Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base
Frase: “El Sermón de la Montaña, donde Cristo inmediatamente después de decirnos la Bienaventuranzas, como el domingo pasado, nos apostrofa directamente y nos dice a nosotros Cristianos: Ustedes tienen que ser luz del mundo, una luz no se enciende y se pone debajo de la mesa sino en alto para que ilumine a toda la casa. Ustedes son como una ciudad iluminada, y una ciudad en la montaña, no se oculta. Ustedes son sal de la tierra; la sal sirve para dar sabor, pero cuando la sal se hace insípida, ¿para qué sirve? ¿para qué sirve una Iglesia, un cristiano, cuando su predicación, su ejemplo se ha trastornado en un servilismo, en adulación, en quedar bien con el mundo?. Sal insípida, luz apagada Qué fácil es estar bien con todo el mundo, pero qué ineficaz ser lámpara apagada, ¿para qué sirve? La Iglesia necesita de cada uno de nosotros y de todos en conjunto. Cada cristiano tiene que ser como una antorcha, y el conjunto de cristianos, tiene que ser como una ciudad en la Montaña.” (San Óscar Romero 05/02/1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
Is 58, 7-10. «Entonces surgirá tu luz como la aurora.»
Sal 111. «El justo brilla en las tinieblas como una luz.»
1 Co 2, 1-5. «Me presenté débil y temblando… para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.»
Mt 5,13-16. «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo»
Pregunta para abrir el diálogo:
Al contemplar la realidad de nuestra familia, de la comunidad y de la sociedad, ¿en qué situaciones se percibe con mayor claridad la necesidad de una presencia que ilumine, anime y dé esperanza?
2. Catequesis (Juzgar)
Las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña, al llamar a sus discípulos sal de la tierra y luz del mundo, se sitúan inmediatamente después de la promesa de felicidad dirigida a quienes permanecen fieles en medio de la dificultad, mostrando que la vida según las bienaventuranzas conduce a una misión concreta dentro de la historia.
Ser sal y luz
En estas imágenes se concentra una riqueza simbólica profunda, pues la sal, en la cultura de Oriente Medio, evoca la alianza, la solidaridad, la vida y la sabiduría, mientras que la luz remite a la primera obra del Dios creador y a la fuente misma de la vida, siendo también figura de la Palabra divina que ilumina el camino humano. De este modo, Jesús revela que la existencia transformada por su gracia participa de la obra creadora y salvadora de Dios, comunicando sentido, esperanza y orientación a la realidad cotidiana.
Esta llamada a ser sal y luz pertenece al corazón mismo del Pueblo de Dios, convocado para existir como don para todos y para transparentar la vida divina en medio del mundo. La comunidad cristiana aparece así como presencia discreta y fecunda que sostiene la vida humana desde dentro, del mismo modo que la sal, invisible en el alimento, hace perceptible su acción en todo él, y como la luz que, al disipar la oscuridad, ofrece también calor y cercanía, mostrando que la verdad de Cristo se encuentra inseparablemente unida al amor.
« El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la Historia:
– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa» (1P 2, 9).
– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el «nacimiento de arriba», «del agua y del Espíritu» (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.
– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es «el Pueblo mesiánico».
– «La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo».
– «Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)». Esta es la ley «nueva» del Espíritu Santo (Rm 8, 2; Ga 5, 25).
– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). «Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano».
– «Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección» (LG 9).+».
(Catecismo de la Iglesia Católica n. 782)
La dignidad recibida en Cristo abre un horizonte de libertad interior que se expresa en una vida orientada al bien común, donde cada gesto de fidelidad y de caridad participa silenciosamente en la renovación de la historia y sostiene una esperanza que ilumina la vida personal y comunitaria.
La importancia de dar un buen testimonio
La enseñanza del Señor deja entrever que, en medio de la contrariedad, el discípulo puede experimentar la tentación de ocultar la luz recibida, acomodándose al ambiente que lo rodea y dejándose conducir por el miedo, la tristeza o los respetos humanos, yendo contra su naturaleza se vuelve como sal sosa y luz ocultada. En el plan de Dios todo cristiano está llamado a la perseerancia activa, capaz de mantener viva la presencia de Cristo en el mundo incluso en circunstancias difíciles, recordando que la vocación cristiana se dirige hacia la plenitud del Reino y que esta esperanza sostiene el camino cotidiano.
La luz que el Señor comunica se hace visible en la vida moral concreta, donde la fe se traduce en obras que transparentan la gloria del Padre y permiten reconocer su acción en la historia humana. La existencia del cristiano se convierte así en anuncio vivo, donde la coherencia, la misericordia y la caridad revelan la cercanía de Dios con una fuerza serena que despierta esperanza y suscita encuentro.
« Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1, 22), contribuyen, mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres, a la edificación de la Iglesia. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39), «hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo» (Ef 4, 13). Mediante un vivir según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, «Reino de justicia, de verdad y de paz» (MR, Prefacio de Jesucristo Rey). Sin embargo, no abandonan sus tareas terrenas; fieles al Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.».
(Catecismo de la Iglesia Católica nn. 2045–2046)
Entre las formas más luminosas de este testimonio se encuentran las obras de misericordia, en las cuales el amor recibido se convierte en cercanía concreta hacia quienes viven situaciones de fragilidad, manifestando la continuidad del amor de Dios en la historia y generando espacios de consuelo, reconciliación y dignidad donde la esperanza puede florecer.
En esta misma línea espiritual, la tradición cristiana ha contemplado la caridad como una luz destinada a alumbrar a todos sin excepción, tal como lo expresa santa Teresa del Niño Jesús:
«Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón: Nadie, dijo Jesús, enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Yo pienso que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y alegrar, no sólo a los que me son más queridos, sino a todos los que están en la casa, sin exceptuar a nadie.» (Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, Ms C, 12r)
La vida cristiana aparece así como irradiación de una caridad que alegra, sostiene y edifica, haciendo visible la luz del Evangelio en la sencillez de cada día.
Para gloria de Dios
La vocación a ser sal y luz encuentra su raíz más profunda en el Bautismo, mediante el cual el cristiano participa de la vida misma de Cristo y recibe la llamada a reflejar su luz en el mundo como expresión de una existencia renovada por la gracia.
Desde esta participación en la luz de Cristo surge una dinámica misionera orientada a la gloria de Dios, la palabra original en el griego hace referencia a una dimensión cultual, es decir con nuestra vida vamos siendo una alabanza viva para el Señor, esa es la meta hacia la cual se dirige todo el itinerario de la vida cristiana. Las palabras y las obras de Jesús, ofrecidas plenamente al Padre, se convierten en regla viva que orienta la existencia del discípulo, recordando que cada acción humana puede transformarse en ofrenda cuando se vive desde el amor. En esta perspectiva, san Agustín ilumina la rectitud de la intención que debe acompañar las buenas obras: «Al hacer el bien para que sea visto por los hombres, el hombre debe tener en su interior como intención el obrar bien; la intención, en cambio de darlo a conocer debe tenerla solamente para alabanza de Dios, pensando en aquellos a quienes los da a conocer».
(Sermones, 54, 3)
La experiencia espiritual de los santos muestra que la vida ofrecida con amor se convierte en instrumento de luz para el mundo, como enseña santa Teresa de Calcuta al presentar al creyente como un pequeño instrumento por el cual puede pasar la corriente del amor de Dios, capaz de producir luz en medio de la oscuridad cuando la voluntad humana se abre a su acción. Así, la comunidad cristiana vive enviada a irradiar la luz recibida, permitiendo que la gracia transforme la historia mediante la caridad, la fidelidad cotidiana y la alegría del servicio, de modo que toda la vida se oriente hacia la gloria del Padre y se convierta en signo visible de la esperanza que Dios ofrece al mundo.
«Es posible que yo no logre mantener toda mi atención en Dios mientras trabajo, pero Él no me exige que lo haga. No obstante, sí que puedo tener todo el deseo y toda la intención de hacer mi trabajo con Jesús y por Jesús. Esto es hermoso y es lo que Dios nos pide. Quiere que nuestra voluntad y nuestro deseo sean para Él, para nuestra familia, para nuestros hijos, para nuestros hermanos y para los pobres.
Cada uno de nosotros es sencillamente un pequeño instrumento. Cuando miramos en el interior de un aparato eléctrico vemos muchos cables ordenados cables pequeños y grandes, cables nuevos y viejos, cables baratos y caros, de distintos colores. Pero mientras no pase por ellos la corriente no habrá luz. Esos cables somos todos nosotros y la corriente es Dios
Tenemos el poder de dejar pasar la corriente por nosotros, de servir para producir la luz del mundo, o bien de negarnos a ser utilizados y permitir que se extienda la oscuridad.» (Santa Teresa de Calcuta, El amor más grande)
3. Edificación espiritual (Actuar)
-¿En qué situaciones concretas de mi vida diaria puedo ser hoy “sal” que da sentido y esperanza a los demás?
-¿Qué miedos, respetos humanos o tristezas me llevan a veces a ocultar la luz de mi fe?
-¿Qué obra concreta de misericordia siento que el Señor me invita a vivir esta semana?
-¿Cómo puedo hacer que mis buenas obras ayuden a otros a dar gloria a Dios y no a buscar reconocimiento personal?