Doctrina Social: fundamentos y tarea

La misión social de la Iglesia 2/3

La misión social de la Iglesia se sitúa en un delicado equilibrio entre la inspiración evangélica y el respeto a la autonomía legítima de las realidades temporales. La Iglesia no pretende sustituir al Estado ni a la política, ni ofrecer soluciones técnicas cerradas a los problemas sociales. Su aportación específica consiste en iluminar la vida social desde el Evangelio, ofreciendo principios éticos y antropológicos que orienten la acción humana hacia el bien común. De este modo, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) no es un programa político, sino una guía moral que inspira la construcción de una sociedad más justa.

A lo largo de la historia reciente, especialmente a través de las encíclicas sociales, el magisterio ha desarrollado criterios fundamentales sobre cuestiones como el salario justo, la propiedad, la organización del trabajo y la participación sindical. Sin embargo, la aplicación concreta de estos principios en la vida política corresponde principalmente a los fieles laicos, llamados a asumir su responsabilidad cívica con libertad y competencia. Junto a ello, muchos cristianos participan activamente en asociaciones y organizaciones sociales que, desde una inspiración cristiana, trabajan en ámbitos concretos como la defensa de los trabajadores, la acogida de refugiados o la atención a los más vulnerables. En cuanto a los modelos sociales y políticos, la Iglesia expresa una clara valoración positiva del sistema democrático, en la medida en que este favorece la participación de los ciudadanos, la protección de los derechos humanos y el control pacífico del poder. No obstante, esta valoración no es acrítica ni ideológica. La democracia solo es auténtica cuando se apoya en un Estado de derecho y en una concepción correcta de la persona humana, evitando convertirse en un mero formalismo o en un instrumento al servicio de intereses particulares. Por ello, la Iglesia no se identifica con ningún grupo ideológico ni pretende usurpar las competencias propias del Estado.

Cuando la Iglesia se pronuncia sobre cuestiones sociales, no se excede en su competencia. Como comunidad humana y espiritual, y como “célula” de la sociedad, tiene el derecho y el deber de defender la dignidad de la persona y los derechos fundamentales, especialmente allí donde estos se ven amenazados por la injusticia.

Su voz se alza, por tanto, no para imponer soluciones, sino para recordar exigencias éticas que brotan de la dignidad humana y del destino universal de los bienes. En palabras del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados; sin embargo, tiene una misión de verdad que cumplir, en todo tiempo y circunstancia, a favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación” (Compendio, n. 76).

La DSI, además, no es un sistema cerrado ni acabado. Es una reflexión teológica viva sobre las complejas relaciones sociales del ser humano, que dialoga de manera permanente con las ciencias políticas, económicas y sociales. Este diálogo le permite comprender mejor los cambios históricos y responder a nuevos desafíos sin perder su fundamento evangélico. Por ello, aunque posee principios sólidos, la doctrina social está llamada a renovarse constantemente. Finalmente, aunque tiene una especial relevancia para la formación de la conciencia social de los cristianos, la Doctrina Social de la Iglesia se dirige a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Enraizada en la fe en un Dios justo y amante, invita a hacer presente el amor y la justicia en la vida social, anticipando así, de manera concreta, el Reino de Dios en el mundo.