“Estoy bien así”: La tibieza espiritual

Primera meditación de Cuaresma – 2026

I. Instalándonos en lo mínimo

Hay una frase que puede sonar serena pero que espiritualmente es peligrosa: “Estoy bien así.” No es un rechazo abierto a Dios, no es una ruptura visible con la fe, no es una caída grave que sacuda la conciencia. Es algo más silencioso y más sutil. Es la decisión interior de no avanzar. Es conformarse con no estar mal, pero sin desear estar mejor. La tibieza comienza cuando dejamos de buscar.

La mediocridad espiritual adopta esta forma concreta: mientras no haya pecados graves, mientras no exista una crisis escandalosa, mientras todo funcione externamente, concluimos que todo marcha bien. Servimos en la parroquia, participamos en la liturgia, cumplimos responsabilidades. Pero ya no aspiramos a crecer. Ya no hay hambre de santidad. La vida cristiana se reduce a mantener un equilibrio cómodo. No hay ruptura con Dios, pero tampoco hay ardor. Y esa zona intermedia —donde no hay escándalo pero tampoco ardor— es precisamente el territorio de la tibieza.

II. La mediocridad “razonable

La tibieza se manifiesta en reacciones muy concretas. Se invita a un proceso serio de formación y pensamos: “Eso ya lo sé.” Se propone un retiro espiritual y respondemos: “¿Quién tiene tiempo para eso?” Se habla de mayor frecuencia en la confesión o de asistir a Misa entre semana y lo catalogamos como exageración, escrupulosidad o idealismo irreal. “Eso está bien para quien puede, pero no me exija tanto.”

Algo semejante ocurre con la lectura espiritual. Decimos que nos aburre, que estamos cansados, que no tenemos concentración. Sin embargo, pasamos horas leyendo noticias, mensajes y conversaciones digitales. El problema no es la falta de tiempo, sino la falta de prioridad. Nos resulta pesado lo que exige profundidad, pero ligero lo que dispersa.

Así el alma se va entumeciendo. No de golpe, sino lentamente. No por una decisión dramática, sino por pequeñas concesiones. Se instala una mediocridad razonable, justificada, casi “prudente”. Y el corazón comienza a perder sensibilidad ante lo sobrenatural.

III. Tibieza: definición y gravedad

La tibieza es mediocridad espiritual porque se conforma con la ausencia de caídas, pero no busca la presencia intensa de Dios. Se reduce la vida cristiana a evitar el mal, sin aspirar al bien pleno. Se conserva la fe, pero se debilita la caridad. Se mantiene la práctica, pero se pierde el fervor.

Santo Tomás de Aquino explica la raíz cuando define la acedia como tristeza ante el bien divino (Summa Theologiae II-II, q.35, a.1). El bien de Dios no se rechaza frontalmente, pero comienza a sentirse pesado, exigente, incómodo. No se dice “no”. Se dice “después”. No se abandona la oración pero se le va acortando. No decimos que no participaremos de la formación o retiro, simplemente dejamos a la gente en “visto” (no respondemos)

Lo más grave es que esta mediocridad parece estable. No genera escándalo. No produce alarma. Es una tibieza instalada. Y precisamente por eso es peligrosa. Porque adormece la conciencia y reduce la expectativa de grandeza espiritual.

IV. Getsemaní: la hora que revela el corazón

Frente a esto, consideremos brevemente cómo el Evangelio nos conduce al huerto de Getsemaní, donde Jesús entra en la noche decisiva de su Pasión acompañado por Pedro, Santiago y Juan, y allí les dirige una petición que encierra una profundidad inmensa: permanecer y velar con Él. No les pide explicaciones ni estrategias, sino simplemente estar presentes, fidelidad silenciosa en la hora grave.

Cristo ora con el alma estremecida y pronuncia palabras que revelan la hondura de su angustia: “Mi alma está triste hasta la muerte”. En ese mismo momento los discípulos ceden al sueño, manifestando una debilidad que no consiste en traición explícita sino en incapacidad de acompañar con vigilancia la entrega del Maestro. Jesús se acerca y formula una pregunta que atraviesa los siglos: “¿No han podido velar una hora conmigo?”, expresión que nace del deseo de comunión en el momento más significativo de su amor redentor.

La Cuaresma nos sitúa espiritualmente en ese huerto. Escuchamos nuevamente la voz del Señor que interroga con ternura exigente y nos invita a examinar si nuestra presencia ante la Pasión es vigilante o distraída, si participamos desde la costumbre o desde el amor renovado. La fe es despertar continuo a la acción de Dios. La tibieza se parece al sueño que adormece la sensibilidad espiritual; la gracia es luz que reaviva el corazón y lo dispone a velar con intensidad en la hora de Cristo.

V. Medios para salir de esta situación

1. Recupera la adoración: pasa tiempo con Jesús

El remedio no consiste en hacer más, sino en simplemente aprender a estar con Él. Se requiere un tiempo diario, concreto y no negociable de oración silenciosa, donde el alma aprenda nuevamente a velar. Permanecer ante el Señor sin prisa, sin agenda y sin rendimiento inmediato reeduca el deseo y devuelve profundidad al amor.

2. Opón disciplina frente a la dispersión

La tibieza contemporánea adopta con frecuencia la forma de dispersión constante. El corazón saturado de estímulos pierde capacidad de recogimiento. Combatir esta mediocridad exige sobriedad voluntaria: ordenar el uso del teléfono, establecer momentos reales de silencio, reducir el consumo innecesario de información. La vigilancia comienza por custodiar los sentidos y el tiempo.

3. Intensifica la vida sacramental

La rutina sacramental es una manifestación clara de tibieza. Se participa en la Eucaristía sin preparación interior, se recibe la absolución sin examen profundo, se asiste por costumbre más que por hambre. La gracia actúa siempre, aunque la fecundidad depende de la disposición del alma. Preparar la Misa con anticipación, agradecer en silencio después de comulgar, realizar un examen de conciencia sincero antes de confesarse favorece una recepción más consciente del don divino. La confesión frecuente no es escrúpulo, sino medicina que fortalece la caridad. Recuerda cuán importante es detenerte en el examen de conciencia, reconocer cómo te apartas de Dios y dolerte sinceramente del pecado. La vida sacramental mantiene vivo el vínculo con el Señor.

4. Déjate formar

La mediocridad espiritual también se manifiesta en la resistencia a profundizar. Leer buenos libros, estudiar la Palabra con método, participar en procesos formativos exigentes fortalece el amor mediante la verdad comprendida. La ignorancia cómoda favorece la tibieza, mientras el conocimiento serio despierta el deseo de mayor coherencia. La santidad integra afecto e inteligencia no lo olvidemos.

5. No camines solo

La tibieza prospera en el aislamiento cómodo. Cuando nadie interpela, el fervor se debilita progresivamente. Por ello es decisivo caminar con otros que ayuden a velar: dirección espiritual estable, acompañamiento fraterno, pertenencia a una comunidad, grupo o movimiento que invite al crecimiento real. Nadie se despierta solo. El intercambio sincero, la corrección fraterna y la oración compartida sostienen la vigilancia cuando la costumbre amenaza con adormecer. La comunión eclesial es espacio donde el fuego se conserva y se transmite.

Oremos juntos…

Señor Jesús, en este tiempo concédenos la gracia de estar bien despiertos para saber reconocer tu paso por nuestras vidas; danos hambre de tu presencia en la adoración, fidelidad constante en la vida sacramental y disciplina frente a la dispersión; que tu pregunta en Getsemaní nos sacuda el corazón y que tu mandato de velar y orar nos encuentre vigilantes, disponibles y con un corazón ardiente para vivir contigo estos días de semana santa a los cuales nos estamos preparando.