En el artículo anterior contemplábamos a Jesús como modelo de oración según los evangelios sinópticos, descubriendo cómo su vida entera estaba orientada hacia el Padre. Ahora, siguiendo la síntesis presentada en el libro Los santos maestros de oración de Pablo Cervera Barranco, nos acercamos al testimonio de san Juan Evangelista. Su Evangelio nos introduce en un nivel más profundo: no solo vemos a Jesús orar, sino que escuchamos la oración misma del Hijo antes de su pasión, revelación suprema de su identidad y de su misión salvadora.
San Juan presenta la oración de Jesús como el momento culminante de toda su obra. La llamada oración sacerdotal (Jn 17) manifiesta la relación eterna entre el Padre y el Hijo y permite comprender que toda la misión redentora nace de esa comunión. Jesús no se dirige al Padre únicamente para pedir ayuda, sino para expresar la unidad de amor que sostiene cada palabra, cada signo y cada entrega de su vida. La oración aparece así como el lugar donde se revela el misterio mismo de Cristo.
Pedir en el nombre del Hijo
Durante el discurso de despedida, Jesús repite una invitación que sorprende por su audacia: «Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá» (Jn 16,23). Estas palabras no proponen una fórmula exterior, sino una participación real en su filiación divina. Pedir en el nombre de Jesús significa entrar en su relación viva con el Padre, asumir su misión y orientar el deseo humano hacia aquello que conduce verdaderamente a la vida eterna.
La oración cristiana, según san Juan, nace de la permanencia en Cristo. Jesús utiliza la imagen de la vid y los sarmientos para expresar esta verdad espiritual: «Permanezcan en mí y yo en ustedes» (Jn 15,4). La fecundidad de la oración depende de esta unión vital. Cuando el discípulo permanece en Cristo, su petición deja de centrarse exclusivamente en necesidades inmediatas y comienza a configurarse con el querer mismo de Dios, aprendiendo progresivamente la obediencia confiada del Hijo.
De este modo comprendemos que la oración madura transforma interiormente al cristiano. No consiste únicamente en obtener respuestas visibles, sino en permitir que el corazón sea purificado y ordenado según el amor divino. El discípulo aprende a desear aquello que Cristo desea y a confiar incluso cuando el camino pasa por la prueba. Así la oración se convierte en participación real en la vida filial de Jesús y en escuela permanente de libertad espiritual.
Jesús intercede por sus discípulos
Al iniciar su gran oración, Jesús eleva los ojos al cielo y presenta al Padre a aquellos que le han sido confiados: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado» (Jn 17,11). Este gesto revela que la comunidad de los discípulos nace dentro de la oración misma de Cristo. Antes de afrontar la pasión, el Señor manifiesta su preocupación pastoral por quienes continuarán su misión en medio de un mundo marcado por la fragilidad y la oposición.
Jesús sabe que sus discípulos permanecerán en la historia afrontando incertidumbres, persecuciones y debilidades personales. Por ello pide que sean preservados del maligno y sostenidos en la fidelidad. La Iglesia descubre aquí una verdad consoladora: su perseverancia no depende únicamente del esfuerzo humano, sino de la intercesión constante del Hijo ante el Padre. La misión se apoya, desde su origen, en la oración redentora de Cristo.
En esta súplica reconocemos también nuestra propia situación espiritual. Cada creyente atraviesa momentos de dispersión interior, cansancio o confusión moral. Sin embargo, san Juan recuerda que Cristo continúa orando por los suyos. La vida cristiana se comprende entonces como respuesta a una gracia previa: vivimos sostenidos por la oración del Señor, que mantiene viva la comunión con el Padre incluso cuando nuestras fuerzas parecen insuficientes.
Santificados en la verdad
En el centro de la oración sacerdotal aparece una petición decisiva: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (Jn 17,17). Jesús pide al Padre que sus discípulos pertenezcan plenamente a Dios. La santidad, según san Juan, no consiste primero en prácticas extraordinarias, sino en ser introducidos en la verdad revelada por Cristo. Esta verdad no es una idea abstracta, sino la manifestación del amor del Padre que orienta la inteligencia, purifica el corazón y ordena toda la existencia hacia la comunión divina.
Jesús añade inmediatamente que los discípulos permanecen en el mundo sin pertenecer a su lógica: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Jn 17,16). La oración revela así una tensión propia de la vida cristiana. El cristiano comparte las realidades humanas, trabaja, sufre y ama dentro de la historia, pero su principio último de vida procede de Dios. La santificación acontece cuando la Palabra transforma progresivamente los criterios interiores y fortalece la libertad para elegir el bien.
Desde esta perspectiva comprendemos que la oración auténtica realiza una verdadera transformación interior. Quien permanece ante Dios aprende a mirar la realidad con mayor claridad espiritual, supera la dispersión de los afectos y adquiere unidad de vida. La verdad acogida en la oración ilumina decisiones concretas y sostiene la fidelidad cotidiana. Así la santidad deja de parecer una meta lejana y se convierte en un camino posible, sostenido continuamente por la gracia que actúa en el corazón creyente.
La unidad que refleja la vida trinitaria
Uno de los momentos más conmovedores de la oración de Jesús es su súplica por la unidad: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17,21). Esta petición revela que la comunión entre los discípulos tiene su origen en la misma vida trinitaria. La unidad cristiana no nace solamente del acuerdo humano o de la simpatía natural, sino de la participación en la comunión de amor que une eternamente al Padre y al Hijo.
Jesús vincula esta unidad con la credibilidad de la misión: «para que el mundo crea». La evangelización depende profundamente de la comunión visible entre los creyentes. Cuando la caridad sostiene las relaciones eclesiales, el Evangelio se vuelve transparente y atractivo. La división, en cambio, oscurece el testimonio cristiano. Por eso la oración aparece como fundamento de toda auténtica vida comunitaria, pues solo la comunión con Dios puede generar verdadera comunión entre los hombres.
La oración cristiana conduce entonces a una apertura creciente hacia los demás. Permanecer en Cristo implica aprender su modo de amar, superar rivalidades y buscar el bien común. La unidad no elimina las diferencias personales, sino que las integra en una armonía superior nacida de la caridad. Así la Iglesia manifiesta sacramentalmente la obra de Dios en la historia y anticipa ya la comunión definitiva a la que toda la humanidad está llamada.
El deseo último del corazón de Jesús
La oración sacerdotal culmina con una súplica profundamente reveladora: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado» (Jn 17,24). Jesús expresa aquí su deseo más íntimo: compartir su gloria con aquellos que el Padre le ha confiado. La finalidad última de la salvación no consiste únicamente en la liberación del pecado, sino en la participación plena en la vida divina.
Esta petición muestra que toda la misión de Cristo está orientada hacia la comunión eterna. La oración cristiana, por tanto, no se limita a las necesidades del presente, aunque las incluya con confianza filial. Su horizonte definitivo es la vida eterna, entendida como conocimiento amoroso del Padre y del Hijo (cf. Jn 17,3). Cada acto de oración abre anticipadamente el corazón humano a esa plenitud prometida.
San Juan nos permite comprender que orar significa dejarnos atraer progresivamente hacia Dios. La existencia cristiana se convierte en camino de comunión creciente hasta alcanzar la contemplación definitiva de la gloria divina. Así, incluso en medio de las luchas cotidianas, la oración sostiene la esperanza y orienta toda la vida hacia su cumplimiento último en Cristo resucitado.
Conclusión
El testimonio de san Juan nos revela que Jesús no solo enseña a orar, sino que introduce a sus discípulos en su propia relación filial con el Padre. La oración cristiana nace de esta participación en la vida del Hijo y se desarrolla como camino de santificación, unidad y esperanza. Cada vez que el creyente ora, entra misteriosamente en la intercesión permanente de Cristo, que continúa presentando a su Iglesia ante el Padre y conduciéndola hacia la plenitud de la comunión eterna.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿Permito que la Palabra de Dios transforme realmente mis criterios y decisiones?
- ¿Mi oración fortalece la comunión con quienes viven conmigo la fe?
- ¿Vivo la oración como camino hacia la comunión definitiva con Dios?
Img: Discurso de despedida de Jesús, pintura del Duccio