Formados por el Misterio: la urgencia de la formación litúrgica en el Pueblo de Dios

Introducción – El deseo que nos precede

Imaginemos a una persona que llega por primera vez a un país cuya lengua no conoce y cuyas costumbres le resultan extrañas. Observa a los demás, intenta imitar algunos gestos, pero muchas cosas le desconciertan: no entiende del todo qué se dice, no sabe cuándo hablar o guardar silencio, ignora el significado de ciertos ritos cotidianos. Nadie la rechaza, pero interiormente se siente fuera de lugar, como si no terminara de pertenecer.

Algo semejante puede sucederle hoy a no pocos creyentes cuando llegan a la celebración litúrgica: están presentes, desean participar, pero no siempre logran ubicarse interiormente. Los gestos les resultan ajenos, las palabras pasan sin resonar y el rito, aun siendo sagrado, puede vivirse como algo distante de la propia vida.

No porque la liturgia haya perdido su riqueza, sino porque nosotros hemos ido perdiendo la capacidad de habitarla interiormente.

El Papa Francisco, al inicio de su carta apostólica Desiderio desideravi, nos conduce al corazón mismo del misterio cuando recuerda las palabras de Jesús:
«Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22,15).

Aquí se encuentra el punto de partida de toda la vida espiritual: no somos nosotros quienes tomamos la iniciativa, no somos los que primero buscamos a Dios. Antes de todo deseo humano, está el deseo de Cristo. Antes de toda respuesta, está su llamada. La liturgia nace de ese deseo ardiente del Señor de entrar en comunión con su Iglesia.

Por eso la liturgia no es una representación, ni una simple conmemoración del pasado. Es el lugar donde el misterio de Cristo continúa haciéndose presente. Como recuerda el Papa: «Aquello que era visible de Jesús, lo que se podía ver con los ojos y tocar con las manos, sus palabras y sus gestos, ha pasado a la celebración de los sacramentos» (Desiderio desideravi, n. 9).

En la liturgia, Cristo sigue actuando hoy. Y precisamente por eso, la formación litúrgica no es un lujo para especialistas, sino una necesidad vital para todo bautizado que desea que Cristo se forme en él.

1. La doble dimensión de la formación: conocer la liturgia y dejarnos formar por ella

La pregunta decisiva que se nos plantea es sencilla y profunda: ¿cómo recuperar la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo pasar de “asistir” a la celebración a participar realmente en el misterio que se celebra?

El Papa ofrece una clave fundamental al distinguir dos dimensiones inseparables:
«Podemos distinguir dos aspectos: la formación para la Liturgia y la formación desde la Liturgia. El primero está en función del segundo, que es esencial» (Desiderio desideravi, n. 34).

La formación para la liturgia implica el estudio, el aprendizaje y la comprensión. El cristiano necesita conocer aquello que celebra: el sentido de los textos, la estructura del rito, el valor de los signos, el lenguaje propio de la Iglesia. No se trata de acumular información, sino de adquirir una verdadera inteligencia espiritual del rito, una capacidad de leer lo que acontece.

Por eso el Papa habla de la necesidad de comprender «los textos eucológicos, los dinamismos rituales y su valor antropológico» (Desiderio desideravi, n. 35). Cuando este conocimiento falta, la celebración corre el riesgo de reducirse a un conjunto de acciones repetidas sin arraigo interior.

Sin embargo, este primer nivel no basta. El conocimiento prepara, pero no transforma por sí solo.

Lo esencial es la formación desde la liturgia. Aquí entramos en una dimensión profundamente espiritual. La liturgia no forma porque enseña como un maestro o un catequista (de hecho tendríamos que distinguir entre celebración, clases y catequesis), sino porque actúa, obra, porque nos integra en la acción que el Cristo total realiza. No es principalmente un discurso que se entiende, sino una acción que nos envuelve y nos configura.

Como afirma el Papa con claridad: «La Liturgia no tiene que ver con el “conocimiento”, y su finalidad no es primordialmente pedagógica… sino que es la alabanza y la acción de gracias por la Pascua del Hijo, cuya fuerza salvadora llega a nuestra vida» (Desiderio desideravi, n. 41).

Desde una visión profundamente realista —muy en sintonía con la tradición aristotélico-tomista— podemos decir que la liturgia obra como una verdadera escuela de virtudes: por la repetición de gestos santos, el alma va adquiriendo una forma nueva. Lo que se celebra exteriormente comienza, poco a poco, a configurar el interior. El Espíritu Santo utiliza los signos visibles para formar hábitos espirituales estables.

Participar en la liturgia no es solo comprenderla, sino dejarnos moldear por ella, hasta que los sentimientos de Cristo vayan tomando forma en nosotros.

2. El ars celebrandi y el lenguaje de los símbolos

Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es que el hombre contemporáneo ha perdido la capacidad de comprender el lenguaje simbólico. Vivimos rodeados de imágenes, pero empobrecidos de símbolos. Y esto afecta directamente a la vivencia litúrgica. Nos dice el Papa: «El hombre moderno se ha vuelto analfabeto, ya no sabe leer los símbolos, apenas conoce de su existencia» (Desiderio desideravi, n. 44).

La liturgia habla un lenguaje distinto al de la explicación racional o al de la emoción espontánea. Habla mediante signos que no se improvisan, porque han sido recibidos de la tradición viva de la Iglesia. Aprender a celebrar supone reaprender a habitar ese lenguaje.

Aquí aparece el ars celebrandi, el arte de celebrar. No se trata de una técnica ni de una creatividad personal. Tampoco de una rigidez formalista. El Papa lo aclara con equilibrio: «El ars celebrandi no puede reducirse a la mera observancia de un aparato de rúbricas… El rito es en sí mismo una norma, y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar» (Desiderio desideravi, n. 48).

El arte de celebrar consiste en dejar que el rito diga lo que la Iglesia cree, sin añadir ni quitar aquello que no nos pertenece. Este arte concierne a toda la asamblea y se expresa en gestos concretos que, lejos de ser accesorios, tienen fuerza formativa.

El silencio, por ejemplo, no es un vacío incómodo ni un tiempo muerto. Es parte esencial de la acción litúrgica. El Papa recuerda que
«el silencio litúrgico es símbolo de la presencia y de la acción del Espíritu Santo» (Desiderio desideravi, n. 52). En el silencio, el corazón aprende a escuchar. Allí se purifica el ruido interior y se dispone el alma para acoger la Palabra.

También los gestos corporales educan profundamente el espíritu. Arrodillarse no es un formalismo antiguo; es una pedagogía del cuerpo. «Nos arrodillamos para pedir perdón, para doblegar nuestro orgullo, para agradecer un don recibido… es siempre el mismo gesto que expresa nuestra pequeñez ante Dios» (Desiderio desideravi, n. 53). El cuerpo forma el alma. Allí donde el cuerpo aprende a inclinarse, el corazón aprende también a reconocer que no es Dios.

3. Antídoto contra la mundanidad y camino de asombro

La formación litúrgica se convierte así en un verdadero antídoto contra la mundanidad espiritual, que el Papa ha identificado en dos tentaciones recurrentes: el gnosticismo, que reduce la fe a ideas o sentimientos, y el neopelagianismo, que confía la salvación al esfuerzo personal.

La liturgia nos libera de ambas porque nos sitúa, humildemente, ante una obra que no fabricamos nosotros. En ella aprendemos que la salvación se recibe, no se produce.

Uno de los frutos más necesarios de esta formación es recuperar el asombro. El Papa advierte: «Si faltara el asombro por el misterio pascual que se hace presente en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración» (Desiderio desideravi, n. 24).

El asombro no es confusión ni emotividad pasajera. Es la actitud del alma que reconoce que está ante una realidad que la supera. Es la mirada humilde de quien sabe que el Misterio no se domina, sino que se recibe.

Cuando el asombro se pierde, la liturgia se vuelve rutina. Cuando el asombro permanece, incluso los gestos más sencillos se llenan de vida, porque el creyente comprende que Dios mismo ha querido, una vez más, sentarse a la mesa con su pueblo para comunicarle su Vida.

Conclusión – Un nuevo impulso para nuestras parroquia

La formación litúrgica es, por tanto, una tarea urgente y profundamente espiritual. No se trata solo de mejorar celebraciones, sino de permitir que la liturgia vuelva a ser fuente y culmen de la vida cristiana.

Precisamente porque creemos que en cada Eucaristía el Señor cumple su promesa de permanecer con nosotros, queremos renovar nuestro compromiso formativo. Por ello, a partir de este año, la Pastoral de Liturgia estará ofreciendo materiales de formación para que los equipos de liturgia de los distintos grupos, movimientos y comunidades nuestra parroquia puedan profundizar de manera sistemática en el sentido de la celebración.

La formación del equipo de liturgia es fundamental porque no solo fortalece su vida espiritual, sino que, mediante su ejemplo, sus indicaciones claras y el diálogo fraterno en otros momentos, ayudan a que la asamblea se oriente, participe con mayor conciencia y descubra en la celebración un verdadero encuentro con Cristo vivo.

Este esfuerzo busca ayudarnos a «redescubrir el sentido del año litúrgico y del día del Señor» (Desiderio desideravi, n. 63), para que toda nuestra vida vaya siendo configurada por el Misterio pascual.

Pidámosle al Señor la gracia de volver a habitar la liturgia con un corazón humilde, disponible y lleno de asombro, para que, celebrando con fe, nuestra vida entera sea transformada por el Misterio que confesamos.

Alabado sea Jesucristo