El Corazón compasivo de Jesús

Artículo para el Boletín mensual de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón

Hay momentos en la vida en los que el dolor parece hablar más fuerte que la esperanza. La enfermedad, la fragilidad del cuerpo y la cercanía del sufrimiento nos recuerdan que no somos autosuficientes y que necesitamos ser sostenidos. Sin embargo, precisamente allí —donde el ser humano experimenta su límite— el Corazón de Jesús se revela con mayor claridad, como un Corazón que no huye, que no se endurece, que no abandona.

En el mes de febrero celebramos la Jornada Mundial del Enfermo, en el marco de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Por ello, este tiempo se convierte en una ocasión privilegiada para volver la mirada al Corazón compasivo de nuestro Señor, fuente inagotable de misericordia, ternura y cercanía. En Él contemplamos un amor que no permanece distante frente al sufrimiento humano, sino que se acerca, toca, escucha y consuela. El Evangelio nos muestra reiteradamente a Cristo conmovido ante el dolor: ante el ciego, el leproso, el paralítico, la viuda o el enfermo abandonado. El Corazón del Redentor no sólo mira la herida, sino que entra en ella para sanarla desde dentro.

Lourdes se ha convertido en un signo luminoso de esperanza para tantos que cargan el peso del dolor físico o espiritual. Allí, María no se presenta como quien ofrece soluciones mágicas, sino como Madre que acompaña, que conduce a los hombres hacia su Hijo, verdadero Médico de las almas y de los cuerpos.

La Virgen Inmaculada, al aparecerse a santa Bernardita, dirige una silenciosa catequesis al mundo: Dios no abandona al que sufre. En Lourdes, como en el Calvario, María permanece de pie junto a los heridos de la historia, recordándonos que el sufrimiento, unido a Cristo, no es inútil. En esta escuela materna aprendemos que la compasión cristiana no consiste sólo en aliviar el dolor, sino en estar presentes con amor, como lo hace el Corazón de Jesús.

Desde esta lógica del amor compasivo, la Iglesia ofrece a los fieles los sacramentos de curación, entre ellos la Unción de los Enfermos, verdadero tesoro espiritual muchas veces desconocido o mal comprendido. Este sacramento no es un anuncio de muerte, sino un signo de vida, consuelo y gracia. Mediante la oración de la Iglesia y la unción con el óleo santo, el enfermo es confiado al Señor sufriente y glorificado, para que lo fortalezca y lo sostenga (cf. LG 11).

La enfermedad confronta al ser humano con su fragilidad y su dependencia, pero puede convertirse también en un lugar de gracia. Cristo, que asumió nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades, dio al sufrimiento un sentido nuevo: unido a su Pascua, puede transformarse en ofrenda redentora por el bien de toda la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1505). Aún desde la enfermedad podemos colaborar con la misión, ofreciendo nuestro dolor por la salvación de las almas.

La Unción de los Enfermos comunica una gracia particular: une al enfermo a la Pasión de Cristo, le concede paz y fortaleza, perdona los pecados si no pudo confesarse y lo prepara para el encuentro definitivo con el Padre (cf. Catecismo n. 1532). Es un sacramento de esperanza, no de resignación; de presencia amorosa, no de abandono.

Para los Guardias de Honor del Sagrado Corazón, febrero es una llamada a velar junto al Corazón que sufre, reconociendo en cada enfermo un miembro amado del Cuerpo de Cristo. En este mes pueden surgir múltiples iniciativas concretas: acompañar a un enfermo conocido o a un anciano que vive solo; organizar visitas fraternas a hospitales o hogares; ofrecer un rosario o una Hora Santa por los enfermos; promover la celebración comunitaria de la Unción; colaborar con el párroco para identificar a quienes necesitan los auxilios espirituales; escribir una carta de consuelo; o sostener, desde el silencio de la oración, a quienes no pueden ya expresar con palabras su dolor.

Cada gesto, por pequeño que parezca, se convierte en un acto de reparación y de consuelo ofrecido al Corazón de Jesús, que sigue sufriendo en los miembros más frágiles de su Iglesia.

Que la Virgen de Lourdes nos conduzca este mes al Corazón de su Hijo, para que aprendamos de Él la compasión que sana, la esperanza que sostiene y la caridad que nunca abandona. Y que, sostenidos por esa esperanza, sepamos ser para los enfermos signos vivos del amor que no pasa, hasta el día en que toda lágrima será enjugada y el dolor ya no tendrá la última palabra.

IMG: «Curación del paralítico» de Murillo