(A partir de un texto del cardenal Albert Vanhoye, recogido en «Los santos, maestros de oración» de Pablo Cervera Barranco)
I. Introducción
Si buscamos un modelo seguro para nuestra oración, no podemos encontrar otro más perfecto que Jesucristo mismo. La oración cristiana no consiste simplemente en dirigir palabras a Dios, sino en participar realmente en la oración del Hijo al Padre en el Espíritu Santo. Contemplar a Jesús orando significa entrar en el misterio de su filiación eterna, manifestada históricamente en la humanidad que asumió para nuestra salvación.
El cardenal Albert Vanhoye señala que el Nuevo Testamento permite distinguir dos grandes momentos en la oración de Jesús: el tiempo de su ministerio público y el tiempo de su pasión. No se trata de actitudes diferentes, sino de la manifestación progresiva de una misma relación filial. En ambos momentos resplandece una constante teológica fundamental: la acción de gracias como forma interior de su comunión con el Padre.
La gratitud de Cristo no es un sentimiento pasajero ni una simple respuesta psicológica, sino la expresión histórica de su conciencia filial. «El Padre ama al Hijo y ha puesto en su mano todas las cosas» (Jn 3, 35). En su humanidad santísima, el Verbo encarnado vive todo como don recibido del Padre y todo lo devuelve en obediencia amorosa, permaneciendo siempre en la comunión trinitaria sin confusión de personas ni división de naturaleza.
II. La acción de gracias de Jesús
1. La acción de gracias en el ministerio público
Durante su ministerio público, los Evangelios muestran que la oración de Jesús se expresa principalmente como acción de gracias. Los verbos utilizados —dar gracias, bendecir, reconocer— indican que su oración es, ante todo, reconocimiento del don divino. Jesús vive orientado al Padre en cada palabra y en cada obra, revelando que su misión entera procede de Él y está dirigida a su gloria.
Cuando multiplica los panes, «tomó los panes y, después de haber dado gracias, los repartió» (Jn 6, 11). Este gesto no es una fórmula ritual, sino la confesión viva de que todo bien proviene del Padre. Como enseña la Escritura: «Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto» (Sant 1, 17). La gratitud introduce la realidad creada en la dinámica del don divino.
También en el rechazo de su predicación aparece esta acción de gracias. Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (Mt 11, 25). En un contexto de incomprensión, la gratitud manifiesta la adhesión perfecta al designio del Padre. La oración de Cristo no depende del éxito visible, sino de la comunión con la voluntad divina que guía la historia de la salvación.
2. Los textos de acción de gracias
2.1. «Dar gracias»
El verbo eucharistein aparece en momentos decisivos del ministerio de Jesús y alcanza su plenitud en la institución eucarística. «Tomó pan y, después de haber dado gracias, lo partió» (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24). La Iglesia reconocerá en este gesto el corazón del misterio cristiano y llamará Eucaristía al sacramento donde se actualiza sacramentalmente esta acción de gracias filial.
Aquí la gratitud no se limita al alimento terreno, sino que inaugura el don total de Cristo. El pan y el vino se convierten en su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. La acción de gracias anticipa sacramentalmente la cruz, mostrando que la pasión no será un destino impuesto, sino una ofrenda libremente asumida en obediencia amorosa al Padre.
2.2. «Bendecir»
El verbo eulogein, propio del lenguaje bíblico semítico, expresa igualmente la alabanza agradecida. Bendecir a Dios significa reconocer su soberanía, su bondad y su acción salvadora. En Jesús, este gesto revela la perfecta orientación de su humanidad hacia el Padre. Toda su existencia terrena se convierte en bendición viva, porque todo en Él está referido al origen divino de la misión recibida.
2.3. «Reconocer»
En la exultación de Jesús —«Te doy gracias, Padre…» (Mt 11, 25; Lc 10, 21)— aparece el reconocimiento público del designio divino. El Padre revela el misterio del Reino a los pequeños mientras permanece oculto a los sabios. La acción de gracias manifiesta que la verdadera sabiduría consiste en acoger el don de Dios con humildad filial y no en apoyarse en la autosuficiencia humana.
Perfecto. Presento ahora la segunda entrega, continuando con el mismo tono teológico, fidelidad cristológica-trinitaria y párrafos de aproximadamente 75 palabras.
III. La relación filial de Jesús con el Padre
La insistencia del Evangelio en la acción de gracias solo se comprende plenamente a la luz de la filiación de Cristo. El cuarto Evangelio subraya que Jesús recibe todo del Padre: la vida en sí mismo, la misión que realiza, las palabras que pronuncia y los discípulos que le han sido confiados (cf. Jn 5, 26; 7, 16; 17, 6). En su humanidad santísima, el Hijo eterno vive en obediencia perfecta al Padre dentro de la economía de la encarnación.
Esta obediencia no implica inferioridad ontológica, pues el Hijo es consustancial al Padre en la Trinidad. Se trata de la obediencia filial propia de su voluntad humana, plenamente conforme al querer divino. La acción de gracias expresa históricamente esta comunión. En Cristo se realiza la armonía perfecta entre libertad humana y don divino, revelando el verdadero sentido de la existencia creada: vivir desde el Padre y para el Padre.
3.1. Las circunstancias de la acción de gracias
El cardenal Vanhoye destaca que Jesús da gracias en situaciones donde humanamente no sería espontáneo hacerlo. En el rechazo de su mensaje, en la escasez del desierto y ante la muerte de Lázaro, la gratitud aparece antes de cualquier solución visible. Esta prioridad teológica muestra que la acción de gracias no depende de los acontecimientos favorables, sino de la confianza filial en la providencia del Padre.
Ante la tumba de Lázaro, Jesús proclama: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado» (Jn 11, 41). Todavía no ha ocurrido el milagro, y la muerte permanece como realidad dramática. Sin embargo, la gratitud anticipada revela la certeza interior de Cristo en la victoria del amor del Padre. La salvación comienza ya en esta confianza obediente, que abre la historia humana a la potencia vivificante de Dios.
3.5. La acción de gracias en la pasión y en la Última Cena
El segundo gran momento de la oración de Jesús es su pasión, anticipada sacramentalmente en la Última Cena. «Tomó pan y, después de haber dado gracias, lo partió» (Lc 22, 19). En este gesto, Cristo transforma su muerte inminente en don libremente ofrecido. La acción de gracias sitúa desde el inicio la cruz en la luz de la resurrección y manifiesta que la pasión es acogida como «el cáliz que el Padre ha dado» (Jn 18, 11).
A diferencia del sacrificio del Antiguo Testamento, donde la acción de gracias seguía a la liberación, en Cristo la precede. La gratitud filial configura interiormente todo el acontecimiento pascual. La muerte es transformada en ofrenda de amor y fuente de comunión. La resurrección aparece así como fruto de la obediencia amorosa del Hijo encarnado, que entrega su vida al Padre por la salvación del mundo (cf. Flp 2, 8-11).
La Iglesia llamará con razón Eucaristía a este misterio, porque en él se actualiza sacramentalmente la acción de gracias del Hijo al Padre en el Espíritu Santo. Participar en la Eucaristía significa entrar realmente en esta dinámica trinitaria de don, obediencia y retorno amoroso, donde la existencia humana es asumida y transformada por la gracia pascual de Cristo.
IV. Conclusión
La contemplación de la oración agradecida de Jesús nos introduce en el corazón del misterio cristiano. La salvación no es solo liberación del pecado, sino participación en la relación filial del Hijo con el Padre. La resurrección manifiesta plenamente esta comunión, revelando que el amor obediente es más fuerte que la muerte y que la acción de gracias constituye la forma perfecta de la vida redimida.
Por ello, la existencia cristiana está llamada a convertirse progresivamente en acción de gracias permanente. «Dad gracias en todo» (1 Tes 5, 18). Esta exhortación apostólica no expresa un simple ideal moral, sino la configuración real con Cristo por la gracia del Espíritu. La vida nueva consiste en vivir desde el don recibido del Padre y devolverlo en amor, como hizo el Hijo en su misterio pascual.
Durante la Cuaresma, la Iglesia nos conduce pedagógicamente hacia esta transformación interior. Aprender a dar gracias en la prueba, en la pobreza y en la cruz significa permitir que la vida de la gracia que hemos recibido en el Bautismo sea convierta en confianza filial. Entonces toda la existencia puede llegar a ser, unida al sacrificio eucarístico, alabanza al Padre por Cristo en el Espíritu Santo, plenitud de la vocación humana y anticipo de la gloria eterna.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿Vivo mi oración como participación real en la relación filial de Cristo con el Padre?
- ¿Aprendo a dar gracias también en la prueba, uniéndome a la acción de gracias de Jesús en su pasión?
- ¿Hago de la Eucaristía el centro agradecido que transforma toda mi vida cristiana?