Apuntes para la homilía dominical
El Bautismo del Señor no es un recuerdo litúrgico más al inicio del tiempo ordinario ni un simple episodio de transición entre la vida oculta de Jesús y su ministerio público. Es uno de los momentos más reveladores del misterio de Cristo. En el Jordán, Jesús no se acerca al agua como quien necesita purificación, sino como quien elige ponerse en nuestro lugar. El Hijo eterno del Padre, sin pecado, entra en las aguas reservadas a los pecadores para comenzar desde ahí su misión salvadora. Antes de predicar, antes de hacer milagros, antes de llamar discípulos, Cristo decide descender hasta el fondo de la condición humana herida y abrirle nuevamente el cielo.
Cristo se coloca en nuestro lugar
El Bautismo de Jesús es un acto libre, profundamente revelador y teológicamente iluminador. Él entra en el Jordán no por necesidad personal, sino por obediencia amorosa al Padre y por solidaridad con la humanidad caída. En ese gesto inaugural, Jesús asume desde el inicio el peso del pecado del mundo. Su Bautismo anticipa toda su entrega: es ya un primer descenso que anuncia la cruz. Allí se revela con claridad que la salvación no vendrá desde la imposición del poder ni desde la distancia de un Dios inaccesible, sino desde la cercanía, la humildad y la obediencia filial del Hijo amado.
En las aguas del Jordán, Jesús consagra la historia humana desde dentro. Abre el cielo, deja oír la voz del Padre y manifiesta que el camino de Dios pasa por la comunión, no por la exclusión; por la cercanía, no por el dominio. El Jordán se convierte así en el lugar donde comienza a mostrarse el modo propio de actuar de Dios: un Dios que salva descendiendo.
El Bautismo: identidad que debe crecer
Nuestro Bautismo brota directamente de este acontecimiento y recibe de él todo su sentido. Nosotros no entramos al agua para representar a otros, sino para ser incorporados a Cristo, para morir con Él al pecado y nacer a una vida nueva como hijos de Dios. Lo que en Jesús fue misión redentora y entrega vicaria, en nosotros se convierte en gracia y vocación. El Bautismo no es solo un rito del pasado ni un requisito social o religioso; es el origen real de una existencia nueva, llamada a crecer, a madurar y a dar fruto.
Por el Bautismo somos introducidos en una relación filial con el Padre, hechos miembros vivos del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y puestos en camino de santidad. El Bautismo no es un recuerdo del pasado, sino el origen real de una vida nueva. Esa vida no está llamada a quedarse estancada ni a reducirse a una fe meramente cultural. Está destinada a desarrollarse, a configurarse progresivamente con Cristo y a expresarse en una existencia transformada.
Cuando los números crecen… y la pregunta permanece
El fin de semana pasado, al iniciar las inscripciones a la catequesis básica, los coordinadores comenzaron a escribirme casi de inmediato. Al finalizar ese primer domingo, el dato era claro: 93 niños inscritos. La alegría fue sincera; ver a tantas familias acercarse y confiar a sus hijos a la catequesis siempre es motivo de gratitud. Sin embargo, junto a esa alegría volvió una pregunta insistente: ¿sabemos realmente lo que esto implica? ¿Lo saben los padres de familia, los niños, los catequistas?
Algo similar ocurrió en diciembre, cuando el número de bautismos fue más alto de lo habitual. La pila bautismal estuvo concurrida, las celebraciones llenas, las familias presentes. Y, una vez más, apareció la misma sensación: no tenemos dificultad para inscribirnos, pero sí para comprender y vivir lo que celebramos. Con frecuencia, la fe cristiana parece reducirse a cumplir un paso, a “venir a un curso”, a recibir un sacramento como quien marca una casilla pendiente. Lo constato también cuando escucho frases como: “Padre, yo ya tengo mis sacramentos”, mientras la participación en la Eucaristía dominical es escasa o inexistente, y la vida comunitaria prácticamente ausente.
Entonces surge la pregunta más honda: ¿qué será de tantos que han pasado por aquí? Tantos bautizados, tantos que hicieron la Primera Comunión, tantos confirmados, y sin embargo los grupos parroquiales siguen siendo una minoría. El Bautismo del Señor, por eso, no es para mí una celebración más. En el Jordán, Jesús no cumple un requisito: inaugura una relación, asume una misión, abre un camino. El Bautismo no es el final de nada, sino el comienzo de todo. Volver a él es volver a esa pregunta incómoda pero necesaria, la que no se responde con números, sino con vidas verdaderamente transformadas.
La iniciación cristiana como camino de vida
A la luz de esta experiencia pastoral concreta, se vuelve aún más claro que la iniciación cristiana no puede reducirse a una suma de celebraciones aisladas. No es un trámite administrativo ni un simple itinerario formativo. Es un proceso vital, un camino de configuración progresiva con Cristo. Se apoya en tres grandes sacramentos —Bautismo, Eucaristía y Confirmación— que no solo se celebran una vez, sino que están llamados a ser vividos cada día como fuente permanente de identidad y misión.
El Bautismo, en primer lugar, no nos convierte simplemente en personas religiosas; nos hace hijos. Ser hijo no es solo afirmar que Dios existe, sino vivir desde una relación personal con Él. El hijo confía, se sabe acompañado, aprende a obedecer desde el amor y camina con esperanza. Una fe que se queda únicamente en la idea de un Dios lejano, sin trato filial ni abandono confiado, es una fe bautismalmente inmadura. Pero no sólo se trata de relación personal sino de vida comunitaria, porque con el don de la filiación divina viene también de la unión al Cuerpo Místico de Cristo, soy incorporado a Él, soy miembro de la santa Iglesia y por tanto también de una comunidad de hermanos, de hecho como bautizados nuestra oración al ser elevada al cielo comienza diciendo “Padre Nuestro”, no vamos solos, tenemos una comunidad que nos respalda. La identidad recibida en el Bautismo necesita ser acogida conscientemente y cultivada en la vida diaria.
La Eucaristía es el alimento ordinario de esa vida bautismal. No es un simple cumplimiento dominical ni una práctica devocional aislada. En ella, Cristo reúne a sus hermanos, renueva su entrega y edifica a la Iglesia como un solo Cuerpo. Participar en la Eucaristía no es solo “estar presentes”, sino dejarnos transformar, reconciliar y enviar. Cuando venimos a la santa Misa nos encontramos ante el santo sacrificio de Cristo en el Calvario, desde elevamos nuestras oraciones de adoración, acción de gracias, expiación y súplica. Escuchamos su palabra de vida eterna y nos alimentamos con Santísimo Cuerpo y Preciosísima Sangre. La Misa dominical por ejemplo da el tono a toda nuestra vida a lo largo de la semana (y dichosos nosotros si podemos incluso participar de ella más frecuentemente). Una vida bautismal que se nutre de la Eucaristía se fortalece continuamente y asume la vida de la gracia como esa fortaleza interior que le impulsa a caminar
La Confirmación, finalmente, no es un sacramento de despedida o graduación, sino de madurez cristiana. En ella, el Espíritu Santo nos unge para hacernos adultos en la fe, capaces de discernir, servir y comprometernos activamente en la vida de la Iglesia. Somos ungidos para ser testigos del Resucitado. El Espíritu no nos es dado para observar desde fuera, sino para edificar desde dentro; no para permanecer espectadores, sino para asumir responsabilidades en la misión evangelizadora. Qué hermoso es comenzar nuestras jornadas invocandolo con aquellas palabras “Ven Espíritu Santo” y que renueve día con día aquel ardor con el que sopló en Pentecostés, que ilumine nuestro entendimiento para discernir la voluntad divina y que nos haga sal y luz en medio de todos los lugares que tengamos que atravesar.
Hijos, no espectadores
Hay una verdad que no puede olvidarse: el Bautismo del Señor nos recuerda la inmensa dignidad que hemos recibido al ser hechos hijos de Dios en Jesucristo. No caminamos por la vida como huérfanos ni como simples buscadores a tientas, sino como hijos que saben de quién son y hacia quién van. Esta filiación nos permite vivir con confianza incluso en medio de la fragilidad y de la prueba, porque tenemos un Padre que cuida, sostiene y acompaña.
Pero esta dignidad es también una llamada exigente. Ser hijos no es solo un privilegio; es una misión. Si hemos sido hechos hijos de Dios, entonces cada persona posee una dignidad inviolable, que no depende de su utilidad, de su éxito ni de su situación social. Nadie es descartable, nadie es invisible, nadie es solo un problema. Así como Jesús, el Hijo amado, se colocó al lado de sus hermanos para conducirlos al Padre, también nosotros, desde nuestro Bautismo, estamos llamados a caminar con otros, a no vivir una fe encerrada en lo privado y a ayudar a que nuestros hermanos descubran y entren en la comunión viva con Dios.
Volver al propio Bautismo es siempre volver al lugar donde Cristo salió a nuestro encuentro. ¿Qué haremos hoy para vivir más plenamente como hijos de Dios?