Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base
Fecha: 12 de febrero de 2026
Frase: “Cree que es libre el que no obedece a la ley de Dios. No hay más esclavo que el rebelde a la ley de Dios, porque es esclavo de algo: esclavo de la carne, esclavo del dinero, esclavo de la pasión política, esclavo de la lujuria, de la soberbia. La libertad que Dios ofrece tendrá un camino que llevar siempre: la ley de Dios. Es bueno recordarlo, queridos hermanos, porque ahora que nos ha puesto la Iglesia como página de reflexión los diez mandamientos de la ley de Dios, yo quisiera que entráramos en la intimidad de cada corazón y miráramos de verdad cómo estamos cumpliendo nuestra alianza con Dios.” (San Óscar Romero, Homilía 18 de marzo de 1979)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
Si 15, 15-20. A nadie obligó a ser impío.
Sal 118. Dichoso el que camina en la ley del Señor.
1Co 2, 6-10. Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.
Mt 5, 17-37. Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.
En nuestras familias y en la sociedad, ¿en qué situaciones se nota más que cumplir “solo por fuera” no basta, y que lo decisivo es lo que pasa en el corazón (en la intención, en la palabra y en el modo de tratar al otro)?
2. Catequesis (Juzgar)
La catequesis de esta semana se sitúa en el camino que la Iglesia nos propone recorrer en estos días escuchando y meditando el gran discurso de Jesús conocido como el Sermón de la Montaña. En los domingos anteriores hemos contemplado las Bienaventuranzas como el retrato del corazón del discípulo y hemos escuchado el llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo, es decir, a vivir una fe que no se encierra en lo privado sino que se convierte en testimonio y misión.
Hoy damos un paso más en este itinerario espiritual y moral, porque Jesús comienza a mostrarnos cómo se vive concretamente esa vida nueva que brota del encuentro con Él. El Señor no se limita a proponer ideales elevados ni a ofrecer palabras que conmueven, sino que entra en el terreno concreto de la vida diaria y nos enseña cómo ordenar el corazón, las decisiones y las relaciones para caminar hacia la verdadera libertad.En muchos casos la vida moral cristiana ha sido presentada como un conjunto de prohibiciones que restringen la libertad personal y hacen pesada la vida de fe. El Evangelio de hoy nos ayuda a descubrir que esta visión es incompleta, porque para Jesús la moral no es un límite impuesto desde fuera, sino un camino de plenitud que responde al deseo más profundo del corazón humano.
La ley de Dios, vivida desde Cristo, se revela como una pedagogía que educa la libertad y la conduce hacia el bien verdadero, permitiendo al creyente crecer en el amor, en la verdad y en la alegría de una vida plenamente vivida.
A) Jesús y la Ley
Jesús aborda de manera directa la cuestión de la Ley, un tema central para sus oyentes y decisivo para comprender la vida moral cristiana. Sus palabras no aparecen en un vacío, sino en un contexto histórico y religioso muy concreto, donde la fidelidad a la Ley de Moisés era considerada el camino seguro para agradar a Dios y pertenecer a su pueblo. En ese ambiente, Jesús pronuncia una afirmación que marca toda la comprensión cristiana de la moral: no ha venido a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles plenitud.
Con esta declaración el Señor disipa cualquier sospecha de ruptura con la revelación anterior y muestra que la historia de la salvación es un camino continuo guiado por Dios. La Ley no es presentada como un obstáculo para la libertad ni como una carga opresiva, sino como una expresión del designio amoroso del Padre que quiere conducir al ser humano hacia la vida plena. El problema no está en la Ley misma, sino en una manera reducida de vivirla, centrada únicamente en el cumplimiento exterior y desligada del corazón. Jesús revela que la verdadera fidelidad a la Ley no se mide solo por la observancia material de los mandamientos, sino por la adhesión interior al bien que estos expresan.
De este modo, la Ley deja de ser entendida como un código externo y se convierte en una llamada a la transformación del corazón. La enseñanza de Jesús pone de relieve que la Ley encuentra su sentido último en la relación viva con Él. Cumplir la Ley significa entrar en comunión con Cristo, asumir su modo de amar, de pensar y de actuar. En esta perspectiva, la Ley ya no se opone a la libertad, sino que la orienta, la educa y la hace crecer. El creyente no obedece por miedo al castigo, sino por el deseo de vivir en la verdad del amor.
«La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1950).
Jesús, como verdadero Maestro y Legislador divino, lleva esta pedagogía a su cumplimiento definitivo, mostrando que la Ley está al servicio de la vida y que su finalidad es conducir al ser humano a la comunión con Dios. Así se abre ante el discípulo un camino moral que no oprime, sino que libera y conduce a la plenitud para la que hemos sido creados.
B) Jesús y la mansedumbre
Después de afirmar la plenitud de la Ley, Jesús conduce a sus oyentes al terreno concreto del corazón humano y comienza a revelar la lógica profunda de la vida moral cristiana. Al referirse al mandamiento “no matarás”, el Señor no se detiene en el acto externo del homicidio, sino que desciende hasta los primeros movimientos interiores que, si no son reconocidos y ordenados, terminan por desfigurar la relación con Dios y con los demás. De este modo, Jesús muestra que la verdadera justicia nace en el interior de la persona y se juega en el dominio de sí.
La mansedumbre aparece así como una virtud fundamental en el camino de la libertad cristiana, porque permite al creyente reconocer, acoger y ordenar las emociones que surgen espontáneamente ante los estímulos de la vida cotidiana. La ira desordenada no es simplemente una emoción pasajera, sino una fuerza interior que puede tomar el control del corazón cuando no es iluminada por la razón y sostenida por la gracia. Jesús invita a detener el mal en su origen, allí donde todavía es posible reconducirlo hacia el bien.
Este llamado no supone negar la existencia de las emociones ni reprimirlas de manera artificial, sino aprender a gobernarlas desde dentro. La mansedumbre no es debilidad ni pasividad, sino fortaleza interior que nace de un corazón unificado, capaz de responder con serenidad incluso en situaciones de tensión o conflicto. El discípulo de Cristo es llamado a vigilar su interior para no permitir que el resentimiento, el desprecio o la agresividad encuentren espacio donde arraigar. Jesús utiliza un lenguaje fuerte para expresar la gravedad de estas actitudes interiores, recurriendo a imágenes judiciales conocidas por sus oyentes, con el fin de mostrar que el juicio definitivo no se limita a las acciones visibles, sino que alcanza las intenciones del corazón. Con ello enseña que la vida moral no puede reducirse a evitar ciertos comportamientos externos, sino que exige una conversión profunda de los afectos y de la manera de mirar al hermano.
La tradición cristiana ha reconocido en esta enseñanza una llamada urgente a la educación del corazón. La mansedumbre permite recuperar el dominio de sí, condición necesaria para amar de verdad, porque solo quien se gobierna interiormente puede darse libremente al otro. La paz social comienza en la paz del corazón, y esta paz nace cuando la persona aprende a ordenar sus pasiones según el bien verdadero.
San Juan Crisóstomo expresa esta lógica al afirmar: «El que es manso, pacífico, pobre de espíritu y misericordioso, ¿cómo imaginar que eche de casa a su mujer? El que a otros pone en paz, ¿cómo estará él en discordia con su propia mujer?» (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 17, 4). Jesús propone así una moral exigente y liberadora, en la que la mansedumbre no es un añadido opcional, sino una expresión concreta de la vida nueva que brota del encuentro con Él.
c) Jesús y el perdón
La enseñanza de Jesús sobre el perdón se inserta de manera natural en su reflexión sobre la vida moral como camino de libertad. Después de señalar la raíz interior de la violencia y del conflicto, el Señor muestra el modo concreto de sanar las relaciones heridas y de restaurar la comunión rota entre las personas.
El perdón no aparece como un gesto opcional reservado para situaciones extraordinarias, sino como una actitud fundamental del discípulo que desea vivir según el corazón de Dios. Jesús sorprende a sus oyentes al colocar la reconciliación con el hermano por encima incluso de los actos religiosos más sagrados. Con ello enseña que la relación con Dios no puede separarse de la relación con los demás, porque el amor al prójimo forma parte esencial del culto verdadero. La vida moral cristiana no se reduce a prácticas externas ni a gestos piadosos, sino que se verifica en la capacidad de restaurar la comunión cuando esta ha sido dañada.
El perdón cristiano no nace de un sentimiento espontáneo ni de una simple decisión voluntarista, sino de un corazón transformado por la gracia. Perdonar implica tomar la iniciativa en el amor, renunciar a la lógica de la venganza y abrir un espacio para la misericordia que sana. En este sentido, el perdón no contradice la justicia, sino que la lleva a su plenitud, porque busca restaurar a la persona y la relación, y no simplemente equilibrar cuentas.
Jesús invita a actuar con prontitud en la reconciliación, consciente de que el resentimiento prolongado endurece el corazón y encierra a la persona en una prisión interior. La urgencia del perdón se presenta como una sabiduría de vida que protege la libertad interior y preserva al creyente de quedar atrapado en dinámicas de odio o rencor. Quien se aferra a la ofensa termina siendo prisionero de aquello que no quiere soltar.
La tradición cristiana ha comprendido siempre que el perdón es una de las expresiones más altas de la libertad del corazón. Solo quien no está dominado por el orgullo ni por el deseo de revancha puede ofrecer el perdón como un don gratuito. Esta actitud exige humildad, porque supone reconocer la propia fragilidad y recordar que todos vivimos sostenidos por la misericordia de Dios.
Jesús muestra que el perdón es uno de esos caminos privilegiados hacia la bienaventuranza, porque libera el corazón, restaura la paz y permite vivir en la verdad del amor. En la lógica del Evangelio, perdonar no es perder, sino ganar la libertad de un corazón reconciliado con Dios y con los hermanos.
d) Jesús y la pureza del corazón
La enseñanza de Jesús sobre la pureza del corazón conduce al discípulo al centro mismo de la vida moral cristiana, porque revela que el verdadero combate espiritual no se libra únicamente en el ámbito de los comportamientos visibles, sino en el interior de la persona, allí donde nacen los deseos, las intenciones y las decisiones que orientan toda la existencia. Jesús invita a mirar la vida moral como un camino de integración interior, en el que la libertad se fortalece cuando el corazón aprende a amar según el designio de Dios.
Al profundizar el mandamiento que prohíbe el adulterio, el Señor dirige la atención al corazón humano, entendido en la tradición bíblica como el lugar de las decisiones fundamentales. La mirada, el pensamiento y el deseo no aparecen como realidades indiferentes, sino como espacios donde se juega la fidelidad al amor verdadero. La pureza del corazón se presenta como una capacidad de mirar al otro reconociendo su dignidad, sin reducirlo a objeto de uso o de satisfacción personal.
Jesús conoce la fragilidad del ser humano herido por el pecado y por eso propone un camino concreto de vigilancia interior, que comienza en el reconocimiento de los primeros movimientos del corazón. Esta vigilancia no nace del miedo, sino del deseo de custodiar un amor que aspira a ser auténtico y fecundo. La libertad cristiana se fortalece cuando la persona aprende a ordenar sus afectos, orientándolos hacia el bien verdadero.
Las expresiones fuertes que utiliza el Señor, como arrancar el ojo o cortar la mano, forman parte de un lenguaje pedagógico que busca despertar la responsabilidad personal frente a las ocasiones de pecado. La enseñanza apunta a una actitud decidida, capaz de renunciar a aquello que pone en peligro la integridad del corazón y la verdad del amor. La pureza cristiana no se reduce a la represión, sino que se vive como una afirmación gozosa del valor del cuerpo y de la vocación al don de sí.
La tradición espiritual de la Iglesia ha comprendido esta enseñanza como una invitación a cultivar la libertad interior mediante la educación de los sentidos, la imaginación y la memoria. La pureza del corazón permite una mirada limpia, una afectividad serena y una capacidad de amar que integra cuerpo y espíritu. Esta virtud abre al creyente a una relación más profunda con Dios y con los demás, porque libera el amor de toda forma de posesión egoísta.
San Jerónimo expresa esta dinámica interior cuando afirma: «Como antes había hablado de la concupiscencia hacia la mujer, con razón aplica ahora la palabra ojo al pensamiento, al sentimiento que revolotea de un objeto a otro. La mano derecha y las otras partes del cuerpo representan los primeros movimientos de la voluntad y de la sensibilidad, que tienden a realizar en acto lo que habíamos concebido en el pensamiento. Es necesario precavernos para que lo mejor de nosotros mismos no se deslice rápidamente hacia el vicio».
La pureza del corazón aparece así como un camino de libertad y de plenitud, donde el amor aprende a expresarse según la verdad de la persona y del proyecto de Dios.
e) Jesús y la veracidad
La enseñanza de Jesús sobre la veracidad toca una dimensión esencial de la vida moral cristiana, porque se refiere al modo en que la persona se sitúa ante la verdad, ante los demás y ante Dios. Cuando el Señor invita a decir “sí” cuando es sí y “no” cuando es no, no está proponiendo una simple norma de comunicación correcta, sino un camino de unificación interior que libera al corazón de la doblez y de la simulación.
En el contexto del Sermón de la Montaña, Jesús se dirige a una práctica religiosa que había banalizado el juramento, multiplicando fórmulas y distinciones para justificar la mentira sin sentirse responsable ante Dios. Frente a esta situación, el Señor devuelve a la palabra humana su dignidad original, recordando que toda palabra pronunciada se dice ante Dios, porque toda la realidad está sostenida por su presencia. La veracidad aparece entonces como una forma concreta de vivir en la verdad de Dios.
La vida moral cristiana no puede construirse sobre estrategias, medias verdades o ambigüedades interesadas. La palabra del discípulo está llamada a reflejar la rectitud del corazón, de modo que exista coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Esta coherencia no nace de una vigilancia obsesiva, sino de una libertad interior que se apoya en la verdad y no necesita máscaras para protegerse.
Jesús muestra que la falta de veracidad introduce una fractura interior que termina debilitando la libertad. Cuando la palabra se separa de la verdad, la persona comienza a vivir dividida, temerosa de ser descubierta o de perder el control de la imagen que desea proyectar. La sencillez evangélica, en cambio, libera de esa tensión permanente y permite una relación más auténtica con los demás.
La tradición cristiana ha comprendido la veracidad como una virtud profundamente vinculada a la justicia, porque da al otro lo que le es debido, que es la verdad dicha con caridad. Vivir en la verdad no significa decir todo en cualquier momento, sino saber discernir lo que conviene expresar según el bien del prójimo y las exigencias del amor. La veracidad se opone tanto a la mentira como a la indiscreción.
«La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2468).
La vida cristiana avanza hacia una progresiva simplificación, donde la palabra se vuelve transparente y el corazón aprende a descansar en la verdad. Esta sencillez no empobrece la persona, sino que la hace más libre y más disponible para el amor. Santo Tomás de Aquino describe esta virtud con precisión cuando afirma: «La sencillez pertenece a la virtud de la veracidad, y rectifica la intención excluyendo la doblez por desacuerdo entre lo que se intenta y lo que se manifiesta». Jesús invita así a vivir una palabra clara, humilde y confiable, que brota de un corazón unificado y orientado hacia la verdad que libera.
Edificación espiritual (Actuar)
¿Recuerdas una ocasión en la que elegir el bien te dio, después, más paz o libertad interior, aunque al inicio haya sido difícil?
¿Cómo te das cuenta de que estás empezando a perder la paz interior, y qué te ayuda a frenar antes de decir o hacer algo de lo que luego te arrepientas?
Cuando una herida permanece abierta en tu corazón, ¿qué pequeño paso concreto te ayuda a no dejar que el resentimiento se apodere de ti?
¿Qué cosas concretas te ayudan a cuidar tu corazón y a mirar al otro con respeto y amor, especialmente en la vida matrimonial o afectiva?
¿Qué crees que ayuda más a una persona a dejar la mentira: el reproche o un ambiente donde pueda decir la verdad sin miedo?¿Qué ejercicio práctio le darías para ayudar?