El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base

Fecha: 15/01/2026

Frase: “…se llama pascual este misterio de Cristo porque Cristo en aquella cena y desde que Juan Bautista lo presentó al mundo, lo llamó el Cordero Pascual. Ese es el cordero que se inmola en la Pascua y que los israelitas comen para significar su protección de Dios, su sacrificio a Dios. Aquel Jueves Santo, cuando todas las familias hebreas comían el cordero pascual, Cristo también con sus discípulos comía un corderito pero él estaba pensando que ese cordero ya iba a terminar su misión: «Mañana Viernes Santo seré yo, colgado en una cruz, el cordero sangriento que quita los pecados del mundo». ¡Cordero Pascual!” (San Óscar Romero, Homilía 9 de abril de 1978)

1.   Celebración de la Palabra (Ver)

  • Is 49, 3. 5-6. «Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el confín de la tierra.»
  • Sal 39 «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.»
  • 1 Co 1, 1-3 «A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.»
  • Jn 1, 29-34 «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» (Jn 1,29)

Pregunta para abrir el diálogo:
Al mirar la realidad de nuestra familia, de la comunidad y de la sociedad, ¿en qué situaciones se percibe con mayor fuerza la necesidad de una luz que sane, perdone y devuelva esperanza?

2.   Catequesis (Juzgar)

El Evangelio según san Juan sitúa el testimonio de Juan Bautista en un momento clave del inicio de la vida pública de Jesús. No se trata de un simple dato narrativo, sino de una escena cuidadosamente elaborada para revelar quién es Jesús y cuál es el sentido profundo de su misión. Juan no se limita a señalar a un hombre concreto entre la multitud; proclama una verdad que da forma a toda la fe cristiana: en Jesús se manifiesta la respuesta definitiva de Dios al drama del pecado y a la búsqueda de salvación inscrita en el corazón humano.

El contexto es significativo. Jesús aparece en las cercanías del Jordán, en un ambiente marcado por la conversión y la expectativa. Muchos acudían al Bautista reconociendo su necesidad de purificación y de un cambio de vida. Sin embargo, cuando Jesús se acerca, Juan reconoce que está ante alguien cualitativamente distinto. La señal decisiva no es externa ni espectacular: el Espíritu desciende y permanece sobre Él. En la tradición bíblica, el Espíritu que reposa de manera estable indica elección, plenitud y misión. No se trata de un don pasajero, sino de la presencia permanente de Dios que consagra y envía. Por eso Juan puede afirmar que Jesús es aquel que bautiza en el Espíritu Santo, es decir, el que no solo invita a la conversión, sino que comunica una vida nueva desde dentro.

La expresión central del pasaje —«Cordero de Dios»— concentra en sí misma una rica herencia bíblica. El cordero es imagen de inocencia y mansedumbre; evoca al siervo anunciado por Isaías, que carga con el pecado de muchos sin abrir la boca, y remite también al cordero pascual cuya sangre marcó el inicio de la liberación de Israel. En Jesús, estas figuras no se excluyen, sino que se cumplen plenamente. Él es el inocente que asume libremente una misión que lo conduce al don total de sí; es el siervo fiel que realiza el designio de Dios; es el cordero pascual que inaugura un nuevo éxodo, no ya de una esclavitud externa, sino de la esclavitud más profunda del pecado.

El Evangelio afirma que Jesús “quita” el pecado del mundo. Esta expresión no debe entenderse de manera superficial. No se trata solo de señalar el pecado o de condenarlo, sino de hacerlo desaparecer, de privarlo de su dominio sobre la vida humana. El pecado aparece así no como una fatalidad inevitable, sino como una realidad vencida por la intervención amorosa de Dios. La obra de Cristo no se reduce a ofrecer un ideal moral elevado; introduce una fuerza nueva, una gracia que purifica y recrea al ser humano desde lo más profundo.

El origen de esta obra salvadora no está en el mérito humano, sino en la iniciativa absoluta de Dios. La fe cristiana se apoya en esta verdad fundamental: Dios ama primero. No espera a que el ser humano sea justo para acercarse a él; se adelanta con un amor que busca, sana y levanta. Esta enseñanza atraviesa toda la Escritura y encuentra una formulación clara en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10; cf. 1 Jn 4, 19). “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 604)

Esta afirmación ilumina de manera directa el testimonio de Juan Bautista. Jesús es el Cordero precisamente porque su entrega es expresión de un amor que no se calcula ni se reserva. Dios no reacciona ante el pecado; sale al encuentro del ser humano con un designio de salvación que lo precede. Esta primacía del amor divino protege la fe cristiana de una comprensión moralista o voluntarista, en la que todo dependería del esfuerzo humano. El punto de partida es siempre la gracia.

La universalidad de esta salvación está ya implícita en la expresión “pecado del mundo”. No se trata de una culpa aislada, sino de una realidad que afecta a toda la humanidad. Cristo no muere por un grupo reducido ni por una élite espiritual; su entrega alcanza a todos sin excepción. Esta verdad se despliega en la enseñanza de la Iglesia al afirmar que toda la vida de Jesús es una ofrenda al Padre, orientada de manera constante a la salvación del hombre. No solo el final de su vida, sino cada momento de su existencia está marcado por esta disponibilidad total.

«El Hijo de Dios “bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado”… Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora… El sacrificio de Jesús “por los pecados del mundo entero” es la expresión de su comunión de amor con el Padre.»(Catecismo de la Iglesia Católica n. 606)

Esta obediencia no es una sumisión ciega, sino la expresión de una comunión de amor. Jesús vive orientado hacia la voluntad del Padre porque esa voluntad es vida, verdad y salvación para el hombre. Por eso su pasión no aparece como un accidente inesperado, sino como la culminación coherente de una existencia entregada. El Evangelio permite comprender que la cruz no contradice la misión de Jesús, sino que la revela en toda su profundidad.

El Catecismo retoma explícitamente el testimonio del Bautista para mostrar cómo en Jesús convergen las figuras del Siervo doliente y del cordero pascual:

«Juan Bautista… vio y señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”… Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente… y el cordero pascual símbolo de la Redención.» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 608)

De este modo se comprende que la obra de Cristo no se limita a borrar una culpa jurídica, sino que introduce una vida nueva, marcada por la santidad y la comunión con Dios. El pecado es vencido porque el ser humano es transformado interiormente por el don del Espíritu. Por eso el Evangelio une inseparablemente la imagen del Cordero con la del que bautiza en el Espíritu Santo: la redención no es solo perdón, sino también renovación.

Finalmente, la fe cristiana confiesa que esta entrega de Cristo es libre y voluntaria. Jesús no es arrastrado a la muerte por fuerzas externas; se encamina hacia ella con soberana libertad, movido por el amor al Padre y a los hombres. En su humanidad, acepta plenamente este amor y lo lleva hasta el extremo.

«Jesús… aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres… “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente”.»(Catecismo de la Iglesia Católica n. 609). Desde esta perspectiva, el testimonio de Juan Bautista adquiere toda su fuerza: señalar a Jesús como el Cordero de Dios es revelar que en Él Dios mismo ha salido al encuentro del mundo para quitar el pecado, comunicar su Espíritu y abrir una historia nueva, fundada en la gracia, la verdad y el amor.

La contemplación de Jesús como Cordero de Dios no permanece en el plano de una afirmación doctrinal, sino que toca de manera directa la existencia concreta. Reconocer que el pecado ha sido quitado implica asumir una nueva forma de situarse ante la propia vida. Ya no se vive desde la culpa paralizante ni desde la autosuficiencia, sino desde una confianza humilde que brota de saberse alcanzado por una gracia que precede y sostiene. La espiritualidad cristiana nace de esta certeza: la vida no se construye únicamente a partir del esfuerzo personal, sino desde una relación viva con Cristo que purifica, reordena y da sentido incluso a las heridas más profundas.

Esta experiencia transforma también la manera de mirar a los demás. Si Cristo ha cargado con el pecado del mundo, ninguna persona puede ser reducida a su error, a su fracaso o a su historia rota. La lógica del Cordero introduce una mirada nueva, marcada por la misericordia y la esperanza. Desde aquí se comprende que la fe no puede vivirse de manera intimista o cerrada. La gracia recibida tiende naturalmente a expresarse en relaciones más justas, en actitudes de reconciliación y en un compromiso real con la dignidad del otro.

En este punto emerge una conexión clara con la doctrina social de la Iglesia. El pecado que Cristo quita no es solo personal, sino también estructural: se manifiesta en dinámicas de exclusión, violencia, indiferencia y desigualdad. Acoger la obra del Cordero implica dejarse interpelar por estas realidades y colaborar, desde la propia vocación, en la construcción de una sociedad más humana. No se trata de activismo, sino de una consecuencia espiritual: quien ha sido alcanzado por el amor redentor de Cristo aprende a rechazar toda forma de desprecio del ser humano y a promover una cultura de la vida, de la solidaridad y del bien común.

Así, la fe en el Cordero de Dios se traduce en una espiritualidad encarnada: una vida reconciliada con Dios, abierta a los demás y responsable ante el mundo, donde la gracia se hace visible en gestos concretos de justicia, misericordia y servicio.

3.   Edificación espiritual (Actuar)

  • Si Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ¿qué lugar ocupa hoy su gracia en la manera concreta de vivir la fe y de afrontar las propias fragilidades?
  • El Evangelio muestra que el Espíritu desciende y permanece sobre Jesús. ¿Qué signos reales indican que la vida cristiana se deja guiar por el Espíritu y no solo por costumbres o esfuerzos personales?
  • Sabiendo que la iniciativa de la salvación nace del amor de Dios y no del mérito humano, ¿qué actitudes interiores necesitan ser purificadas para acoger mejor ese don gratuito?
  • La vida entera de Cristo fue una ofrenda al Padre. ¿De qué manera la vida cotidiana puede convertirse también en respuesta agradecida y obediente al amor recibido?

IMG: Pintura Matías Grunewald