fácil, pues, de comprender; por lógica natural y por el testimonio de la Escritura, que Cristo recibió en su persona el Espíritu, no para sí mismo, sino más bien para nosotros, ya que por Él nos vienen también todos los demás bienes” (San Cirilo de Alejandría, Sobre el Evangelio de Juan V, 2)
El Bautista duda, pues comprende la incongruencia aparente: el Santo se somete a un rito de purificación. Pero Jesús responde: “Está bien que cumplamos así toda justicia” (Mt 3,15). En el lenguaje de la fe, “cumplir toda justicia” significa realizar plenamente la voluntad del Padre, aceptar el camino que Dios ha trazado para la salvación del hombre. “El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 536). En el Jordán, Cristo pronuncia su “sí” definitivo, el mismo que repetirá en Getsemaní. Se entrega totalmente a la voluntad del Padre, que lo envía como Cordero para cargar con el pecado del mundo.
El Bautismo en el caso de Jesús, entonces, no es un rito de purificación, sino una consagración mesiánica: el Padre proclama, “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22), y el Espíritu desciende sobre Él. La obediencia del Hijo abre los cielos cerrados por el pecado, y el diálogo trinitario interrumpe el silencio de siglos.
En esta escena, la humanidad es invitada a contemplar lo que había perdido: la comunión con Dios. Así comienza la redención, no desde un hecho altamente llamativo, sino desde la humildad y la solidaridad con los pecadores.
“Este es mi Hijo amado: el que pasa hambre y alimenta a muchedumbres innumerables, el que se fatiga y rehace las fuerzas de los fatigados, el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que sufre y remedia todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da la libertad al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán” (San Hipólito, Sermón de la santa Teofanía)
El Bautismo del Señor: anticipación de la cruz y principio de la nueva creación
El Catecismo enseña que el Bautismo de Jesús “anticipa ya el ‘bautismo’ de su muerte sangrienta” (n. 536). La inmersión en las aguas del Jordán es imagen del descenso a la muerte; su salida, signo profético de la resurrección. En esas aguas, Jesús se sumerge llevando consigo el peso del pecado de la humanidad. En la cruz, esa entrega alcanzará su plenitud. El Bautismo, por tanto, es el primer paso de la pasión: Cristo inicia su ministerio aceptando la muerte por amor. Su descenso no es simbólico, sino real en su intención redentora: entra en las aguas turbias del mundo para transformarlas en fuente de vida.
El mismo número del Catecismo afirma que “por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados” (n. 536). El amor es la clave que explica el Bautismo del Señor: un amor obediente, sacrificial y universal. En Él, el Espíritu Santo que había descendido sobre las aguas de la creación vuelve a descender, ahora sobre el Hijo encarnado, para santificar toda la realidad humana. “En su bautismo ‘se abrieron los cielos’ que el pecado de Adán había cerrado, y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación” (n. 536).
“Hoy el Espíritu Santo se cierne sobre las aguas en forma de paloma, para que, así como aquella otra paloma anunció a Noé que el diluvio había cesado en el mundo, así ahora ésta fuera el indicio por el que los hombres conocieran que había terminado el naufragio del mundo” (San Pedro Crisólogo, Sermon 160)
El Jordán se convierte así en símbolo cósmico. En el principio, el Espíritu aleteaba sobre las aguas del caos; en el Jordán, el mismo Espíritu reposa sobre el Hijo para inaugurar el mundo nuevo. El Bautismo de Cristo es el amanecer de la creación redimida. Por Él, las aguas de la tierra quedan purificadas y se transforman en instrumento de salvación. Allí donde antes había oscuridad y distancia, ahora hay luz y comunión. Los cielos abiertos anuncian que Dios ha vuelto a hablar al hombre, y que el hombre puede, por fin, escuchar la voz del Padre.
Participación del cristiano en el Bautismo de Jesús
“Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 537). Este misterio no es sólo un recuerdo del pasado, sino una realidad viva en la que cada creyente participa. Ser bautizado significa entrar en el mismo movimiento de Cristo: descender con Él al agua, morir al pecado, y resucitar a una vida nueva en el Espíritu. La gracia bautismal nos configura con el Hijo y nos introduce en su filiación divina. “Debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre” (n. 537).
La vida cristiana es una prolongación del Bautismo de Cristo. En cada acto de humildad, de obediencia o de conversión, el creyente revive el descenso de Jesús al Jordán. En cada gracia recibida, revive también su salida gloriosa del agua, cuando el cielo se abrió y el Espíritu descendió. En este sentido, la espiritualidad cristiana clásica ve en el Bautismo la raíz de toda vida espiritual: morir al hombre viejo y renacer al hombre nuevo en Cristo.
Los Padres de la Iglesia lo expresaron con claridad. “El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia y lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo”. (San Hipólito, Sermón en la santa Teofanía)
Estas palabras resumen el sentido espiritual más profundo del Bautismo: es la participación real en la Pascua de Cristo, la comunión con su muerte y su resurrección, la incorporación al misterio trinitario que salva. La pregunta por el Bautismo de Cristo nos hace preguntarnos por cómo estamos viviendo nuestro propio Bautismo.
Conclusión
El Bautismo de Jesús en el Jordán es el inicio de la salvación y la primera revelación trinitaria en la historia. En él, el Hijo obedece, el Espíritu consagra, y el Padre se complace. Es el momento en que el cielo se abre para siempre y el hombre vuelve a escuchar la voz divina que lo llama hijo. A partir de ese día, toda agua bautismal es prolongación de aquel río santificado; todo bautizado, eco de aquella voz que proclamó: “Este es mi Hijo amado”.
Este misterio nos invita a la contemplación y a la conversión. Contemplación, para reconocer en Jesús al Siervo obediente y al Hijo amado. Conversión, para vivir en nosotros lo que Él realizó en el Jordán: morir al pecado, renacer al Espíritu y vivir como hijos del Padre. Así, el Bautismo de Cristo no queda en el pasado, sino que se actualiza en cada vida que se abre a la gracia. En las aguas del Jordán comienza el Evangelio; en las aguas del Bautismo comienza nuestra vida nueva. Allí, Dios se abaja hasta el hombre para elevarlo hasta el cielo. Ese es el misterio del amor que desciende, salva y transforma: el misterio del Bautismo de Jesús.
3. En comunión con nuestra Arquidiócesis (DSI)
Como Arquidiócesis de San Salvador siguiendo las líneas de nuestro plan pastoral hemos de buscar formarnos en Doctrina Social de la Iglesia, para ello comenzamos hoy una sección especial apoyándonos en el DOCAT un subsidio pastoral que se publicó para hacer accesible los temas del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, iremos desarrollándolo brevemente a lo largo del año.
Creados por amor, llamados a la libertad y a la responsabilidad (1)
Dios no creó el mundo ni al ser humano por casualidad, sino según un plan lleno de sentido, cuyo hilo conductor es el amor. Toda la creación responde a una intención sabia y buena: que el ser humano viva en relación con Dios y aprenda a amar como ha sido amado. Dios es el origen y el fundamento de todo lo que existe; todo depende de Él y hacia Él se orienta. Por eso, la existencia no es absurda ni cerrada en sí misma, sino abierta a un destino último. Dios no solo da el ser, sino que sostiene continuamente la creación y le da su finalidad, de modo que todo encuentra su verdad más profunda cuando se comprende desde Él.
Esta verdad sobre Dios tiene consecuencias directas para la vida humana. Si Dios es el creador, entonces es también la medida del bien y el criterio de una vida justa. En Él descubrimos qué significa vivir bien y obrar rectamente. La vida humana tiene una orientación inscrita en lo más profundo de la persona, como un “ADN” espiritual que señala el camino del amor, la justicia y la solidaridad. Los cristianos no actúan movidos solo por normas externas, sino como respuesta al amor primero de Dios, que da sentido a la moral y hace posible una convivencia más humana y fraterna.
Al mismo tiempo, el ser humano experimenta su propia fragilidad: no se ha dado la vida a sí mismo, es finito y vive en un mundo marcado por la injusticia y el sufrimiento. Sin embargo, en su interior habita un deseo de infinito, una nostalgia de eternidad que atraviesa todas las culturas. Dios creó el mundo bueno, pero el rechazo de su amor introdujo el mal y el pecado en la historia. Aun así, Dios respeta la libertad humana, porque solo en la libertad es posible amar de verdad. Esta libertad implica riesgo y responsabilidad, pero también la posibilidad de volver a Dios y ser reunidos por Él en la gran familia de su Iglesia.
4. Edificación espiritual (Actuar)
¿Qué me enseña el gesto de Jesús al bautizarse junto a la gente sencilla sobre cómo debo vivir la humildad en mi vida diaria?
· ¿Creo de verdad que Dios me dice también a mí: “Tú eres mi hijo amado”? ¿Cómo puedo vivir con más confianza en ese amor?
· ¿En qué cosas concretas siento que el Espíritu Santo me invita hoy a hacer el bien y servir a los demás?
· ¿Cómo estoy viviendo mi propio Bautismo? ¿Qué tanto se nota en mi forma de hablar, de decidir y de tratar a los demás que soy hijo de Dios?
· ¿Qué aspecto de mi vida necesita renacer o cambiar para vivir más unido a Jesús y al Espíritu que recibí en mi Bautismo?
(DSI)¿Cómo vivimos hoy, personal y comunitariamente, la libertad y la responsabilidad que nacen de sabernos creados por amor y llamados a responder al amor de Dios?