Aprender a orar con Jesús según san Mateo

(Cuaresma, camino hacia el corazón del Padre)

Introducción

En este tiempo de Cuaresma, cuando la Iglesia nos invita a volver al silencio interior, a la conversión del corazón y a la intimidad con Dios, la pregunta por la oración se vuelve decisiva. En el artículo anterior contemplamos a Jesús como modelo de oración; ahora damos un paso más profundo. A la luz del estudio de Klemens Stock, presentado en el libro Los santos maestros de oración de Pablo Cervera Barranco, descubrimos que san Mateo no solo muestra cómo oraba Jesús, sino que nos introduce en su relación filial con el Padre, verdadera escuela de toda oración cristiana (cf. Mt 6,9).


El Padre Nuestro, corazón del Evangelio

San Mateo sitúa la enseñanza sobre la oración en el centro del Sermón de la Montaña. Allí, el Padre Nuestro aparece como síntesis viva de todo el mensaje de Jesús (cf. Mt 6,9-13). No es solo una fórmula para repetir, sino una revelación del modo en que el Hijo vive ante el Padre. Quien aprende esta oración entra en la misma corriente de amor que sostiene la vida y la misión de Cristo.

Orar comienza reconociendo a quién nos dirigimos: al Padre del cielo, todopoderoso y cercano, origen de toda vida y meta de todo deseo humano. Esta conciencia transforma la oración en confianza filial. No hablamos a una fuerza anónima ni a una idea religiosa, sino al Padre que conoce nuestras necesidades antes de que se las pidamos (cf. Mt 6,8) y cuida de nosotros con providencia concreta.

Las primeras peticiones del Padre Nuestro orientan el corazón hacia Dios mismo: su Nombre, su Reino y su Voluntad. Antes de pedir por nuestras necesidades, Jesús nos enseña a desear lo que Dios desea. Así, la oración purifica el corazón, ordena los afectos y nos introduce en la lógica del Reino, donde la gloria de Dios y la salvación del hombre forman una sola realidad inseparable (cf. Mt 6,33).

Cómo orar según el corazón de Jesús

Las siguientes peticiones expresan la pobreza radical del ser humano: necesitamos pan, perdón y liberación del mal. La oración cristiana reconoce esta dependencia sin miedo ni vergüenza, porque todo se confía al amor del Padre. Pedir se convierte entonces en un acto de verdad: aceptar que la vida es don y que solo en Dios encuentra su plenitud definitiva (cf. Mt 6,11-13).

Jesús enseña también el modo interior de la oración. Orar en lo secreto significa entrar en una relación personal, libre de apariencia y de búsqueda de reconocimiento: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,6). La verdadera oración nace del corazón que se sabe mirado por el Padre. En ese espacio oculto se purifica la intención y madura la comunión que sostiene toda la vida espiritual.

La sobriedad de las palabras revela otra verdad profunda: Dios ya sabe lo que necesitamos. La oración no informa a Dios, sino que nos abre a Él. Pedir con perseverancia no es exigir resultados, sino abandonarse confiados a su voluntad sabia y amorosa: «Pedid y se os dará; buscad y encontraréis» (Mt 7,7). Así, la fe transforma la súplica en comunión y la espera en esperanza.

La oración de los discípulos y la fe que confía

En Mateo, la oración aparece unida a la misión. Pedir obreros para la mies muestra que toda fecundidad apostólica nace de Dios: «Rogad al Señor de la mies que envíe obreros» (Mt 9,38). Sin oración, la acción se vuelve estéril; con oración, la Iglesia participa en la obra misma del Señor. La comunidad que ora unida se convierte en lugar de presencia de Cristo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Los episodios de la fe que pide —como Pedro sobre las aguas— revelan que la oración auténtica subsiste incluso en la debilidad. Cuando la fe vacila, la súplica sencilla: «Señor, sálvame» (Mt 14,30) basta para abrirse a la misericordia. La confianza en Jesús, aun frágil, es ya una forma verdadera de fe que permite experimentar su mano salvadora.

Todo culmina en la oración de acción de gracias de Jesús. Él revela que el conocimiento del Padre pertenece a los pequeños: «Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Solo el Hijo conoce plenamente al Padre y puede revelarlo (cf. Mt 11,27); por eso, orar cristianamente es participar en la filiación del Hijo y dejar que su Espíritu forme en nosotros un corazón de hijos.


Conclusión

La enseñanza de san Mateo nos conduce al centro de la vida cristiana: orar es entrar en la relación viva entre Jesús y el Padre. En Cuaresma, esta verdad se vuelve llamada concreta a la conversión del corazón. Solo quien se hace pequeño, confía sin reservas y busca ante todo la voluntad de Dios descubre la alegría profunda de la comunión con Él. La oración deja entonces de ser obligación y se convierte en vida, descanso y esperanza. Caminar hacia la Pascua significa aprender, con Jesús, a decir cada día: «Padre, hágase tu voluntad» (cf. Mt 26,39).


Preguntas para la reflexión personal

  1. ¿Mi oración nace de la confianza filial en el Padre o solo de mis preocupaciones inmediatas?
  2. ¿Busco en la oración la voluntad de Dios antes que mis propios deseos (cf. Mt 6,33)?
  3. ¿Qué paso concreto puedo dar en esta Cuaresma para cultivar mejor el recogimiento interior en la oración?