Anteriormente contemplamos la oración de Jesús desde la perspectiva de san Mateo, donde el Señor aparece como Maestro que enseña a orar y revela el rostro del Padre en el Sermón de la Montaña. Ahora continuamos esta serie, inspirada en Los santos maestros de oración de Pablo Cervera Barranco, deteniéndonos en el Evangelio de san Marcos. Si Mateo nos ofrecía una pedagogía explícita, Marcos nos introduce en la experiencia concreta del Hijo que ora.
Marcos no desarrolla largos discursos sobre la oración; presenta a Jesús orando. Desde el inicio de su ministerio hasta la hora de la cruz, el Hijo vive cada momento en referencia al Padre. La oración no aparece como práctica añadida, sino como dimensión estructural de su identidad filial. Allí se manifiesta la unidad entre misión y comunión, entre acción y contemplación.
En nuestra propia vida puede ocurrir que la actividad se multiplique mientras el centro interior se debilita. Las responsabilidades crecen, las expectativas externas presionan y el discernimiento se vuelve más difícil. La contemplación de Cristo en Marcos nos conduce a revisar dónde se decide realmente nuestra misión y desde qué fuente interior brotan nuestras opciones fundamentales.
Descubrir dónde se decide nuestra misión
El evangelista señala que Jesús “se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, y se fue a un lugar solitario, y allí se puso a orar” (Mc 1,35). La prioridad del encuentro con el Padre precede a toda actividad pública. Antes de enseñar o sanar, el Hijo se sitúa en silencio ante Aquel que lo envía. La misión nace de la comunión.
Tras una jornada intensa en Cafarnaún, los discípulos le dicen: “Todos te buscan” (Mc 1,37). Humanamente sería lógico permanecer allí y consolidar el éxito. Sin embargo, Jesús responde: “Vayamos a otra parte… para eso he salido” (Mc 1,38). La orientación de su ministerio no depende del aplauso, sino de la voluntad del Padre discernida en la oración.
Cuando la oración ocupa el primer lugar, las decisiones adquieren coherencia y profundidad. Sin ese espacio de silencio, el ruido exterior fácilmente marca el ritmo de la acción. En la intimidad con Dios se ordenan los afectos, se purifican las intenciones y se fortalece la libertad interior que permite servir sin quedar atrapados por expectativas humanas.
Aprender la lógica del don
En la multiplicación de los panes, Jesús “alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición” (Mc 6,41). Antes de distribuir el alimento, agradece. El gesto revela que el pan no es mera posesión material, sino don recibido del Padre. La acción de gracias expresa una relación viva con el origen de todo bien.
En la Última Cena, el mismo movimiento alcanza su plenitud: “Tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo’” (Mc 14,22-24). La gratitud culmina en entrega. Lo recibido del Padre se convierte en ofrenda total. La oración de acción de gracias se integra inseparablemente con el sacrificio redentor.
Cuando la gratitud modela el corazón, la vida deja de organizarse en torno a la posesión y se orienta hacia la comunión. Reconocer el don transforma la mirada sobre lo que somos y hacemos. Desde esa actitud, el servicio brota con mayor libertad y la caridad se convierte en expresión concreta de nuestra relación filial con Dios.
Permanecer cuando llega la prueba
En el Getsemaní, Jesús confiesa: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mc 14,34). La Escritura no suaviza la intensidad de su angustia. El Hijo asume plenamente la vulnerabilidad humana y la introduce en el diálogo con el Padre. La oración no suprime el sufrimiento; lo sitúa dentro de una relación confiada.
Su súplica es directa: “Abbá, Padre, todo te es posible; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres” (Mc 14,36). La voluntad humana de Cristo se expresa con sinceridad y se ordena libremente al designio divino. La obediencia aparece como acto de amor consciente, no como imposición externa.
La repetición perseverante de su oración muestra que la fidelidad se consolida en el tiempo. El diálogo constante con el Padre purifica el querer y fortalece la adhesión al plan salvífico. En la prueba, la comunión no se interrumpe, sino que se profundiza y adquiere mayor densidad espiritual.
El grito que no rompe la comunión
En la cruz, Jesús clama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34; cf. Sal 22,2). El grito expresa una experiencia real de abandono, pero comienza con una invocación de pertenencia. Incluso en la oscuridad extrema, la relación filial permanece viva y consciente.
Tras su muerte, el centurión proclama: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Lo que parecía derrota se convierte en revelación. La resurrección confirmará esta verdad: “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6). La fidelidad del Hijo encuentra respuesta en la glorificación que supera la aparente derrota.
La cruz manifiesta que la comunión con el Padre no desaparece en la noche. Cuando la oración sostiene la adhesión a Dios en medio del sufrimiento, la historia no queda definida por la prueba. La esperanza se funda en la victoria de Cristo y orienta nuestra mirada hacia la vida eterna.
Un camino concreto para nuestra transformación
Este itinerario puede traducirse en decisiones concretas. Establecer un momento estable de soledad diaria, siguiendo el ejemplo de Jesús en la madrugada (Mc 1,35), permite ordenar la jornada desde la comunión con el Padre y discernir con mayor claridad nuestras responsabilidades.
Cultivar la acción de gracias antes de las tareas principales, reconociendo que todo procede de Dios (Mc 6,41), dispone el corazón a vivir en clave de don. En la prueba, repetir con Cristo: “No lo que yo quiero, sino lo que tú quieres” (Mc 14,36), mantiene viva la adhesión filial.
Perseverar incluso cuando se experimenta silencio, confiando en la fidelidad divina confirmada en la resurrección (Mc 16,6), introduce en una esperanza firme. De este modo, la oración deja de ser práctica ocasional y se convierte en el lugar donde nuestra vida encuentra unidad, libertad interior y plenitud en Dios.
Preguntas para nuestra reflexión personal
En la prueba, ¿permanecemos en comunión con Dios, adhiriendo nuestra voluntad a la suya (Mc 14,36; 15,34)?
¿Tenemos un momento prioritario de oración donde nuestras decisiones se definan ante el Padre (Mc 1,35)?
¿Vive nuestra existencia marcada por la acción de gracias que reconoce el don recibido (Mc 6,41; 14,22)?